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Bruselas presume de monumentos icónicos como el Manneken Pis o el Atomium, por no hablar de su espectacular Grand Place. Desde este verano, tiene otro referente, aunque no sea precisamente fuente de orgullo ni para una ciudad tan dada al surrealismo como la capital belga: es la “sartén más grande de Europa”, como no han tardado en bautizar los bruselenses, con su característico zwanze o humor sarcástico, a la plaza Schuman, en pleno corazón del barrio europeo.

Hace años que la Unión Europea se presenta como el referente mundial en la lucha contra el cambio climático. El Pacto Verde Europeo, los objetivos de descarbonización y la defensa de una transición ecológica justa forman parte de su relato político. Sin embargo, cuando esos objetivos entran en conflicto con los intereses de las grandes empresas tecnológicas o con la competitividad industrial, esa firmeza parece desvanecerse con sorprendente facilidad.
Lluís Canut (Barcelona, 1957) tiene una memoria prodigiosa, imprescindible para deshacer los equívocos, corregir los lapsus y llenar los blancos que se originan en las conversaciones y discusiones sobre periodismo y deporte con el único soporte de la tradición oral, que siempre gira a favor del relator, y más cuando se habla del Barça. Tiene el dato, la fecha y los protagonistas del momento, como si siempre estuviera preparado para el concurso más exigente, fiable en sus respuestas y quirúrgico en su argumentario, de manera que es una suerte -sobre todo para el gremio- que haya escrito el libro La vida en directe (Columna) en compañía de su compañero y amigo Víctor Lavagnini.
Puede que atravesemos la época más calurosa del año, pero el cielo amenaza tormenta. Como un barco a la deriva, los habitantes del siglo XXI avanzamos sin rumbo. En este estado de cosas, cuando la megagalería suiza Hauser & Wirth le propuso a Rashid Johnson organizar una muestra para su sede en Menorca, el artista, conocido por su obra multimedia en torno a cuestiones que abarcan desde la identidad afroamericana a la angustia existencial, pensó que qué mejor que cribar la inquietud que gobierna el presente con el filtro del arte. No para hacer sangre, sino para generar una cierta perspectiva: un punto de vista diferencial con el que poder hablar más de esperanza que de derrota, de precedentes antes que de casos aislados.
Los primeros meses de 2023 vinieron marcados por la ubicuidad del tema ‘Flowers’, de Miley Cyrus. Fue el hit perfecto: un sonido que la emparejaba con Mark Ronson y con Fleetwood Mac —el vinilo de Rumours se convirtió en el disco que se compraban los jóvenes que adquirían su primer tocadiscos—, una letra de autoayuda e independencia y un vídeo icónico que inspiró miles de recreaciones en redes sociales. La canción estaba en todas partes y le gustaba a casi todo el mundo, lo que hacía que nadie perdiera el tiempo en reparar en las listas de éxito globales. Parecía imposible que nada ni nadie le hiciera sombra. El sol no se ponía en ese imperio de tres minutos.





Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.
El eco del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hace resonar cantos corales. En el subterráneo, un grupo de mujeres baila a la luz de un par de velas mientras una cámara las graba. En la biblioteca, una cámara fotografía libros añejos. El binomio arte-espiritualidad se remonta a históricas representaciones como las pinturas rupestres y su función chamánica, a los sarcófagos egipcios pensados para la vida después de la muerte o a las tradiciones budistas que entendían el arte como vehículo de meditación. Durante siglos, la Iglesia católica fue el gran patrocinador artístico en Europa, con sus catedrales góticas o la iconografía bizantina, pero la progresiva secularización de la sociedad fue derivando también en una secularización de la cultura. Sin embargo, en los últimos años la espiritualidad ha vuelto a ser musa en la creación artística. “Ha estallado en todo lo mainstream y es una cosa popular con fenómenos como el de Rosalía, que de repente se vuelve algo muy atractivo”, reflexiona el escultor Javier Viver.



El Sinsal de la isla de San Simón, en medio de la ría de Vigo, cimenta su fama entre los festivales de música en su cartel secreto, un aforo máximo de 800 asistentes, y la única posibilidad de acceder a él si se hace en barco. Así lleva 16 años, después de que la Xunta, cuando estaba en manos de PSOE y BNG, encargase a sus fundadores dinamizar culturalmente un espacio que se quería rescatar del olvido. San Simón, que fue lazareto y cárcel franquista, fue declarada en septiembre por el Gobierno central Lugar de Memoria Democrática y el festival aspira a seguir celebrándose allí frente a quienes lo cuestionan. “Es un evento tan especial que daría mucha pena perderlo, pero es algo que no está en nuestra mano”, señala Julio Gómez, historiador y fundador de esta cita, quien defiende que “la memoria histórica tiene que ser una oportunidad y no un problema”.
Después de dos libros de no-ficción acerca de su estrecha relación con el alcohol y una novela con el corazón como protagonista, Sofía Balbuena (Buenos Aires, Argentina, 1984) acaba de publicar su primer libro de cuentos, Personaje secundario (Páginas de Espuma). Y, como se dice coloquialmente, ha caído de pie porque con él ha ganado el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve. Los cinco relatos que componen el volumen están protagonizados por mujeres en diferentes momentos vitales pero que están unidas entre sí por el hilo invisible de la incertidumbre. El amor, el sexo, la condición de migrante, la clase social o la maternidad son algunos de los temas que la autora toca con maestría.