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Caroline Graham Hansen (Oslo, 31 años) sostiene el balón en el que está escrito el nombre de su ciudad. Es el esférico de la final de la Champions, en su Noruega natal, allí donde aprendió a regatear apartando la nieve de las calles. Para llegar a ella deberá superar con el Barça al Bayern de Múnich en el Camp Nou este domingo (16.30, Teledeporte y TV3) tras el empate 1-1 en la ida de las semifinales. Sería la sexta final consecutiva del equipo azulgrana (espera el Olympique Lyonnes, que eliminó al Arsenal). Su futuro en el club, con el contrato cerca de expirar, está por resolverse. “Todavía falta firmar”, ríe sobre su renovación. Llegó hace siete años y siempre se sintió como en casa. “Hay experiencias aquí que tienes que vivirlas para saber cuánta ilusión te hacen. Voy a intentar repetir esta emoción todas las veces que pueda: nunca sabes cuánto te queda de carrera”, explica. En el campo lo demuestra con su osadía. Fuera es introvertida, siempre alejada del foco. Pero sonríe, habla despacio y se adelanta a las repreguntas con interés genuino en la conversación. “Soy bastante diferente a cómo la gente me ve dentro del campo”, confiesa.


El tradicional chapuzón de la campeona en el lago junto al hoyo 18 fue sustituido el pasado domingo por un baño en una pequeña piscina construida para la celebración. Nelly Korda ejecutó el salto sujetándose las piernas con las manos en una perfecta bomba, la misma elegancia con la que la golfista estadounidense acababa de conquistar en el Memorial Park de Houston el Chevron Championship, el primer grande de la temporada y el tercero en su palmarés a los 27 años. El triunfo le devolvió la corona de número uno mundial por delante de la tailandesa Attaya Thitikul y la consagra como el gran icono del golf femenino en un circuito americano (LPGA) necesitado de una referente con gancho.

A Silvia Intxaurrondo no le gusta nada el apelativo televisivo “reina de las mañanas”. Pero nada de nada. Incluso si se lo ha ganado en audiencia: “Reinar me da pereza [ríe]. Es un concepto antiguo, y hubo una que fue María Teresa Campos. Yo no soy de reinar, soy del trabajo día a día. El secreto aquí es este equipo que ha pasado por una transformación profunda. Antes miraba a los competidores y ahora compite consigo mismo”, apunta un lunes de abril ante el éxito de La hora de La 1, tras otro de estos maratones informativos de tres horas por el que se despierta cada día a las tres de la madrugada.




Corona Paula Blasi (Esplugues de Llobregat, Barcelona; 23 años) el Col de la Gallina, en la escarpada Andorra, y baja, y sube, y vuelve a bajar a lomos de la Colnago, disfrutando de uno de esas largas sesiones de entrenamiento que tanto le entusiasman antes de sentarse a leer, tocar el piano o editar vídeos, su último pasatiempo, y valorar por vídeollamada una primavera de ensueño. En su primer curso completo en el WorldTour —subió del filial al primer equipo del UAE hace justo un año—, Blasi se ha graduado con honores: victoria en la Amstel Gold Race, podio en la Flecha Valona y quinta en su primer Monumento, la Lieja-Bastoña-Lieja. Semana fantástica la suya, pese a acudir sobre la bocina por las bajas de otras compañeras. “Ha sido un boom”, admite, pura energía también tras la pantalla, donde transmite una pasión desbocada por la disciplina y por la búsqueda de los límites humanos a pocas horas de enfrentarse (desde este domingo hasta el 9 de mayo) a su primera Vuelta a España.

“No sé si ha merecido la pena”, dijo Sonsoles Ónega a sus colaboradores, que le hicieron una entrevista en su programa. Le preguntaban por sus arrepentimientos, y ella habló de seguir trabajando a tope cuando fue madre, perdiéndose la infancia de sus hijos. No dijo que se arrepentía, dijo algo mucho más interesante: “No sé si ha merecido la pena”.
A la industria que impulsa la inteligencia artificial (IA) cada vez le resulta más complicado proyectar una cara amable. El relato oficial que promueven las empresas que lideran esta tecnología es que ha llegado para mejorar el mundo. Prometen que aumentará las capacidades humanas, nos permitirá trabajar menos, facilitará tareas hasta ahora tediosas, revolucionará la ciencia, curará enfermedades, incluso resolverá la crisis climática. Pero esta semana, varios acontecimientos han aportado una buena dosis de realidad. El Banco Central Europeo ha ordenado a la banca reforzar su ciberseguridad porque teme que el último modelo de Anthropic, que ha demostrado ser especialmente bueno detectando fallos de software, pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. En Estados Unidos, Google rompió el martes su política antibelicista y firmó un acuerdo con el Pentágono para cederle sus modelos, que podrán ser usados para asuntos clasificados. El viernes, el Departamento de Guerra anunció que ese acuerdo se extendía a xAI, OpenAI, Amazon, Microsoft o Nvidia, entre otras. Todo eso mientras se celebra el crucial juicio sobre OpenAI, la desarrolladora de ChatGPT, por el que desfilarán durante el próximo mes muchos tecnomagnates —ya lo hizo Elon Musk— y que está dejando al descubierto la lucha de poder que subyace a sus proclamas para salvar el mundo con la IA.
El juicio del siglo en tecnología enfrenta a Elon Musk y Sam Altman ante los tribunales de California en una disputa que lo tiene todo: dinero, traición, egos y el futuro de la tecnología más disruptiva de nuestros tiempos, la inteligencia artificial (IA). Sus nombres llenan portadas y sus declaraciones se viralizan en segundos; entre otras cosas, porque son dos personajes muy peculiares. Pero la historia real de quién maneja la IA no está en ese juzgado ni solo en esos dos hombres. Está en las salas de reuniones de Abu Dabi, en las oficinas discretas de un fondo en Hangzhou y en los centros de datos que se levantan en el desierto de Texas. Hay muchas más, pero estas nueve personas están decidiendo, lejos de conferencias de prensa y peleas en redes sociales, cómo se construirá, financiará y gobernará la tecnología que lo cambiará todo. Estos son sus perfiles.
Esa sesentena larga de trabajadores, la mayoría periodistas, que se reunieron para celebrar el primer medio siglo de EL PAÍS, casi todos jubilados, muchos ya sin pelo o blanco el que les queda, fueron los que iniciaron aquella incierta aventura y los que proporcionaron “alma” al periódico, un alma que tantos han querido seguir. Entonces, la Redacción estaba a la izquierda ideológica de la dirección y de la propiedad. Bastantes de esos redactores no eran demócratas a no ser que al concepto de democracia se le añadiera algún apellido, por ejemplo el de popular (“democracia popular”). Y coqueteaban con el titular de aquel librito de Daniel Cohn-Bendit, uno de los héroes de Mayo del 68, “la revolución y nosotros, que la quisimos tanto”. Luego llovió mucho, cayeron el muro de Berlín y las Torres Gemelas de Nueva York, y casi todos sustituyeron la revolución por otra noción aparentemente más modesta: “La democracia y nosotros, que la quisimos tanto”.

“Este no es el final, sino el principio”, decía la ministra colombiana de Ambiente, Irene Vélez (Bogotá, 43 años), en el plenario de cierre de la conferencia sobre la transición para dejar atrás los combustibles fósiles que se ha celebrado esta semana en la ciudad caribeña de Santa Marta. No ha sido una cumbre del clima como las que convoca anualmente la ONU, ni por las formas (no se ha discutido a cara de perro ni cada palabra ni cada coma), ni por sus dimensiones (57 países representados por pequeñas delegaciones), ni por el contenido: aquí se ha tratado, mucho más abiertamente, de intercambiar fórmulas, propuestas y problemas de esa transición para abandonar los combustibles fósiles, principales responsables del calentamiento global. Hablar a las claras de eso se ha convertido en un tabú en las cumbres clásicas del clima. Por eso lo que ha ocurrido en Santa Marta ha sido diferente.



Al otro lado de la pantalla del ordenador se conecta Rosalía (Sant Esteve Sesrovires, 33 años). Volcada en los preparativos de su Lux Tour, reflexiona sobre el “privilegio” de ser la imagen del nuevo perfume Euphoria de Calvin Klein. La marca lanzó su icónica fragancia por primera vez en 2005. Entonces, Natalia Vodianova fotografiada por Steven Meisel, el gran artífice del inconfundible sello visual ‘Calvin’, fue la estrella elegida para promocionarla. Ahora Rosalía toma el relevo y lo hace a su manera: baila sensualmente en el spot, al ritmo de su tema Dios es un stalker.