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El continúo vaivén de los estudiantes que se sientan en las escalinatas de la biblioteca neorrenacentista de la Universidad de Sofía se parece a simple vista al de cualquiera día. Pero, en esta ocasión, la comidilla de los que pertenecen a la generación Z —los nacidos entre 1997 y 2012 que pergeñaron la caída del anterior Gobierno en diciembre y provocaron la celebración anticipada de las octavas elecciones legislativas en cinco años— revela cierta agitación por la victoria del que fue presidente de Bulgaria hasta principios de año, Rumen Radev. El pasado 19 de abril, los búlgaros confiaron el devenir de este país de la Europa de la Este en el político considerado más prorruso por su retórica de las últimas dos décadas. Y el que podría erigirse como una versión descafeinada del húngaro Viktor Orbán —que perdió las elecciones del 12 de abril—, en el seno de la Unión Europea por su oposición a la ayuda militar a Ucrania por la invasión rusa.
En la carrera de la inteligencia artificial, las novedades se suceden más rápido de lo que se tardan en digerir. En este mundo inabarcable de anuncios distópicos y estrategias de relaciones públicas para exagerar los logros, resulta complicado distinguir entre un avance crítico y una actualización prometedora. Pero el último modelo de inteligencia artificial de Anthropic amenaza con hacer estragos en los sistemas de seguridad informática de todo el planeta.
La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Isabel Pérez Moñino, se quejó el pasado 19 de febrero en la cámara regional de que “jóvenes como Fran y Bea, jóvenes españoles, nacidos en Madrid, de padres españoles que trabajan y pagan impuestos para sostener Madrid” no vean nunca sus nombres en la lista de beneficiarios de vivienda pública. “Les voy a leer los nombres de algunas personas que sí se han llevado una vivienda pública en un municipio hace muy poquito en Madrid”, anunció. Y empezó a leer: “Kamal, Michael Dan, Peter Favio, Andrea Olguta, Monsef, Danitza, Hicham, Jasminka, Intisar, Nelson Moise, Walter, Hafida”. “Estas personas no tienen la culpa”, agregó, “de estar pasando por delante de Fran y Bea y de tantos españoles a la hora de acceder a una vivienda pública. Por cierto, también pasan por delante en las listas de espera en sanidad, en la guardería, en las ayudas directas a la maternidad o al alquiler. Los culpables son ustedes que promueven que Fran y Bea sean discriminados en su propio país para beneficiar a los que acaban de llegar”.
El hijo del exministro José Luis Ábalos estrenó las declaraciones de testigos del juicio por el caso mascarillas que lleva celebrándose dos semanas en el Tribunal Supremo. Víctor Ábalos ha cogido las riendas de la comunicación de su padre desde que este duerme en la prisión de Soto del Real y está siguiendo las sesiones en su casa de Valencia. Desde allí concede una entrevista telefónica a EL PAÍS para contar cómo está su padre a escasos días de declarar acusado de graves delitos de corrupción. La Guardia Civil sitúa a Víctor Ábalos como el supueto custodio del dinero del que fuera hombre todopoderoso del PSOE, pero él lo niega dentro y fuera de la sala. Asegura que el exministro no pactará con la Fiscalía porque “es inocente”, que ha recibido mensajes de apoyo de dirigentes políticos y que su expareja Jésica Rodríguez mintió en su declaración.
En marzo de 1934, la revista Fortune publicó un reportaje sobre la guerra, titulado Arms and the Men (Las armas y los hombres), donde explicaba que cada baja enemiga costaba 25.000 dólares. “Cada vez que el fragmento de un proyectil se abre paso hacia el cerebro, el corazón o los intestinos de un hombre en la línea del frente, una gran parte de los 25.000 dólares encuentra su camino hacia el bolsillo de un fabricante de armas”. En Vietnam, el precio ya había subido a un millón de dólares por enemigo. Los rifles se habían convertido en helicópteros, bombardeos masivos, y una red logística global.
Superada la resaca de las declaraciones de Mariano Rajoy y de María Dolores de Cospedal, de enorme repercusión política y mediática, el juicio del caso Kitchen aguarda ahora el testimonio de otros dos antiguos pesos pesados del PP: Soraya Sáenz de Santamaría y Javier Arenas. El tribunal ha previsto sus interrogatorios para este lunes. Ambos aterrizan en la vista oral con una gran pregunta sobrevolando sus cabezas: ¿seguirán el guion marcado la pasada semana por sus compañeros de filas? Durante sus comparecencias, el expresidente del Gobierno y la ex secretaria general de los populares no solo negaron cualquier conocimiento de la trama de espionaje al extesorero Luis Bárcenas, sino que optaron por extender un manto de protección sobre Jorge Fernández Díaz, exministro del Interior y principal acusado en este procedimiento.
La Audiencia Nacional decide este lunes si Jordi Pujol debe declarar como acusado o bien si le exonera del juicio contra la familia por el deterioro cognitivo que padece. El expresidente de la Generalitat, de 95 años y con una salud física y mental precaria, viajó este domingo en coche, acompañado por su familia, hasta Madrid. Está previsto que comparezca en la sede del tribunal en San Fernando de Henares a las 9.30 horas para ser examinado, una vez más, por un médico forense de la Audiencia Nacional. Los magistrados resolverán a continuación si declara o si, por el contrario, consideran que no está capacitado para hacerlo.
El asesinato de Rocío Wanninkhof dejó un reguero de víctimas. Además de la joven, que tenía 19 años cuando fue apuñalada por Tony Alexander King en 1999; su familia y allegados; o Sonia Carabantes, a la que King mató en 2003; hubo una persona que fue víctima de una persecución mediática, de una cacería social, de odio y deshumanización. Se trata de Dolores Vázquez, falsamente inculpada en la muerte de Wanninkhof, juzgada y encarcelada por ello. “Dolores Vázquez fue señalada y condenada por pura lesbofobia”, resume Beatriz Gimeno, autora del libro La construcción de la lesbiana perversa (Gedisa, 2008). “Tenía coartada, no había ninguna prueba en su contra, y los indicios que usaron para inculparla bien eran inventados, bien estaban basado en la lgtbifobia. Además, todo ello permitió que el auténtico culpable, cuya autoría era bastante más evidente, saliera del foco y años después matara a otra chica [Carabantes]”, explica.

