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Cuantos más decibelios sube la bronca política, más hay que gritar para hacerse oír. Cuanto más se exagera en la elección de los adjetivos, más se aleja el debate público de la realidad. Hace tiempo que la política española ha entrado en el bucle de la hipérbole y esa deriva se está imponiendo a derecha e izquierda. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, que se ha autoerigido en referente de la izquierda en las redes sociales gracias a su facilidad para lanzar metáforas punzantes, ha vuelto a recurrir esta semana a la performance teatral. Igual que un día sacó una impresora, el miércoles sacó un billete de 50 euros para decir que aquella era la bandera de los diputados de Junts. 50 pavos. Les recriminaba que hubieran votado en contra del decreto de prórroga de los alquileres, que decayó un mes después de haberse promulgado porque Junts votó en contra junto al bloque de la derecha. Por supuesto, no era la primera vez que las derechas coincidían. Lo hacen muy a menudo.

Si contemplamos el paisaje de nuestra vida política, el término que nos viene a la mente es el de desbarajuste. Todo parece desorganizado y caótico. Seguramente porque no sabemos vivir ya sin nuestras habituales prácticas divisivas, que ahora gustan trasladarse al interior de los propios partidos. Lo vemos en Vox, que arrastra una importante lista de conflictos con algunos de sus otrora miembros más reputados; de nuevo también en los partidos a la izquierda del PSOE, con las disputas en el interior de Más Madrid, que nos retrotrae a momentos previos a su supuesto pacto de unidad; y, desde luego, entre los partidos de la coalición parlamentaria que sostiene al Gobierno, dejándolo huérfano de presupuestos o tumbando decretos. Los únicos que parecen librarse son los dos grandes, PSOE y PP. El primero de ellos, porque está en el poder —no hay mejor pegamento para una organización política—; el segundo, porque aspira a alcanzarlo pronto. Aunque, como vimos de nuevo con la cuestión de la “prioridad nacional”, Ayuso practica una autonomía marca de la casa.

Uno va por la vida viendo la realidad con las gafas de esta columna, intentando que la ideología no le distorsione la mirada como si padeciese vista cansada. Era sábado. Paseábamos por una capital de comarca. No una pequeña ciudad, tampoco un pueblo pequeño. Va camino de los 18.000 habitantes, el volumen de población más alto de su antiquísima historia. Habíamos quedado con una joven periodista que trabaja en Barcelona y los fines de semana regresa a la que considera su casa. Hicimos tiempo andando por la vieja muralla, restaurada gracias a una potente inversión del Departamento de Cultura de la Generalitat (fueron casi 900.000 euros), y luego nos acercamos a una iglesia situada sobre una colina. Se veía el campo, qué verde era mi valle, alguna industria. Era la hora. Nos orientamos con el móvil para llegar al lugar de la cita. Estábamos en la zona que siempre había definido la identidad de la localidad, pero esa identidad se ha ido desfibrando porque muchos de los vecinos de toda la vida han ido a vivir a la parte moderna. Entonces la vimos. Era una anciana que salía de su casa. La puerta estaba entreabierta, curioseamos, podía intuirse el mobiliario ocre y anticuado de la menestralía rural. Una calle empinada, pocas tiendas, edificios envejecidos, los equipamientos del bienestar a escala local no están cerca. Las casas colindantes, cuya reforma costaría un dineral, parecían deshabitadas o en ellas residían vecinos que han llegado en búsqueda de prosperidad durante los últimos años. Allí 4.899, según datos oficiales, han nacido fuera de España. ¿Cómo descifraba su nueva realidad aquella vieja mujer? No debe ser cómodo vivir allí. Minutos después nos sentábamos para tomar una cerveza en la terraza de un bar en una plaza porticada. La periodista lo confesó resignada: algunos de sus amigos votarán xenofobia.

El crucigrama es un elemento primordial en un periódico y, para muchos lectores, una cita insustituible diaria. Por eso, cada vez que hay un mínimo cambio en la sección de pasatiempos (así se llama en la edición de papel) o juegos (como se denomina en la web), las protestas arrecian. Ocurrió tras los últimos rediseños del papel y de la aplicación y se ha repetido en las últimas semanas, después de la actualización de la plataforma digital de juegos, que desde el pasado 16 de abril ha dejado de estar abierta a todos los lectores.

Nadie oculta un cadáver igual que otro. Algunos lo hacen con improvisación, otros, lo tienen todo escabrosamente planeado, otros, se toman una cerveza mientras ejecutan la tarea. Sea como sea, los ojos del inspector Ignacio López y su equipo, lo han visto casi todo. Aunque siempre hay espacio para la sorpresa. Y no solo hallan cadáveres. También han descubierto escondrijos imposibles para droga en huecos de barcos y coches, millones de euros emparedados o sepultados en chalés y una cámara acorazada en el sótano de un famoso ventrílocuo. Son el Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas, más conocido como el Goit de la Policía Nacional. Si ocultas algo, ellos lo encontrarán.


El 23 de abril de 2026 se publicaba el paso de Amaia por Tiny Desk, el formato de conciertos producido por NPR (la radio pública estadounidense). Aunque se presenta como un espacio de validación artística, su función dentro del ecosistema contemporáneo es puramente promocional: cada actuación se distribuye de inmediato en plataformas como YouTube, donde circula como contenido para generar conversación, acumular visualizaciones y reforzar el posicionamiento del artista.

Son las 11 de la mañana. Acaba una clase de teatro en la escuela de Cristina Rota, en el barrio de Lavapiés de Madrid, y una docena de chicos y chicas vestidos, es un decir, de puro verano sale en tropel a solazarse en el patio. Da gusto verlos. Al poco, llega la jefa de todo esto, Cristina Rota, del bracete de su hija Nur, hermana pequeña de Juan Diego y María Botto, de la que Rota estaba embarazada cuando llegó a España en 1978, tras la desaparición de su marido, Diego Botto, el 21 de marzo de 1976, en los primeros días tras el golpe militar en Argentina. Vestida con falda vaporosa, blazer marinera y zapatillas ultraligeras, tan frágil de aspecto como rotunda de verbo, Rota, que ha criado en esta incubadora de talento a generaciones de actores y actrices, de Penélope Cruz a Antonio de la Torre, pasando por sus propios hijos, viene a hablarnos de su libro: Una historia de teatro y resistencia, que recoge algunas de las muchas vidas que ha vivido a sus 81 años.

Ni en el título de su autobiografía ha querido Cristina Rota (Buenos Aires, 81 años) dejar de nombrar las dos pasiones y vocaciones que han guiado su vida. Desde su infancia, marcada por un padre ciclotímico y adicto al juego, y una madre resistente, a su adolescencia y su juventud, marcada por el compromiso político y artístico, al día que lo cambió todo: el 21 de marzo de 1976, cuando su marido, Diego Botto, no llamó a las 10 de la noche ni volvió a hacerlo nunca, desaparecido por la represión de la dictadura argentina. Rota, exiliada en España con sus hijos María, Juan Diego y Nur, desde 1978, ha educado a generaciones de actores y actrices que han aprendido de y con ella el oficio. Sigue yendo a la escuela y dando clase cada día.

El Departamento de Derechos Sociales de la Generalitat es el que está más pegado a las necesidades urgentes de los ciudadanos. Pero tradicionalmente ha sido el más olvidado, presupuestaria y políticamente. La consejera Mònica Martínez Bravo (Barcelona, 44 años) cambió el abstracto mundo de la academia —es doctora en Economía por el Massachusetts Institute of Technology— por esta realidad cuando el presidente Salvador Illa la fichó. En estos casi dos años, algunas deficiencias del sistema, especialmente en las prestaciones, en dependencia o en la protección a la infancia, se han hecho evidentes. La consejera lo ha abordado intentando transformar todas las estructuras.



Las borrascas de mediados de febrero y marzo, con vientos de 120 kilómetros por hora y puntas de hasta 200 en varios puntos de Cataluña, tumbaron miles de árboles. Algunas zonas, dicen sus vecinos, parecían “territorio en guerra”. Son varias las comarcas afectadas: Maresme, Montsià, Gironès o Alt y Baix Empordà, pero la peor parte se la llevó el Ripollès. Cayeron 23.500 toneladas de madera en bosques públicos, cuando al año la comarca produce unas 6.000.

