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Abeer Murad, una mujer de unos 30 años y madre de dos niños pequeños, vive en una tienda en el centro de Gaza desde el primer mes de la guerra, después de perder su casa en el barrio de Sheikh Radwan, en Ciudad de Gaza. Dice que los roedores han pasado de ser una simple molestia a convertirse en una fuerza que domina hasta los aspectos más pequeños de la vida cotidiana. “Tenemos que cargar en brazos a nuestros hijos para protegerlos, y al mismo tiempo intentar salvaguardar lo poco que queda de nuestras pertenencias”, afirma.

A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.

Dice Irantzu Varela (Portugalete, 1974) que es menos mala de lo que parece y más lista de lo que debería. Achaca lo primero a su planta imponente, su voz ronca y su vehemencia, aunque con su locuacidad aleja cualquier temor. Lo segundo, lejos de ser un problema, la ha convertido en una de las voces más relevantes del feminismo en España. Ahora publica su primera incursión en la narrativa de ficción con Darle fuego a Bilbao (Continta me tienes), un libro con espíritu punk, cargado de activismo, fiesta y mucho amor.
Auspiciados por la libertad que ofrece la alfombra roja de la Gala del Met, donde se alienta a todos los invitados a subir las escaleras del museo neoyorquino vestidos de la manera más extravagante posible, cada vez es más habitual ver a las celebridades masculinas aprovechando la ocasión para salirse de la cómoda tradición de sastrería a la que están acostumbrados. En sus versiones más extremas, la edición del pasado lunes acogió al actor de la serie Más que rivales Hudson Williams vestido de torero por Balenciaga; al puertorriqueño Bad Bunny, vestido de Zara y envejecido 50 años; y al cantante Sombr envuelto en una nube de flecos de Valentino.
A unas semanas para que se cumpla una década del referéndum en el que los británicos decidieron salir de la Unión Europea, la ola populista que llevó a la ruptura sigue marcando el paso en el Reino Unido. El partido más votado en las elecciones municipales y autonómicas del jueves ha vuelto a ser Reform UK, la formación de extrema derecha que lidera el histriónico Nigel Farage. El resultado es preocupante por partido doble. Primero, por la victoria, en un momento de inestabilidad internacional e incerteza económica, del movimiento que impulsó el Brexit y que propaga un mensaje xenófobo y ultranacionalista. Y segundo, por la derrota de un primer ministro, el laborista Keir Starmer, que intenta volver a acercar a su país a la UE en un momento que exige una cooperación más estrecha entre Londres y el continente.
Las elecciones locales y autonómicas en el Reino Unido han otorgado al partido ultraderechista Reform UK de Nigel Farage una clara victoria propinando un rotundo varapalo a los laboristas de Keir Starmer. Los tories también han cosechado un pésimo resultado, en retroceso, lo que configura el enésimo episodio de desgaste de los partidos convencionales en favor de propuestas alternativas, como los Verdes, que avanzan con un liderazgo de aroma populista. La fragmentación se consolida en el antaño sólido bipartidismo británico.
Estamos en dificultades. Eso es una buena señal. Si no lo estuviéramos, nunca cambiaríamos nada. Y construir Europa significa cambiar cosas (Jean Monnet)

De entre todas las realidades que nos condicionan, la menos nombrada en los últimos años es la clase. Haga usted la prueba: busque en cualquier medio piezas centradas en cuestiones generacionales, raciales, de diferencia u orientación sexual. Cuéntelas y compare su número con aquellas que hablan de ricos y pobres.
Ver a los políticos discutir de cargas virales, confinamientos obligatorios y números de reproducción básica (R0) me llena de ternura. Incluso si un político insinúa que Pedro Sánchez es capaz de provocar una epidemia, está planteando una cuestión interesante, porque ¿cómo se hace eso? Que un brote de hantavirus se politice no es malo en sí mismo. Es solo que yo preferiría que la discusión política fuera otra: ¿cuántos recursos deberíamos dedicar al estudio de los virus potencialmente peligrosos? ¿Qué tipo de proyectos de investigación debemos apoyar? ¿Cómo atraer inversión privada a esos proyectos? Si los políticos están tan preocupados por el hantavirus como aparentan estos días, que empiecen a buscar la pasta.