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El Boletín Oficial del Estado de este jueves es un tablón de anuncios con miles de ofertas de empleo de todo tipo: abogados del Estado, archiveros, conservadores de museos, veterinarios, inspectores de Hacienda... En total se ofrecen 37.017 plazas, un volumen parecido al del año pasado (36.588) y solo superado por el ejercicio 2024, cuando se ofrecieron 40.146 puestos. Pero estas ofertas tan abultadas (la mayoría de nuevo ingreso, con una parte de promoción interna), que casi todos los años han ido a más desde que Pedro Sánchez tomó las riendas del Ejecutivo en 2018, no se deben confundir con la evolución real de la plantilla de la Administración central. El flujo de jubilaciones es tan intenso que las ofertas apenas han servido para la plantilla de la Administración General del Estado crezca un 5,5%, lo que hace que todavía esté por debajo del nivel previo la Gran Recesión.

La plaza del Mercado Central de Valencia, hoy ocupada por terrazas y turistas que fotografían su cúpula modernista, fue durante siglos uno de los principales escenarios de la trata de personas en la ciudad. Los archivos lo documentan con precisión: desde finales del siglo XV, este fue uno de los puntos de entrada de africanos esclavizados. A pocos metros, en la desaparecida Posada del Camell, llegaron a hacinarse más de un centenar de personas encadenadas, a la espera de ser subastadas. Y, sin embargo, no hay una sola placa que lo recuerde.


Dos intentos de suicidio. Dos trastornos por estrés postraumático. Cuatro cuadros de ansiedad. Diez de agresividad. Parte del sufrimiento de los cientos de niños y adolescentes que han pasado en 2025 por La Cantueña, el polémico centro de acogida para menores extranjeros no acompañados situado en Fuenlabrada por el gobierno de Isabel Díaz Ayuso (PP), queda reflejado en la memoria de la instalación para el curso pasado. Sin embargo, los datos del primer año de funcionamiento completo de la instalación no lo cuentan todo.
17.45 del pasado 1 de mayo. Línea 9 del metro de Madrid. Dos jóvenes veinteañeros mantienen una encendida conversación que los aísla del resto de los viajeros. No discuten, simplemente intercambian opiniones. La sorpresa surge cuando el tren llega a la estación de Núñez de Balboa y ambos se acercan a la puerta de salida. ¡Están hablando de toros! “¿En tu opinión, cuáles son los criterios que se deben cumplir para un indulto?“, pregunta uno de ellos. Salen y siguen con sus historias taurinas. Detrás, otra pareja de la misma edad se encamina hacia la línea 5, en dirección a la estación de Ventas. Van a los toros, sin duda; las almohadillas que llevan en las manos los delatan.
El gimnasio se ha convertido en el nuevo bar, la nueva plaza del pueblo y el nuevo Tinder, todo en uno. Según la última Encuesta de Hábitos Deportivos del Consejo Superior de Deportes, un tercio de los españoles mayores de 15 años está inscrito en uno de estos centros deportivos, una cifra que crece año a año y que muestra un cambio social que se filtra en otros aspectos de la vida diaria, desde los hábitos de nutrición hasta la moda.
La violencia deja un rastro de preguntas y apenas ninguna respuesta. En No sé hablar del mar (Demipage), Javier Correa Román (Madrid, 1995) busca en el lenguaje maneras de contar una infancia robada por el maltrato.
Después de las 14 sesiones y los testimonios prestados por más de 70 personas, el miércoles quedó visto para sentencia en el Tribunal Supremo el primero de los juicios del llamado caso Koldo, la supuesta trama de corrupción que operó en el corazón del Ministerio de Transportes cuando estaba a su frente José Luis Ábalos. El exministro y exsecretario de Organización del PSOE y su entonces hombre de la máxima confianza, Koldo García, están acusados de seis delitos por lucrarse con contratos amañados de compra de mascarillas por el citado ministerio en el peor momento de la pandemia. Afrontan peticiones de pena de hasta 30 años, que se reducen a siete años por cinco delitos para el empresario Víctor de Aldama, el “elemento corruptor”, según la Fiscalía Anticorrupción, pero que decidió colaborar con la Justicia a finales de 2024 cuando se encontraba en prisión provisional por otro fraude multimillonario.

El 11 de abril de 1963 vino cargado de éxitos: los Beatles publicaron From me to you y Juan XXIII proclamó la Pacem in terris. Si todo el mundo iba a escuchar la canción, la encíclica tendría un público bien cualificado. Kennedy la leyó y la alabó. El New York Times la incluyó, cosa hoy impensable, en su paginado. Los diarios comunistas europeos —L’Unità, L’Humanité— la cubrieron de incienso, y hasta George Kennan, el pensador geopolítico de la época, asistió a seminarios en su honor. Por supuesto, es difícil que un documento pontificio pueda competir en popularidad mundana con un single: tampoco una encíclica que —por obra de Darius Milhaud— llegó a convertirse en sinfonía. Pero, si no en las discotecas, el viejo del Vaticano sí iba a ganar a los muchachos de Liverpool en valor profético: lejos aún del pacifismo y la contracultura, Lennon y McCartney seguían cantando dulces naderías, mientras que Roncalli ya hablaba de raza e inmigración, de “familia humana” y de “paz en el mundo”.
Se escuchan ecos de los primeros meses de 2020, cuando el coronavirus SARS-CoV-2 saltó de China y comenzó a expandirse por todo el mundo hasta que se declaró la pandemia de covid-19 que, en el caso de España, nos tuvo encerrados en casa durante tres meses. Ahora es otro tipo de virus el que abre periódicos: la Organización Mundial de la Salud confirmó este miércoles que el virus que tiene en vilo al mundo por un brote en un crucero antártico es el virus de los Andes, un tipo de hantavirus con una tasa de mortalidad elevada y que se puede transmitir de persona a persona.
Hay vínculos que se forman en la distancia, sin que medie relación presencial alguna. Yo veía a esa mujer portentosa que hablaba tan rápido y sabía quién era, lo que había conseguido en el periodismo de este país, una figura casi histórica a pesar de que parecía rehuir las cámaras y los focos. Brillo de oficio, de pasión profunda era lo que me llegaba de ella cuando no la conocía y formaba parte de esa constelación de referentes que una se va tejiendo a medida que crece y busca modelos que sirvan de guía para entrar en la vida adulta. No hay más que repasar las fotografías de Soledad Gallego-Díaz a lo largo de las décadas en el periódico para darse cuenta de que fue una pionera pisando un terreno que parecía patrimonio exclusivo de los hombres: en muchas de esas reuniones ejecutivas ella era siempre la única mujer. Yo tuve noticia directa de la jefa cuando conocí a Lola Hierro en una mesa redonda en Málaga y me habló de la que era entonces la primera directora de EL PAÍS. En la descripción que hacía de Sol había admiración y afecto, un orgullo de formar parte del mismo equipo que ella. Envidié a Lola como envidio a todos los compañeros que han vivido y viven la experiencia de formar parte de una redacción, de pensar y escribir al lado de otros y no en la soledad de una habitación propia. Con el texto una siempre está a solas, claro está, pero la soledad no lo es tanto cuando está contigua a otras soledades.