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Un día de finales de los 80, con Andalucía dominada por el PSOE, se produjo una conversación tensa en la delegación del Servicio Andaluz de Salud (SAS). Juan Moreno Conejo, hijo de jornalero que había emigrado a Barcelona a los 18 años, estaba de vuelta a su tierra, donde montó al llegar, con su mujer, una tienda de ultramarinos. Ahora suministraba sosa cáustica a la Junta, pero la Administración llevaba más de un año sin pagarle. Y las letras de la casa vencían. Su hijo adolescente, Juan Manuel Moreno Bonilla, recuerda que un día se levantó a las cuatro de la mañana para ir al baño, y al pasar por la cocina vio a su padre con las manos sosteniendo la cabeza encima de unos papeles: la familia se iba a la ruina.

Cuando los Montero Cuadrado se iban en coche a pasar las vacaciones a Chipiona, la imagen era todo un homenaje a la Dirección General de Tráfico. Cuatro atrás y tres adelante, con la niña sentada entre las piernas del abuelo en el asiento del copiloto. Eso sí, Manuel Montero, el conductor y padre de familia, no pasaba nunca de 60 km/h, no se sabe si porque no quería o no podía.

Son tiempos de palabras que no describen la realidad. Más bien sirven para sustituirla. Vean, por ejemplo, “Evangelización y mestizaje”, el emblema enarbolado por Isabel Díaz Ayuso esta semana en Ciudad de México en un chusco acto de homenaje a Hernán Cortés. Es una formulación conocida, pero tampoco la única que el pensamiento español tiene a su disposición. Rafael Sánchez Ferlosio dejó escrito hace años, en Esas Yndias equivocadas y malditas, que cuando el mestizaje surge dentro de una relación de conquista y desigualdad, la mezcla no expresa igualdad, sólo la huella social de la dominación. Pero Ayuso, claro, no quiere dialogar con la historia sino producir una imagen reconocible de sí misma, por eso es inútil responder con archivos, historiografía o datos: el emblema no opera en el régimen de la verdad. “Evangelización y mestizaje” simula ser una descripción histórica, pero funciona como un “¡Viva España!”. Quien lo repite no sostiene una tesis, exhibe una bandera, y al exhibirla evita la conversación que desde hace tiempo impugna la idea celebratoria de la mezcla: la de que el “descubrimiento” no fue un hallazgo, sino la declaración de que aquello que ya existía no contaba hasta ser nombrado por el conquistador. Como escribió Ferlosio, la asimetría del mestizaje revela quién tenía el poder, quién era incorporado al mundo del otro. Y aunque el discurso oficial todavía no lo haya recogido, una parte del pensamiento español ya impugnó hace tiempo esta lectura con un rigor que la fórmula de Ayuso no admite, pues no busca convencer sino exacerbar el sentido de pertenencia.

1. Vengo de hacer mi primera estancia en Chiapas. De ciudad en ciudad, desde la actual capital, Tuxtla Gutiérrez, he visitando la muy turística San Cristóbal de las Casas, los “pueblos mágicos” de Comitán de Gutiérrez y Chiapa de Corzo, el mundo fantástico de Chamula. Y salgo convencido de lo insólita, maravillosa e insondable que aún puede ser la realidad americana.

Isabel Díaz Ayuso aterrizó en México en medio de una gran expectación y se marcha casi una semana después de forma abrupta y rodeada de polémica. El desenlace de su periplo americano no sorprende a nadie. La presidenta de Madrid llegó a un país a cuyo gobierno había acusado de ser un narcoestado y a su presidenta, Claudia Sheinbaum, una dictadora de ultraizquierda. No era la mejor carta de presentación. En la visita ha defendido el legado de Hernán Cortés y se ha acercado a políticos de derechas y empresarios millonarios contrarios a Morena, el partido oficialista. La izquierda ha visto en sus declaraciones una forma de provocación. Sheinbaum y sectores más moderados, de centro, le han exigido un mayor respeto por su país y le han pedido que dejara de azuzar una guerra cultural alrededor de la Conquista que en México resulta casi inexistente. Al final, como se veía venir, el asunto ha acabado mal.
Víctor de Aldama (Madrid, 47 años) pasó esta Semana Santa viendo procesiones y pasos religiosos en Sevilla. Eran sus últimos días antes de que comenzara el juicio en el Tribunal Supremo por el caso mascarillas en el que la Fiscalía Anticorrupción lo acusa de organización criminal, cohecho y aprovechamiento de información privilegiada. “Gracias por el apoyo cuando me veis en la calle como estos días”, publicó en un vídeo ese domingo 6 de abril anterior al comienzo de la primera sesión. “Espero que todo salga como tiene que salir y si no asumiré las consecuencias”, dijo. No es extraño encontrar a Aldama en fiestas populares, ni tampoco que la gente se acerque a pedirle fotos o darle ánimos. El comisionista, que se ha autoincriminado en delitos de corrupción, se ha convertido casi en un fenómeno de masas. Alguien a quien, especialmente en círculos de la derecha, aplauden. En junio del pasado año, otro ejemplo. Acudió a la romería del Rocío (Huelva) y en un festejo con César Cadaval, el menor de los Morancos, terminaron cantando al unísono “por Aldama, por Aldama”, mientras mujeres vestidas de flamenca bailaban a su alrededor, como muestran las imágenes a las que ha tenido acceso EL PAÍS.
“Una especie de tortura diaria”. Así definió el pasado miércoles José Luis Ábalos los 14 trayectos de ida y 14 de vuelta que él y Koldo García han hecho durante el último mes para acudir desde la cárcel de Soto del Real al Tribunal Supremo, donde el primer juicio del caso Koldo ha quedado esta semana visto para sentencia. “No es fácil venir hasta aquí, los madrugones son importantes, llega uno muy de noche y todos los días llegamos y vamos esposados”, lamentó el exministro, en prisión preventiva junto a su antiguo asesor desde noviembre. Si el Supremo les condena, el encarcelamiento ya no será provisional sino firme durante los años que decreten los jueces. “Me juego la poca vida que me quede, que tampoco es mucha”, asumió el exministro, de 66 años, en su turno de última palabra. La Fiscalía Anticorrupción reclama 24 años para el exministro y 19 y medio para quien fuera su mano derecha, mientras que el tercer acusado, Víctor de Aldama, se enfrenta solo a una pena máxima de siete años por haberse autoinculpado y aportado datos que los investigadores consideran que han sido “relevantes” para esclarecer los hechos.
Es 26 de marzo de 2019. Resignado, el comisario Enrique García Castaño se sienta en una austera sala de la Audiencia Nacional. Enfrente se coloca el magistrado instructor Manuel García-Castellón; y a su derecha, los fiscales Ignacio Stampa y Miguel Serrano. “Querría ampliar más cosas”, dice entonces el agente jubilado de la Policía Nacional, a quienes todos conocían en el Cuerpo por el apodo de El Gordo. Un tipo peculiar (espontáneo, lenguaraz, procaz...) que apenas unas semanas antes ha admitido la puesta en marcha de la Operación Kitchen y que ahora, cuando el cerco se estrecha sobre él por la trama de espionaje urdida contra el extesorero popular Luis Bárcenas, se dispone a tirar más de la manta. No va a caer solo.
Los datos objetivos importan cada vez menos en el debate público. En abril, España ha alcanzado los 22,1 millones de afiliados, un nuevo récord. El paro ha caído de nuevo. La inmigración explica buena parte del crecimiento de la economía que lleva a esos datos. La regularización extraordinaria, que tiene el apoyo no solo del Gobierno y de toda la izquierda, sino también de los empresarios, que son los que más la reclaman porque necesitan mano de obra legal, y de la propia Iglesia, está resultando como se esperaba: se están apuntando decenas de miles de personas que ya viven y trabajan en España, por lo que solo generará beneficios para ellos y para el sistema, porque implicará más ingresos. El Ejecutivo confía en que la próxima visita del Papa a España sirva también para darle un impulso al discurso en positivo sobre la inmigración.
“Y de repente, una mañana, nos sentimos perdidos unos de otros”. Mehrnoosh Shahhosseini, una diseñadora de moda de 52 años de Teherán, recuerda así las horas que siguieron a los primeros ataques aéreos de Israel y Estados Unidos, el 28 de febrero, fecha a partir de la cual las autoridades iraníes bloquearon el acceso a internet por “razones de seguridad”.
