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Aponiente, el restaurante tres estrellas Michelin capitaneado por el cocinero Ángel León, ha logrado que el universo gastronómico mire hacia el gaditano Puerto de Santa María. En este año, además ha salido del molino de mareas del siglo XIX donde se ubica y la experiencia que supone comer en él se expande hacia las marismas que lo rodean, ubicadas en el parque natural de la Bahía de Cádiz, el mismo lugar que sirve de inspiración desde hace años para este chef.
“Nunca había visto tanta gente en la cola”, afirma sorprendida una asistente a la 080 Barcelona Fashion a escasos minutos del comienzo del desfile de Benavente. No le falta razón: son las dos de la tarde de un jueves y bajo un sol digno de julio, cantidad de fashionistas esperan su turno para ver las propuestas del valenciano y, podríamos decir, también sus historias. En cada costura, Paco Benavente (Valencia, 35 años) cuenta una. Una historia que no entiende de géneros, pero sí de sastrería y de patronaje. Cuando en 2015 se hizo con el premio a la mejor colección de diseño emergente dentro de la Valencia Fashion Week, pasó a pasar a formar parte de esas “jóvenes promesas” que a los medios y a la industria de la moda tanto gustan. Pero su propia historia dio un giro inesperado: se retiró y se dedicó a la docencia. Así descubrió lo que ahora ya sabemos: que lo suyo es narrar mediante colecciones, patrones y emociones, no a través de lecciones. Y por eso, en 2024, la marca renació. Esta es su tercera colección presentada en la 080 Barcelona Fashion. Hablamos con él, horas antes del desfile, sobre la última, de título muy adecuado: Nomeolvides.
Ante los incendios forestales cada vez más intensos y peligrosos, quizá haya llegado el momento de mirar más allá de la extinción y replantearnos también cómo gestionamos el territorio una vez apagado el fuego. En los últimos tiempos asistimos a un paulatino cambio de paradigma que supone abandonar la estrategia de supresión total propia de la época del “todos contra el fuego”. Empezamos a asumir que siempre va a haber igniciones, ya sean naturales o accidentales, y que cuanto más continua e inflamable sea la vegetación, menos manejables serán los incendios y peores sus consecuencias. Esa es la lógica que inspira las quemas prescritas, que no pretenden eliminar el fuego, sino utilizarlo para reducir la biomasa y, por lo tanto, la severidad de los incendios.
He de reconocer que, hasta ahora, creía que la postura escorada de los gobiernos autonómicos en favor de los centros de datos se debía a la misma injusta mezcla que nos afecta a buena parte de los españoles: la falta de información por parte de las grandes corporaciones promotoras y la diseminación por estas de algunos datos confusos y sobredimensionados en empleo e inversión. La labor que he tratado de desempeñar estos últimos meses, como investigador predoctoral del CSIC y de la UC3M, ha sido precisamente tratar de poner la información a disposición de los vecinos y las administraciones afectadas por estas instalaciones. Es por ello que recibí con ilusión la invitación de Unidas por Extremadura para comparecer en la Comisión de Economía, Empleo y Transformación Digital de la Asamblea de Extremadura con el objeto de ofrecer un análisis científico de los beneficios y riesgos asociados a los proyectos de instalación de grandes centros de datos en esta tierra. La misma tierra que cultivaron mis abuelos y de la que emigraron con la intención de que sus nietos pudieran estudiar en las instituciones en las que a día de hoy trabajo.
Siempre he tenido un problema irresoluble con el teatro y es que pocas veces he logrado creérmelo. Tampoco acostumbra a suscitarme esa emoción, esas sensaciones, que me provoca el gran cine. El problema debe de radicar en mí. Exagero un poco. Hace infinitos años vi al extraordinario Vittorio Gassman en un escenario. Sin ninguna compañía. Recitando a Shakespeare, a Pirandello, a Herman Melville. Me resultó hipnótico. También me fascinó Albert Finney interpretando Hamlet. Fueron excepciones.
El 25 de septiembre, apenas una semana después de esta entrevista, Susan Sarandon (Nueva York, 80 años) fue detenida a las puertas de la ONU en Nueva York. Protestaba, junto a otras actrices como Hannah Einbinder o Cynthia Nixon, contra la comparecencia en la Asamblea del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. No era la primera vez que la detenían y quizás no sea la última. Susan Sarandon, actriz en más de 100 películas, ha protagonizado éxitos de Hollywood como El cliente, Quédate a mi lado o Las brujas de Eastwick; películas de culto como The Rocky Horror Picture Show o Thelma y Louise; y películas comprometidas como Pena de muerte, que le valió un Oscar. Ha aparecido en la serie Friends y ha rodado con Louis Malle. Porque Sarandon escoge sus proyectos como vive, de forma desprejuiciada, con una mezcla de curiosidad y desafío: “Cuando leo un guion quiero que me conmueva. Quiero que el personaje sea algo que no haya hecho antes. Está muy bien si hay un director con una buena trayectoria, pero a veces son directores nuevos. Es genial si te pueden pagar, pero a veces no pueden”. Es el caso de su último proyecto, The Accompanist (aún pendiente de título en español), donde interpreta a Sylvia, una madre de acogida atormentada y excéntrica.
Juan Cebrián
Genevieve Herr (Sally Harlor), Matthew Monzon (TMG LA) y Pattie Yankee.
Cristina Serrano.
Pete Koukov.
Elaine Winter y Mari Siviakova.
La machine.
Drita Curanaj (R3 Mgmt) y Wojtek Szaulinski.
Margarita Babina.
Christopher Morel y Keegan Eckart.
Fern Cerezo y Jan Anthonio Diaz.
Dafne Fernández (Madrid, 41 años) acapara las miradas desde un rincón. La actriz y bailarina ha entrado sigilosa en el Salón Carlos III del Teatro Real de Madrid, donde una veintena de periodistas e influencers esperan a que imparta un breve taller de danza clásica con motivo del 25º aniversario de la película Barbie en El Cascanueces (2001), del que es la embajadora en España. Ya en el centro de la sala, después de agradecer su nombramiento y de dar las primeras indicaciones, parece tan cercana que apetece seguirla. Plié, demi-plié, relevé; las presentes intentan imitar sus movimientos hasta que, de pronto, rompe la disciplina y se sienta en el suelo, animando al resto a hacer lo mismo mientras suena el emocionante Pas de Deux compuesto por Chaikovski para el ballet estrenado en 1892: “Así supe lo que era el síndrome de Stendhal. Es la música que me pongo cuando paso por un momento difícil y quiero escapar a otro lugar”, dice. Mientras, en el suelo, escucha con los ojos cerrados.
Solo 18 días después del final de la Guerra Civil, el 19 de abril de 1939, se creó el Instituto Nacional de la Vivienda para hacer frente a la grave escasez de casas y a la destrucción del parque residencial provocada por el conflicto. Entre las fórmulas utilizadas figuraba las cooperativas, que han permitido la construcción de más de 2,5 millones de viviendas desde 1957, alrededor del 10% del parque residencial español, según la Confederación de Cooperativas de Viviendas y Rehabilitación de España (Concovi).

En esta época posterior a todo y anterior a nada, la politóloga Wendy Brown va a lo fundamental. Habla de la transcendencia de las próximas elecciones, de la espiral nihilista del neoliberalismo, del problemón de la lógica masculinista naturalizada, de las demandas que comparten los votantes de izquierda y derecha, y de los movimientos sociales que buscan salida a un mundo en combustión, víctima de un fuego alimentado por demagogos oportunistas.
El título genérico de la columna, ‘Palos de ciego’, se me apareció mientras daba vueltas a una frase de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Esta columna siempre ha aspirado a entregarle al lector un pedazo de prosa decente, a entretenerle un rato, a hacerle un poco de compañía; en el mejor de los casos, a que ambos, lector y autor, podamos intuir a tientas algo de la oscuridad que nos rodea. No se me ocurre un propósito más ambicioso.
