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La prioridad nacional ha pasado de ser un principio político plasmado en los acuerdos entre PP y Vox en cuatro autonomías (Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía) a una ley. Por vez primera en España, una norma con rango legal, los Presupuestos de la Generalitat Valenciana para 2026, incluye este eslogan acuñado por la extrema derecha francesa de Le Pen. El presidente valenciano, Juan Francisco Perez Llorca, ha aceptado el 99% de las enmiendas de Vox para sacar adelante las cuentas de su gobierno, incluido el polémico principio, pese a que el consejero de Economía, José Antonio Rovira, lo descartó con el argumento de que no tenía cabida en un proyecto de “números y cuentas”.
Cuando el nuevo modelo Kimi K3 lleva apenas una semana asustando a gente en Silicon Valley, llega ahora Qwen 3.8. Son dos modelos chinos abiertos y muy avanzados que han provocado una pregunta: ¿por qué pagar por una IA más cara si otra opción más barata ya funciona bien?

El Consejo de Embajadores Árabes en Madrid ha remitido una carta al ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, en defensa de la Casa Árabe, amenazada de desahucio por el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. En la misiva, firmada por los embajadores de 17 países árabes y el representante de la Liga Árabe, los diplomáticos aseguran que la Casa Árabe no solo es “una de las instituciones culturales más prestigiosas de España” sino también “un instrumento de indudable valor para el fortalecimiento de las relaciones entre el Reino de España y los Estado árabes”.
Hace dos años el diseñador francés Simon Porte Jacquemus bosquejó un vestido blanco con Zendaya en mente. “Hoy, verla con esa prenda me parece surrealista”, escribe, “feliz”, en su perfil de Instagram junto a una fotografía de la actriz durante la première londinense de La Odisea. Dos años pueden parecer una eternidad para hacer realidad un vestido. Pero el plazo (y el entusiasmo del diseñador) quedan inmediatamente pulverizados cuando los pendientes con los que decides estrenarlo tienen más de 3.000 años.
Donald Trump se lo dijo el domingo en persona al primer ministro canadiense, Mark Carney, en el palco del estadio durante la final España-Argentina: “Tal vez deberían pagar una indemnización o algo así, o deberíamos imponer aranceles”. El presidente estadounidense pretendía castigar al vecino del norte porque en los días anteriores los incendios en la provincia de Ontario habían cubierto de humo el cielo de Nueva York. Al día siguiente, Washington anunció aranceles del 50% sobre una larga lista de bienes canadienses, desde el vino y el cemento hasta los palos de hockey, la leche y el alcohol. Y así ha reactivado la amenaza de una guerra comercial que pone de nuevo en riesgo la relación con el país vecino y sus respectivas economías. Pero Canadá, segundo socio comercial de EE UU, no es un país que se deje intimidar fácilmente: lo ha demostrado con creces en el último año y tampoco ahora da señales de querer plegarse ante el matonismo de Trump. Las amenazas, ha advertido Carney, van más allá del comercio y afectan a la “soberanía canadiense”.
Todo sistema democrático reposa sobre la definición del sujeto en cuyo nombre se gobierna. Hace ya casi 250 años, la respuesta que inauguró el constitucionalismo moderno fue “We, the People”. La fórmula sigue siendo hoy el fundamento de legitimidad de las democracias. Pero la teoría política ha dado muchas vueltas sobre cómo se define la parte del pueblo que decide. Para votar quién puede votar hay que haber definido antes quién vota. El demos nunca se constituye a sí mismo. Es necesario un acto previo de cierre en el que se trace la frontera entre el nosotros y los otros. Hoy, fruto de las circunstancias en que nos encontramos por motivos muy diversos, el tema ha vuelto a convertirse en uno de los centros clave del conflicto político contemporáneo.
Cuando hace 66 millones de años cayó el asteroide que extinguió a las tres cuartas partes de las plantas y animales del planeta, el suelo quedó marcado por una capa de arcilla con iridio llamada límite K-Pg (por Cretácico-Paleógeno) visible en afloramientos de varios lugares de la Tierra. Bajo esa línea aún se encuentran fósiles de dinosaurios; encima, no. Los cambios tecnológicos tuvieron un impacto similar entre mis cosas. Algunas siguieron acompañándome: la ropa, los muebles, las herramientas, los chismes de cocina, el cesto con la calderilla de la que no me logro deshacer. Pero otras se transformaron en vestigios de una época lejana. Fueron los libros, los juegos, la música, las películas y los recuerdos guardados en cajas; aquí sucedió la extinción. Pasaron a ser digitales, más abundantes y baratos. Solo conservo unas decenas de fotografías de mis primeros 20 años de vida, pero guardo muchos miles de imágenes de los siguientes. Tengo solo unas pocas cartas de papel, pero almaceno con esmero veintidós años de correos electrónicos y quince de conversaciones. Mis estanterías están descompensadas: desde que empecé a usar un lector electrónico guardan demasiados libros viejos y pocas novedades. Ocurre igual con la música o las películas, porque dejé de almacenar copias en algún momento de los dosmiles.
John Burn-Murdoch publicaba hace unos días en Financial Times un artículo sobre la vivienda que incluía ejemplos de lugares donde políticas como la construcción y la apuesta por la vivienda pública han generado buenos resultados. Podemos imitar medidas que han funcionado o medidas que sabemos que no funcionan. Pero, ahora que somos un país maduro y hemos ganado dos veces la Copa del Mundo, ha llegado la hora de renunciar al unamuniano “que inventen ellos” y apostar por la innovación.
Pensé, al ver ese último aleteo del rabo de Argos en La Odisea de Christopher Nolan (no es spoiler, lleva escrito casi 3.000 años) que nada nos prepara para una muerte vieja. Tampoco el IMAX. Envejecer consiste en volver a ver en pantalla, una y otra vez, las muertes de personajes que ya murieron pero las sucesivas adaptaciones resucitan para arrebatárnoslos de nuevo. Siempre creemos que ya valió, que hemos visto suficientes veces agonizar al tío Ben (o tía) de Peter Parker, pero está escrito en las leyes cinematográficas que en algún momento alguien hurgará en esa herida y tendremos que ver a Artax, el caballo de Atreyu en La Historia Interminable, hundirse en el fango y desgarrarnos el corazón, otra y otra vez.