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Las frases capaces de provocar entrañan el peligro de la generalización. “Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España” es una de esas frases. Hoy escribo para refutarla. En La bola negra, Glenn Close encarna a una investigadora llamada Isabelle Durand, que participa en 2017 en un coloquio académico. Las palabras de Durand son escuchadas por un auditorio lleno y expectante. Con serenidad y sobreponiéndose a su acento anglófono, el personaje sostiene que la investigación sobre la literatura no puede permitirse el lujo de desentenderse de las pasiones que experimentan quienes escriben. Y censura que los analistas españoles parecen creer que los textos literarios son escritos por personas ajenas al deseo, cuando el deseo existe y atraviesa por completo la experiencia humana. En concreto, existe el deseo homosexual en la literatura de Federico García Lorca. Al concluir su intervención, la moderadora del coloquio (interpretada por Alana S. Portero) suscribe el argumento de las cortapisas españolas y dice por eso: “Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España”. En una película tan bien documentada, tan atenta al detalle, sorprende que se haya colado un juicio historiográfico tan simple.
Escribió Chesterton que por cada niño que llega al mundo nacen de nuevo la Luna y el Sol, porque hay un nuevo par de ojos dispuestos a mirarlos. Con los libros pasa igual: con cada niño que aprende a leer, Odiseo vuelve a salir de Ítaca, Quijote y Sancho vuelan de nuevo a lomos del caballo Clavileño y la pobre Alicia cae otra vez por la madriguera. Me di cuenta ayer, mientras silabeabas la-ma-má-o-sa. No sé si me sorprendió más verte leer por primera vez o el vértigo que sentí.
Una prolongada parálisis desde la derrota en las elecciones europeas de junio de 2024 y ahora terribles convulsiones. El viaje del macronismo empezó con el asombroso éxito político de un hombre sin partido cargado de ideas, y termina con un triste calvario. ¿Qué pasó?
La residencia Casaverde, en el madrileño municipio de Navalcarnero, había avisado a las familias de sus residentes con discapacidad de que no podían vivir más ahí. El mensaje era contundente: “Dispone de un mes para gestionar y coordinar el traslado a otro recurso residencial”, porque el centro fue “seleccionado dentro del acuerdo marco de la Comunidad de Madrid para la atención a personas adultas con discapacidad física en centro residencial, y la Administración nos requiere disponer de las plazas a partir del 1 de noviembre”. La decisión, comunicada a mediados de octubre, ya estaba tomada, pero dieron marcha atrás cuando los afectados denunciaron a la prensa su “expulsión”. Este periódico ha preguntado a la residencia cuántas personas han recibido esa notificación, pero no ha respondido.
Los bomberos de Ávila miran por el cristal. Detrás del vidrio hay una cocina, un frigorífico, sillas y mesas. Todo nuevecito, envuelto en plástico, en un módulo prefabricado junto a unas duchas y vestuarios. Todo está listo dentro de la nueva estación, pero no pueden usar nada de eso. Así ha sido desde hace un año, porque la Junta de Castilla y León (PP y Vox) pagó la infraestructura, pero no los contratos de la luz ni del agua. “¡Es increíble!”, exclaman los brigadistas que coinciden en que es “un garaje de 420.000 euros”. Tampoco hay un hidrante donde cargar los vehículos y tiran de los de El Tiemblo, donde se encuentran perdiendo el tiempo. Estos ejemplos ilustran las quejas del gremio, que se siente desatendido y mal dirigido después de vivir el peor verano de su historia.


“Estamos a punto de perder una información única que no podremos recuperar de ningún otro sitio”, lamenta María Leunda, paleoecóloga guipuzcoana. Se refiere a lo que está sucediendo en uno de los entornos más desconocidos y únicos del mundo: las cuevas heladas de alta montaña, donde aún queda hielo fósil de hace miles de años. Algunas de las mejor estudiadas están en la cordillera de los Pirineos, una de las más castigadas por el deshielo y la subida de las temperaturas.




Difícil, o muy difícil. Así lo han querido los comisarios Parreño, Labrador, Fontán y Capa, y eso hace honroso el esfuerzo, un esfuerzo enorme. Primero por no haber sucumbido —del todo— a la vigente interpretación histórico-sociológica de todas las cosas, también las del arte, a la manera de un reportaje de Informe Semanal. Además, 60 años es mucho tiempo; porque ¿se puede llamar, propiamente, transición (estética o lo que sea) a lo ocurrido durante ¡60 años!? Sin embargo, uno de los aciertos consiste en haberse alejado lo más posible, hacia adelante y hacia atrás, de la Transición política española, cuya narración ya se encuentra tan solidificada como la de un mito. Todo —todo lo que llamamos moderno— comenzó mucho antes, como mínimo en la época de Luis González Robles y la exitosa exportación internacional de la abstracción, y nunca terminará, como el tiempo que fluye. Por no decir que el poder cultural hacía mucho que estaba en manos del antifranquismo.
Lo queremos todo bien grande. Bien emocionante. Bien de patrocinios y sudaderas a 80 euros. Todo cargado de mensajes para la posteridad, porque ya no se habita el momento, el momento es algo que se guarda para no se sabe muy bien cuándo ni para qué, pero se guarda. Y como cada vez tenemos menos capacidad de retener nada, lo que hoy guardamos, mañana lo perdemos. Esto, en el mundo de la música, que ha cambiado mucho pero aún mantiene la capacidad para encapsular lo mejor y lo peor de cada época, ha redundado en una abrumadora cantidad de discos destinados a la grandeza que se diluyen en las redes al cabo de dos semanas; de entregas de premios más competitivas que unos Juegos Olímpicos como síntoma algo melancólico de una sociedad convencida de que hay belleza en los números y sospecha en los adjetivos; de conciertos históricos, los mejores que ha vivido jamás la humanidad, que se olvidan hasta que llega el siguiente, que siempre es un poco más grande y pelín más histórico. En este contexto, la banda irlandesa Fontaines DC es a la vez parte del problema y parte de los que ven que hay un problema. Este Dopamine Chamber, su quinto disco, confirma su tránsito hacia la grandilocuencia, la ambición desmedida, los estadios, Rosalía y el yo estuve ahí y lo voy a estar pagando en cuotas hasta 2030. Y a la vez, es solitario y distópico, oscuro y tristón. Es como ir solo a un concierto en un estadio y perder el último metro de vuelta a casa.
