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Cuando todavía no estaba claro el desenlace del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, EL PAÍS sacó a la calle una edición en defensa de la Constitución española. Sus periodistas demostraron cómo hay que actuar cuando la historia, de pronto, da un giro a peor. Mientras otros políticos y medios de comunicación guardaban silencio, EL PAÍS alzó la voz. Y esa voz del periódico contribuyó a que el golpe fracasara y a estabilizar la democracia de la que España disfruta hasta el día de hoy.

El futuro nunca será como nos contaron. Para el año 2026, nos prometieron monopatines y coches voladores, humanos artificiales creados con bioingeniería e indistinguibles de las personas reales y viajes tripulados a Júpiter. Pero la realidad nos ha regalado, a cambio, los influencers, un magnate en la Casa Blanca dispuesto a comprar Groenlandia o una inteligencia artificial capaz de crear sinfonías, escribir libros o pintar cuadros, pero incapaz de fregar el suelo o recoger la fresa.
Borges escribió que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Es posible que la frase no solo valga para las personas, sino también para los periódicos; si es así, EL PAÍS supo para siempre quién era durante la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981.
En aquella primera portada de EL PAÍS hay cuatro titulares, pero cinco historias. La quinta está en el anuncio. Un rectángulo en la esquina inferior izquierda donde se lee: “Mantenga su piscina perfectamente con cloro en pastillas H.T.H.”. Así de entrada no parece gran cosa, pero es una historia que ha tardado 50 años en ser contada. En ella salen dos amigos, un favor, un poco de cianuro y una familia que parece Falcon Crest según uno de sus miembros: “Lo que ha dado de sí aquel anuncio del abuelo que aquí seguimos hablando de él”.



Barcelona toma este lunes el relevo como lugar de la celebración de los 50 años de EL PAÍS. Tras un largo fin de semana de Festival en Matadero Madrid, en la capital catalana las conmemoraciones tendrán como momento singular la entrega de los Premios Ortega y Gasset, este lunes, en el Saló de Cent del Ayuntamiento. A última hora de la tarde habrá una recepción institucional en el Museu Marítim, presidida por Sus Majestades los Reyes. El martes será el día de los lectores: la Universidad Pompeu Fabra y el Palau Macaya albergarán sendos conversatorios con los tres periodistas galardonados —la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, el exvicepresidente nicaragüense Sergio Ramírez y el exdirector de The Washington Post Martin Baron—, así como con el escritor Javier Cercas y el artista Miquel Barceló, respectivamente.
En medio del desorden global, de la ansiedad constante, la narración de la bielorrusa Svetlana Alexiévich (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, 77 años), su voz, su pensamiento, es un ejercicio de comprensión y de alerta del retroceso de las democracias en todo el mundo. En su exilio en Berlín, donde tuvo que huir por su participación en 2020 el Consejo Coordinador de la Oposición al dictador Aleksandr Lukashenko, la escritora habla de la degradación del discurso político en Estados Unidos y de la confusión de Europa, rodeada por países “agresivos o desorientados”. También, de que el Homo Sovieticus, el “hombre rojo” que retrató en su último libro sobre el hundimiento de la Unión Soviética, en realidad no ha muerto, sino que sigue sentado en el Kremlin y lucha en Ucrania.



Martin Baron se jubiló de su puesto como director de The Washington Post hace cinco años, pero sigue hablando de la profesión en primera persona del plural con frases como “debemos hacer nuestro trabajo” o “esto o aquello es nuestra responsabilidad”.



La presencia silenciosa de Sergio Ramírez (Masatepe, 83 años) aguarda tras el umbral de la puerta. El escritor nicaragüense vive en un apartamento, en el barrio madrileño de Chamberí, alargado como los vagones de un tren. Desde la ventana de la sala se ve florecer a los cedros que hasta hace poco, antes de que llegase la primavera a la capital española, parecían muertos. De las paredes cuelgan cuadros de artistas como el cubano René Portocarrero junto a otros de IKEA que venían con la casa cuando la alquiló. Los exiliados como él dejan parte de su corazón en el lugar que les fue arrancado, además de muchas de sus pertenencias.


El exministro de Transportes José Luis Ábalos tomará la palabra este lunes en el Tribunal Supremo. Será el último de los tres acusados en hacerlo, por lo que se espera que responda a la batería de acusaciones del presunto conseguidor, Víctor de Aldama. También tendrá ocasión de desmarcarse, validar o matizar las palabras de su antiguo asesor, Koldo García, aunque, a juzgar por la comparecencia de este, parece que llegarán como un bloque unido hasta el final. Ese desenlace está próximo, porque está previsto que el primero juicio por el caso Koldo, centrado ―al menos jurídicamente― en la trama de mascarillas, quede visto para sentencia este martes.