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Hay una serie fabulosa que estos días no solo nos entretiene, sino que nos da una hermosísima lección. Se llama Empatía y aborda la vida de una psiquiatra, su equipo y sus pacientes en un pabellón cargado de enfermedades mentales, pero sobre todo de personas con heridas, sin recursos para abordarlas, cada uno con sus ternuras y sus barbaridades. Y lo que impresiona es que no hay gran línea divisoria entre los pacientes y sus cuidadores porque todos, tanto los internos —delincuentes en muchos casos— o los profesionales que se ocupan de ellos, tienen fracturas vitales, fantasmas interiores y vulnerabilidades que les acercan. La serie lo aborda con tanto humor y respeto que llama aún más la atención en estos tiempos en que las pantallas nos devuelven salvajadas e injusticias a juego con la actualidad. Y no es en absoluto una serie ñoña, es simplemente única y extraña en este tiempo feroz.
Irene Moreno vive de alquiler en Chamberí, aunque por poco tiempo: un fondo buitre ha comprado su edificio y lo convertirá en un bloque de lujo. Está a pocas paradas de metro del Congreso, donde el martes se decidía sobre la prórroga de los alquileres con la presencia de algunos invitados, entre los que estaba Irene.
Cambiando el arranque de Hijos de la ira, del poeta Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad de miles de toneladas de granito. No existen, desde luego, últimas estadísticas. Basta la contemplación diaria. Plazas, aceras, muros, edificios, rotondas, bancos, bordillos. Casi todos los elementos que construyen el “lego” de una urbe. En los tiempos de Felipe II y Felipe IV la lógica residía en que era la piedra que se extraía de las cercanas canteras de la Sierra del Guadarrama, y El Monasterio de El Escorial fue el modelo arquitectónico de un imperio.

“Pero aquí está el molesto duendecillo de las cavernas” o “una dinámica de lo más brutal, digna de un duende” son dos respuestas que ChatGPT dio a un usuario de Reddit en febrero. “Desde las versiones 5.3 y 5.4, ha empezado a comparar cualquier cosa negativa con un duende”, añadía.
Los sublevados franquistas del año 36 del siglo pasado vivieron un momento de sangrienta efervescencia en el verano y principios del otoño de aquel año. No perseguían crímenes o delitos concretos; perseguían a personas e ideologías. Y así mataron a miles de individuos. En el Barranco de Víznar, en Granada, han aparecido ya 194 personas arrojadas a 29 fosas comunes. Solo 11 han sido identificadas por ahora. El rasgo común de todas era ser sindicalistas, socialistas o republicanos. Y por ello fueron fusilados sin juicio ni condena. 90 años después, sus familiares se empeñan en que tengan el juicio que nunca tuvieron. Algunas de esas 11 familias han declarado ante la Fiscalía de Memoria Democrática de Granada. Han contado la verdadera historia de sus abuelos o bisabuelos, no para buscar culpables, sino para dar a conocer la verdad sobre la vida y muerte de sus antecesores.

A las ocho de la mañana empieza el día sobre ruedas. Un equipo de especialistas en salud mental se reparte por la ciudad en taxis y coches. El destino no es un hospital, sino varios colegios e institutos. Agendas abiertas, portátiles encendidos y toda la jornada por delante. No hay batas blancas ni salas de espera. Hay pasillos, patios, aulas y despachos prestados. Hay familias esperando un diagnóstico, profesores pidiendo orientación y niños que, sin saberlo, están a punto de ser escuchados en el único lugar donde se sienten seguros: su centro educativo. A veces el día cabe en un solo colegio. Otras, se fragmenta en trayectos, llamadas desde el coche y reuniones improvisadas entre clases. Las psicólogas clínicas y las psiquiatras sostienen agendas más estables; el trabajador social y las enfermeras se mueven con la urgencia de lo que surge. La misión es la misma: llevar la consulta allí donde los menores están. Muchos no llegan a los ambulatorios, pero todos pasan por las aulas.
En temps d’Ausiàs March (que va viure de 1397 a 1459) la paraula mesquí no volia dir avar, abjecte, deshonest sinó malaurat, trist, desventurat (que sembla que a les illes encara es fa servir en aquest sentit, a voltes amb tendresa, com quan al nadó li diuen mesquinet); i així, March, referint-se als antics que van morir per amor, els hi diu “vosaltres, pobrets” o, en paraules seves: “Oh, vós, mesquins, qui sots terra jaeu / del colp d’amor amb lo cos sangonent / e tots aquells qui amb cor molt ardent / han bé amat, prec-vos no us oblideu, / veniu plorant, amb cabells escampats, / oberts los pits per mostrar vostre cor / com fon plagat amb la sageta d’or / amb què amor plaga els enamorats” (on s’entén que fon vol dir fou i plagar és ferir); amb aquest exemple ja es veu que Ausiàs March escriu a pit obert. Fins i tot els estudiosos acadèmics, que aspiren a ser freds i objectius, diuen que March gasta, a moments, “un to desafiant” o un lèxic “d’extrema violència” i que, fins i tot, arriba més d’un cop a alguna “arriscada irreverència”.
Mientras los estadounidenses sufrían su particular purgatorio en busca de las primeras fotos próximas del terreno lunar, la Unión Soviética había pasado ya a la siguiente fase de su programa. Esta vez, el objetivo sería descender de forma controlada y poder contemplar el paisaje desde el mismo suelo, no desde lo alto, a través de las cámaras de una nave destinada a estrellarse.
Si hay un artista con el currículo necesario para hablar de libertad de expresión y censura, ese es Ai Weiwei. Y su respuesta ante cualquier tipo de restricción, al margen de contra quién vayan los intentos de silenciar una voz, es no. Este creador chino multidisciplinar, de 68 años, que sufrió la persecución y censura de su gobierno y que hoy vive exiliado en Portugal, también ha residido en Estados Unidos, Alemania y Reino Unido, donde en 2023 vio cómo su exposición en la Lisson Gallery de Londres era cancelada tras hacer unas declaraciones en redes sociales criticando a Israel por sus ataques contra Gaza. Por eso asegura que la censura no tiene fronteras y es parte de todos los sistemas políticos, incluidas las democracias occidentales.