Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita.
Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Así que su solapa de escritor, en aquellos lejanos años 90, era una colección de empleos horribles. Mientras, asistía al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. “Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas”, recuerda.

El camino de Juan desde la libertad hasta verse posando orgulloso sobre un paso de cebra arcoíris de la prisión de Morón de la Frontera es tortuoso. No había experimentado en su vida adulta lo que supone ocultarse como un hombre gay hasta que pisó por primera vez una prisión, hace tres años. “Entré con mucho miedo de que me violasen en un servicio”, reconoce. Decidió entonces meterse al armario e impostar una vida irreal que incluía una mujer en la calle y ademanes masculinos. Cuando lo trasladaron a la prisión sevillana, pensó que aquello sería “más de lo mismo”, pero se equivocó: “Aquí me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”. Juan es uno de los 15 integrantes de Espacio Seguro, una iniciativa creada por este centro para fomentar la diversidad y la visibilidad de las personas LGTBIQ+ entre sus 1.350 internos. “Ahora somos como una familia”, apostilla Juan.





Hace años que la Unión Europea se presenta como el referente mundial en la lucha contra el cambio climático. El Pacto Verde Europeo, los objetivos de descarbonización y la defensa de una transición ecológica justa forman parte de su relato político. Sin embargo, cuando esos objetivos entran en conflicto con los intereses de las grandes empresas tecnológicas o con la competitividad industrial, esa firmeza parece desvanecerse con sorprendente facilidad.
Lluís Canut (Barcelona, 1957) tiene una memoria prodigiosa, imprescindible para deshacer los equívocos, corregir los lapsus y llenar los blancos que se originan en las conversaciones y discusiones sobre periodismo y deporte con el único soporte de la tradición oral, que siempre gira a favor del relator, y más cuando se habla del Barça. Tiene el dato, la fecha y los protagonistas del momento, como si siempre estuviera preparado para el concurso más exigente, fiable en sus respuestas y quirúrgico en su argumentario, de manera que es una suerte -sobre todo para el gremio- que haya escrito el libro La vida en directe (Columna) en compañía de su compañero y amigo Víctor Lavagnini.
Puede que atravesemos la época más calurosa del año, pero el cielo amenaza tormenta. Como un barco a la deriva, los habitantes del siglo XXI avanzamos sin rumbo. En este estado de cosas, cuando la megagalería suiza Hauser & Wirth le propuso a Rashid Johnson organizar una muestra para su sede en Menorca, el artista, conocido por su obra multimedia en torno a cuestiones que abarcan desde la identidad afroamericana a la angustia existencial, pensó que qué mejor que cribar la inquietud que gobierna el presente con el filtro del arte. No para hacer sangre, sino para generar una cierta perspectiva: un punto de vista diferencial con el que poder hablar más de esperanza que de derrota, de precedentes antes que de casos aislados.
Los primeros meses de 2023 vinieron marcados por la ubicuidad del tema ‘Flowers’, de Miley Cyrus. Fue el hit perfecto: un sonido que la emparejaba con Mark Ronson y con Fleetwood Mac —el vinilo de Rumours se convirtió en el disco que se compraban los jóvenes que adquirían su primer tocadiscos—, una letra de autoayuda e independencia y un vídeo icónico que inspiró miles de recreaciones en redes sociales. La canción estaba en todas partes y le gustaba a casi todo el mundo, lo que hacía que nadie perdiera el tiempo en reparar en las listas de éxito globales. Parecía imposible que nada ni nadie le hiciera sombra. El sol no se ponía en ese imperio de tres minutos.





Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.
El eco del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hace resonar cantos corales. En el subterráneo, un grupo de mujeres baila a la luz de un par de velas mientras una cámara las graba. En la biblioteca, una cámara fotografía libros añejos. El binomio arte-espiritualidad se remonta a históricas representaciones como las pinturas rupestres y su función chamánica, a los sarcófagos egipcios pensados para la vida después de la muerte o a las tradiciones budistas que entendían el arte como vehículo de meditación. Durante siglos, la Iglesia católica fue el gran patrocinador artístico en Europa, con sus catedrales góticas o la iconografía bizantina, pero la progresiva secularización de la sociedad fue derivando también en una secularización de la cultura. Sin embargo, en los últimos años la espiritualidad ha vuelto a ser musa en la creación artística. “Ha estallado en todo lo mainstream y es una cosa popular con fenómenos como el de Rosalía, que de repente se vuelve algo muy atractivo”, reflexiona el escultor Javier Viver.


