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En apenas año y medio, la diplomacia de Estados Unidos, así como sus intereses y alianzas históricas, han sido sometidos al capricho del presidente Donald Trump, que un día puede decir que la OTAN no sirve para nada y otro, amenazar con arrasar Irán. Declaraciones que en otra administración serían un terremoto diplomático, con Trump apenas tienen consecuencias reales. Según va creciendo la espiral de exageraciones, amenazas y rectificaciones, el mundo va haciendo cada vez menos caso a Washington. ¿Se está dañando para siempre el predicamento de Estados Unidos en las relaciones internacionales?
La Asamblea de Madrid ha decidido aumentar hasta los 270.000 euros el presupuesto anual para la partida en gastos de taxi de sus 135 diputados, según documentación pública consultada por EL PAÍS. El incremento se traduce en 500 euros más disponibles para cada representante, que a partir de ahora pasarán a poder gastar 2.000 euros al año en este medio de transporte, si así lo desean. La decisión adoptada por la Mesa, el órgano que regula el día a día de la Cámara, coincide con que los diputados se hayan subido el sueldo cuatro veces en los dos últimos años. La decisión se produce en un momento en el que la Cámara encara el próximo ciclo electoral autonómico, previsto para 2027, lo que implica la posibilidad de un cambio en las mayoría del Parlamento autonómico.
Las alergias estacionales no son nada nuevo, pero su virulencia y persistencia sí. Entre 2015 y 2024, la temporada de polen se adelantó una o dos semanas para todos los árboles, en comparación con el período 1991-2000. El culpable es el aumento de las temperaturas. Esta es una de las funestas conclusiones del Informe europeo de 2026 del Lancet Countdown sobre salud y cambio climático, cuyo subtítulo no deja lugar a dudas: “Cada vez hay menos margen para adoptar medidas decisivas en materia de salud”.
Pocas personas se atreven a decirle “no” a Anna Wintour. Zohran Mamdani es una de ellas. El alcalde de Nueva York, socialista y musulmán, ha rechazado la invitación para acudir a la Gala Met, que se celebrará el próximo cuatro de mayo.
Las democracias retroceden, el autoritarismo avanza año tras año, y la tendencia se intensifica en una época dominada por dictaduras que, como la de China, exhiben como atractivo su gestión y poderío económico, estados autocráticos como Rusia que invaden y bombardean a un vecino sin respetar la legalidad, o unos Estados Unidos dedicados, con el presidente Donald Trump, a socavar algunos de los pilares de su propio estado de derecho y las normas internacionales. El último informe de la organización no gubernamental Amnistía Internacional, publicado este martes, retrata gráficamente un mundo de “depredadores voraces, de saqueadores brutales a la caza de trofeos injustos”. Pero la “recesión democrática”, término acuñado por el profesor Larry Diamond, no es una fatalidad, como demuestran las recientes elecciones en Hungría, donde el máximo exponente de la democracia iliberal —una forma de democracia degradada y de baja calidad— ha perdido el poder tras una derrota severa en las urnas.

El éxito del Quijote, cuya primera parte se publicó en 1605, fue fulminante en su época, un best seller de la novela popular “carnavalizante”, por decirlo con Mijaíl Bajtin, que hizo reír a todas las clases sociales, pero al que de entrada no se concedió un gran valor literario. Para que se incorporara al canon barroco español, junto a Lope, Góngora o Calderón, hubo que esperar 150 años, hasta los estudios del ilustrado valenciano Gregorio Mayans, muerto en 1781, quien reivindicó a un Cervantes neoclásico y formalmente conspicuo. Ahora bien, el Quijote (el Quijote) que conocemos, el que aprendimos y aprendemos en la escuela, el que opera en el imaginario universal a modo de un emblema, procede del siglo XIX; es decir, de esa combinación de romanticismo, nacionalismo y noventayochismo que acabó fijando, a través de Unamuno, Azorín y Ortega, la dimensión agonística del personaje, molde del “alma del pueblo español” y cifra de la oposición entre “lo ideal y lo real”. Es lo que se ha dado en llamar “quijotismo”, un concepto que se proyecta hacia atrás para cubrir el conjunto de la historia de España, siempre trágica y malograda, de la que podría decirse lo que el escritor Jorge de Sena decía de nuestro mellizo Portugal: “siempre hemos tenido grandes hombres que nacieron en el lugar equivocado”.

Ese libro que heredó. Ese libro que no es suyo pero guarda algo de quien lo tuvo. Guarda un olor, o una huella. Quizá una nota al final o un tique del día en que lo compró. A lo mejor una firma. Eso: una firma y una fecha manuscrita en la última página, con muescas en los bordes. Ese libro que no es suyo, pero que usted se quedó furtivamente. Se lo quedó porque, cada vez que lo ve, se acuerda del día en que lo robó, y sonríe. Ese libro que no devuelve porque hay libros rebeldes, y se rebelan.
Escribo (en el ordenador, como en las grandes ocasiones) en Baños del Carmen, el lugar en el que leí Retorno a Tipasa, las diez páginas en las que Albert Camus describe el tiempo pasado sobre las ruinas que inspiraron su Bodas en Tipasa. Había celebrado Camus, cuando tenía poco más de veinte años, el azul del Mediterráneo en el que se sumergían él y sus amigos rodeados de ruinas romanas, la gracia y belleza de la juventud que todo lo disculpa, la felicidad espontánea e imprudente, y dejaba una lección principal que luego serviría para mover su mundo y el de sus lectores: hay que vivir sin trascendencia, pero con intensidad.
En una interpelación digna de un repetidor de sexto de primaria, Santiago Abascal ha llamado Juanma Moruno al candidato popular a presidir la Junta de Andalucía. Hay que alabar la madurez del aludido, que no se ha dado por tal, a diferencia de su partido, que ha corrido a las faldas voxeras para demostrar que, a ellos, lo moruno no les gusta ni en pinchitos. De ahí los pactos en los que cierran el grifo a Cáritas (aunque luego lo medio abran), que se hagan la picha un lío exigiendo no sé qué arraigos a los extranjeros y boicoteen el proceso de regularización en las administraciones que controlan.
Viniendo hacia el hospital para cubrir el turno de cuidado a mi madre veo cómo un furgón policial se lleva a unos 10 o 12 hinchas de un equipo de fútbol. En otra ocasión, cruzando la Alameda, frontera entre mi casa y la de mi madre, me vi envuelta en una carrera sanferminera improvisada entre hooligans exaltados. Cuando mis amigos queden en la feria esta semana, no podrán andar para ir de una caseta a otra por la masificación. Y la pregunta que siempre me deja estas situaciones es: ¿los desperfectos urbanos, la limpieza, la seguridad... quién los paga? ¿Nuestros impuestos; los de sevillanos curritos que trabajamos cada mañana, también las de feria, para que en El Real ―como ahora dicen los foráneos entendidos― puedan disfrutar los privilegiados? ¿Para cuándo las tasas a los equipos de fútbol que dejan sueltos a sus hinchas en el centro histórico (y no fan zone) a beber alcohol y tirar sillas de los bares? Definitivamente, los que resistimos en el centro de Sevilla y no nos queremos dejar echar, lo tenemos cada vez más complicado. Nuestros dirigentes han decidido que esta cuidad nuestra está destinada a ser el bareto de España y de Europa... ¡Viva Sevilla y olé!