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Tres décadas antes de que la prensa especializara se deshiciera en elogios cada vez que Zoë Kravitz y Harry Styles hacen acto de presencia, era el padre de la actriz, Lenny Kravitz, y su pareja de entonces, la también cantante y actriz Vanessa Paradis, quienes copaban los titulares por las mismas razones. Su capacidad para coordinar estilismos sin pretenderlo, su forma de representar lo cool sin buscarlo y una relación tan discreta que convertía cada una aparición conjunta en todo un acontecimiento hicieron de ellos una de las parejas más enigmáticas de la década de los años noventa. Ahora que la única hija del músico se ha comprometido con el cantante de Watermelon Sugar y que cada foto juntos es digna de autopsia estilística, resulta pertinente acercarse un poco más a la intimidad de una pareja relativamente fugaz —estuvieron juntos cinco años, desde 1992 a 1997— que, sin embargo, merece la pena recordar por motivos obvios: ambos eran famosos, guapos y ricos, pero su historia no logró sobrevivir a las exigencias de dos trayectorias, vitales y profesionales, que avanzaban a toda velocidad.

El mundo de las finanzas siempre ha estado lleno de oráculos. La diferencia es que, en los años de Warren Buffett, los inversores milagrosos no se dedicaban a esparcir sus profecías día y noche en Twitter. Ese es el estilo de Ryan Cohen (Montreal, 39 años), CEO de GameStop y uno de los personajes más amados por los foros de internet. El pasado día 3 lanzó una oferta no solicitada para comprar eBay por aproximadamente 56.000 millones.
El empresario es un seguidor declarado de los Montreal Canadiens, el equipo de hockey de su ciudad natal. La franquicia, fundada en 1909, es la más antigua de la NHL y la que más Stanley Cups ha ganado en la historia: 24. Cuando los inversores de Reddit empezaron a indagar en la vida personal de Cohen, las fotos suyas con la camiseta de los Canadiens se convirtieron en un emblema del foro.
Viéndola recorrer el mundo para reunirse con líderes en Europa, con empresarios en California u ofrecer entrevistas en YouTube, muchos concluyen que María Corina Machado (Caracas, 58 años) es una bala perdida: una líder en suspenso, atrapada en un limbo que le impide regresar a Venezuela. Allá la espera la misión que se autoimpuso: llevar hasta el final la tarea de sacar del poder al régimen chavista. Según esa visión, cada día que pasa afuera es una ganancia para los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, presidenta y presidente de la Asamblea Nacional, respectivamente, y el hombre fuerte Diosdado Cabello, y una deuda creciente con los millones de venezolanos que la esperan. Pero esa no es la impresión que ella transmite en persona.
A Guillermo Rayo se le ocurrió un formato televisivo. Aprovechando su oído para sacar canciones al vuelo (“mis amigos me llamaban el jukebox”, cuenta), el programa transcurría como una entrevista musicada con un personaje conocido: en la conversación se entreveraban canciones significativas en la vida del invitado que cantaban a dúo, Rayo a la guitarra. Invirtió unos 8.000 euros en grabar dos episodios piloto con la presencia de un par de amigos, el actor Julián Villagrán y la actriz Alba Alonso. En 2007 registró el resultado en el Registro de la Propiedad Intelectual. El título: B.S.O. (siglas de Banda Sonora Original). “Me parecía una forma emotiva de entrar en el mundo del entrevistado”, dice el artista. La cosa prometía.

Un día de finales de los 80, con Andalucía dominada por el PSOE, se produjo una conversación tensa en la delegación del Servicio Andaluz de Salud (SAS). Juan Moreno Conejo, hijo de jornalero que había emigrado a Barcelona a los 18 años, estaba de vuelta a su tierra, donde montó al llegar, con su mujer, una tienda de ultramarinos. Ahora suministraba sosa cáustica a la Junta, pero la Administración llevaba más de un año sin pagarle. Y las letras de la casa vencían. Su hijo adolescente, Juan Manuel Moreno Bonilla, recuerda que un día se levantó a las cuatro de la mañana para ir al baño, y al pasar por la cocina vio a su padre con las manos sosteniendo la cabeza encima de unos papeles: la familia se iba a la ruina.

Cuando los Montero Cuadrado se iban en coche a pasar las vacaciones a Chipiona, la imagen era todo un homenaje a la Dirección General de Tráfico. Cuatro atrás y tres adelante, con la niña sentada entre las piernas del abuelo en el asiento del copiloto. Eso sí, Manuel Montero, el conductor y padre de familia, no pasaba nunca de 60 km/h, no se sabe si porque no quería o no podía.

Son tiempos de palabras que no describen la realidad. Más bien sirven para sustituirla. Vean, por ejemplo, “Evangelización y mestizaje”, el emblema enarbolado por Isabel Díaz Ayuso esta semana en Ciudad de México en un chusco acto de homenaje a Hernán Cortés. Es una formulación conocida, pero tampoco la única que el pensamiento español tiene a su disposición. Rafael Sánchez Ferlosio dejó escrito hace años, en Esas Yndias equivocadas y malditas, que cuando el mestizaje surge dentro de una relación de conquista y desigualdad, la mezcla no expresa igualdad, sólo la huella social de la dominación. Pero Ayuso, claro, no quiere dialogar con la historia sino producir una imagen reconocible de sí misma, por eso es inútil responder con archivos, historiografía o datos: el emblema no opera en el régimen de la verdad. “Evangelización y mestizaje” simula ser una descripción histórica, pero funciona como un “¡Viva España!”. Quien lo repite no sostiene una tesis, exhibe una bandera, y al exhibirla evita la conversación que desde hace tiempo impugna la idea celebratoria de la mezcla: la de que el “descubrimiento” no fue un hallazgo, sino la declaración de que aquello que ya existía no contaba hasta ser nombrado por el conquistador. Como escribió Ferlosio, la asimetría del mestizaje revela quién tenía el poder, quién era incorporado al mundo del otro. Y aunque el discurso oficial todavía no lo haya recogido, una parte del pensamiento español ya impugnó hace tiempo esta lectura con un rigor que la fórmula de Ayuso no admite, pues no busca convencer sino exacerbar el sentido de pertenencia.

1. Vengo de hacer mi primera estancia en Chiapas. De ciudad en ciudad, desde la actual capital, Tuxtla Gutiérrez, he visitando la muy turística San Cristóbal de las Casas, los “pueblos mágicos” de Comitán de Gutiérrez y Chiapa de Corzo, el mundo fantástico de Chamula. Y salgo convencido de lo insólita, maravillosa e insondable que aún puede ser la realidad americana.

Isabel Díaz Ayuso aterrizó en México en medio de una gran expectación y se marcha casi una semana después de forma abrupta y rodeada de polémica. El desenlace de su periplo americano no sorprende a nadie. La presidenta de Madrid llegó a un país a cuyo gobierno había acusado de ser un narcoestado y a su presidenta, Claudia Sheinbaum, una dictadora de ultraizquierda. No era la mejor carta de presentación. En la visita ha defendido el legado de Hernán Cortés y se ha acercado a políticos de derechas y empresarios millonarios contrarios a Morena, el partido oficialista. La izquierda ha visto en sus declaraciones una forma de provocación. Sheinbaum y sectores más moderados, de centro, le han exigido un mayor respeto por su país y le han pedido que dejara de azuzar una guerra cultural alrededor de la Conquista que en México resulta casi inexistente. Al final, como se veía venir, el asunto ha acabado mal.
Víctor de Aldama (Madrid, 47 años) pasó esta Semana Santa viendo procesiones y pasos religiosos en Sevilla. Eran sus últimos días antes de que comenzara el juicio en el Tribunal Supremo por el caso mascarillas en el que la Fiscalía Anticorrupción lo acusa de organización criminal, cohecho y aprovechamiento de información privilegiada. “Gracias por el apoyo cuando me veis en la calle como estos días”, publicó en un vídeo ese domingo 6 de abril anterior al comienzo de la primera sesión. “Espero que todo salga como tiene que salir y si no asumiré las consecuencias”, dijo. No es extraño encontrar a Aldama en fiestas populares, ni tampoco que la gente se acerque a pedirle fotos o darle ánimos. El comisionista, que se ha autoincriminado en delitos de corrupción, se ha convertido casi en un fenómeno de masas. Alguien a quien, especialmente en círculos de la derecha, aplauden. En junio del pasado año, otro ejemplo. Acudió a la romería del Rocío (Huelva) y en un festejo con César Cadaval, el menor de los Morancos, terminaron cantando al unísono “por Aldama, por Aldama”, mientras mujeres vestidas de flamenca bailaban a su alrededor, como muestran las imágenes a las que ha tenido acceso EL PAÍS.