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¿Qué estará haciendo mi hijo? ¿Habrá ido a la mani? ¿Se habrá metido en algún lío? Son algunas de las preguntas que seguramente habrá inquietado a más de un padre o madre estos días al ver las imágenes de los graves altercados en Barcelona. Unas acciones que se convocan por redes sociales o por grupos de mensajería con cientos de personas y que las familias no acostumbran a controlar. “Las familias estamos muy preocupadas porque ves las imágenes de los disturbios y van a lo que van, a reventar cosas”, comenta Núria, madre de un adolescente a punto de cumplir 15 años.
La reforma de la ley de seguridad ciudadana, la conocida por sus detractores como ley mordaza, se ha convertido en la eterna asignatura pendiente de todos los gobiernos de Pedro Sánchez. Siempre prometida, pero nunca alcanzada. Durante la legislatura a la que acaba de poner fin el adelanto electoral, el proyecto ha navegado en una marejada de discrepancias entre los partidos que apoyan cambiar la norma hasta desembocar en una zozobra que se vislumbraba desde hace meses. A pesar de que, en octubre de 2024, el proyecto pasó su primer trámite parlamentario, en los dos años transcurridos desde entonces no ha llegado a reunirse la ponencia ―grupo de parlamentarios que estudian los proyectos legislativos antes de su envío a comisión y, si es aprobado, a pleno― precisamente por las diferencias entre los partidos que debían sumar sus votos para sacar adelante la iniciativa: PSOE, Sumar, EH Bildu, PNV, ERC, Podemos y Junts. Es la tercera vez que se frustra la reforma. En 2019, la causa fue la disolución anticipada de las Cortes. Y en 2023, el acuerdo sobre el texto entre socialistas, Unidas Podemos y los nacionalistas vascos fue rechazado por ERC, Junts, EH Bildu y BNG al considerarlo insuficiente.
Temor a la tribu, maltrato homosexual, obligaciones militares, miedo a la familia, disputas por una herencia e incluso amenazas en TikTok. La justicia ha comenzado a resolver ya los recursos con todo tipo de argumentos que los migrantes que están en Ceuta han desplegado ante la Audiencia Nacional, como última vía para lograr quedarse en España. La Sala de lo Contencioso-Administrativo ha denegado ya, al menos, 45 solicitudes de protección urgente, la mayoría de ellas de Marruecos (30), de acuerdo a los escritos que el propio órgano ha publicado.
Ramón Espinar (Madrid, 40 años) se sienta en las escaleras del Planetario de Madrid, posa para las fotos y comienza a hacer bromas con una locuacidad casi supersónica. Dice que empezó en política muy joven y que joven era cuando salió ella, aunque en la conversación todo girará en torno a ella. A veces da la sensación de que es de los que lleva la procesión por dentro y saca el humor como legítima arma de defensa. Habrá hueco para hablar de orfandad y enfermedad, pero enseguida se abrazará a la risa.


No hay más cabellos de lo habitual en el desagüe de la ducha y tampoco se aprecian nuevas entradas al apartarse el flequillo o recogerse la melena al llegar a casa. Sin embargo, al hacerse una coleta, la goma necesita una vuelta más. La escena resulta familiar: cada vez más mujeres sienten que tienen menos pelo. Concretamente, según un estudio sobre salud capilar hecho público esta semana por Iraltone, un 46% de mujeres refiere más caída en el último año y un 28% de ellas, menos densidad (frente a un 36% y 24% respectivamente de hombres). El censo publicado en 2025 por la Sociedad internacional de cirugía capilar registró un aumento del 16,5% en el número de pacientes femeninas sometidas a cirugía capilar entre 2021 y 2024. El dato no demuestra que haya más alopecia, solo que más mujeres llegan a tratarla. En España, la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV) calcula que la alopecia androgenética afecta a entre el 5% y el 10% de las mujeres y subraya una diferencia esencial: que se caiga más pelo no siempre significa que se esté perdiendo densidad. Entonces, ¿tenemos menos pelo o estamos prestándole más atención?
La sociedad argárica perduró unos 650 años (2200 a 1550 a. C.) y se extendió por un territorio de unos 35.000 kilómetros cuadrados en las actuales provincias de Murcia, Almería, Granada, Alicante, Jaén y Ciudad Real. Se desconocen las causas de la desaparición de esta sociedad que debatía sus problemas en una especie de parlamento (un espacio de deliberación política que numerosos expertos consideran el primero de la historia), estaba dividida en clases sociales, sufría una enorme violencia social, dominaba la orfebrería y habitaba ciudades encaramadas en altozanos fuertemente protegidos.

El pacto anunciado el lunes entre el Partido Popular y Vox para coordinar sus candidaturas al Senado para obtener una mayoría reforzada de la Cámara alta certifica el inicio de una nueva etapa en la política española. El acuerdo se presenta como una reacción a la coalición formada por el PSOE y el Frente Amplio con el fin de no restarse votantes en algunas provincias disputadas y maximizar así los resultados de la izquierda. Hasta aquí, ambos son acuerdos legítimos y transparentes, y hay que saludar que las cartas estén sobre la mesa antes de acudir a las urnas y los votantes sepan a quién van a votar con todas sus consecuencias.
La editorial Almadía tiene más de veinte años de trayectoria y alrededor de 500 libros publicados. Por ello, los autores y autoras, lectores y lectoras reunidos en esta carta podemos afirmar que se trata de una editorial que se ha caracterizado siempre por el rigor en la construcción de su catálogo y la meticulosidad en el trabajo con cada libro. Seleccionar los manuscritos a publicar (optando muchas veces por primeras novelas, con el riesgo que conlleva), editar y corregir los textos para lograr su mejor versión, o diseñar las portadas hasta encontrar la imagen que mejor los ilustre es un proceso que exige varias tareas que en Almadía siempre se han realizado con minuciosidad y cuidado artesanal: es decir, como lo hacemos los humanos.
Sigo compungido, desde la distancia, el drama de los hombres más ricos del mundo que, obligados por los impuestos, han empezado una marcha migratoria desde California que a este paso aún va a terminar en México. Todo porque el 3 de noviembre los californianos deberán votar una propuesta sindical: cobrar, una sola vez, el 5% del patrimonio gravable de los milmillonarios que vivan allí para destinar el 90% a la sanidad pública (el 10% restante será para rodar la siguiente película dogma de James Cameron). A Sergey Brin, fundador de Google, le calcula Forbes 240.400 millones de dólares. No intenten calcularlo: es igual. El impuesto le quitaría 12.020 millones para la sanidad de todos los usuarios de Google, los que hacen cada día más rico a Brin. Page, el otro fundador, anda por ahí también. A Peter Thiel, fundador de PayPal y Palantir, se le estiman 37.600 millones de dólares. El impuesto le quitaría 1.800 millones de euros para la sanidad de todos, incluidos los usuarios de PayPal (los que hacen millonario a Thiel). Entre los tres habrían destinado 29.000 millones de euros a un servicio público, pero han preferido dejar sus casas y gastar 293 millones en lobbies e iniciativas para frenar esa medida. Como no podemos calcular la fortuna de quienes tienen más de mil millones, es fácil calcular en qué les afecta personalmente pagar un 5% de impuestos: en nada. Podría pensarse que son un problema, pero qué va: el problema son los millones de ciudadanos, en España y otros países, que ganando el salario mínimo (el que les subió un gobierno de izquierdas) defienden a este colectivo oprimido de Silicon Valley. O la cantidad de gente que abona más impuestos en España que el 8,9% sobre sus beneficios que pagan las grandes empresas dispuestas a defenderlas a ellas y a esos milmillonarios migrantes con tal de no perjudicar el discurso contra los mismos impuestos que están educando y sanando a sus hijos. No è un mondo difficile: es un mundo idiota.
Andan los científicos sociales un poco desubicados porque les han salido unos jóvenes en el bancal, como a los labradores de Amanece, que no es poco. Estaba la sociedad europea muy explicadita, con sus pirámides de población invertidas, sus inviernos demográficos, sus huchas de pensiones reparadas con cinta aislante y sus agendas políticas dictadas por las necesidades y miedos de una población envejecida que miraba entre visillos cómo se le había llenado el barrio de musulmanes. Nadie contaba con los jóvenes. Nadie esperaba que se pusieran a acampar en las plazas españolas o que paralizasen Francia (violencias al margen, si es que una revuelta puede desentenderse de sus revoltosos). De pronto, el discurso del ciclo electoral más importante en décadas, con giros históricos previstos en España, Francia y Alemania, lo dictan esos jóvenes que nadie había computado.