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Hay restos de un decorado hundidos en el barro, entre trozos de madera y lonas de plástico. Una pierna bajo la mesa de un restaurante, en la que se distingue un moratón discreto e inquietante. Un vertedero de lavadoras abandonadas en un solar árido y un busto clásico ampliado en una valla publicitaria, en medio de un paisaje rural sin épica. Son algunas de las viñetas reunidas en la primera gran exposición dedicada a la fotografía de Yorgos Lanthimos (Atenas, 52 años), que puede verse en Onassis Stegi, el centro cultural de la Fundación Onassis en Atenas, hasta finales de mayo.




Llega a la cita Sonia Almarcha (Pinoso, Alicante, 54 años) y viene feliz: el día anterior había sido su cumpleaños; el 8 de mayo estrena Yo no moriré de amor, última ganadora del festival de Málaga; el 29 de mayo le toca salir a salas con A la cara; y pronto retornará a Madrid, tras una primera temporada, con la obra Personas, lugares y cosas. Ahora sonríe, después de un 2025 complejo, y porque con estos dos últimos lanzamientos ha sumado desde 2024 nueve estrenos en cine. Esa chispa en los ojos esconde un “me lo merezco” de manual.

Hay una solución infalible para los momentos de bajón: la música de Django Reinhardt (1910-1953). Todo en el hombre era prodigioso: nacido en una familia gitana, supo conquistar un lugar en la sociedad paya. Su lema podría ser: “Si el cielo te manda limones, haz limonada”. En 1928, sufrió grandes quemaduras cuando se incendió la caravana donde vivía, perdiendo el uso de dos dedos de su mano izquierda. Hospitalizado durante meses, su hermano le trajo una guitarra que aprendió a ajustar a su minusvalía. No hay mal que etc... Se libró del servicio militar.
Existe un dicho que asegura que el mejor alpinista es aquel que llega a viejo. Los hermanos Iker (49 años) y Eneko Pou no son viejos, exactamente, pero apuran sus últimos años en la élite conscientes de un doble éxito: han sabido sobrevivir a su actividad y son los únicos alpinistas españoles capaces de vivir de sus patrocinadores. Recientemente anunciaron un sorprendente cambio. Tras 20 años mostrando el logo de The North Face, en el equipo de Alex Honnold o Benjamin Védrines, la pareja de Vitoria cambia de escuadra y abraza La Sportiva. Tuvieron que jurar en sus redes que no se retiraban, que aún tenían medios para seguir rindiendo aunque el ritmo sea otro. Solo el fenómeno Kilian Jornet, gracias al trail running, puede rivalizar con los Pou en el ranking del patrocinio para alpinistas de este país.
La afición del Sevilla, realmente lo único que le queda a una entidad envuelta en una crisis eterna, ha reaccionado de manera ejemplar para arropar a su equipo en el partido ante la Real Sociedad que este lunes cierra la jornada 34 de Liga (21.00, Teledeporte). Acompañó a su equipo en el último entrenamiento previo al choque, empapeló de mensajes motivadores y banderas la ciudad deportiva y miles de rollos de papel higiénico, como el pasado miércoles en el Metropolitano, darán un colorido espectacular al Sánchez Pizjuán. Todo, para que su equipo gane un partido clave en la pelea por la permanencia, que el Sevilla (34) afronta a dos puntos de la salvación, que marca el Alavés con 36. No hay vuelta atrás. Si gana, el equipo hispalense saldrá de los puestos de descenso. Habrá lleno ante la Real. Esta semana, el club ha recurrido a emblemas como Pablo Alfaro o Joaquín Caparrós para animar a un grupo alicaído. “Nos hierve la sangre roja”, declararon ambos. “Es una auténtica final”, proclama Luis García Plaza, el segundo técnico del curso.
Escribo este texto en la mañana del viernes 1 de mayo, Día del Trabajador. Me he despertado a primera hora y, acompañado de un café bien cargado, me he sentado frente al ordenador para teclear esta columna que quiero dedicar a Ernesto Valverde, un hombre al que admiro y quiero, y que este sábado cumplía 500 partidos al mando del Athletic Club. Pero llevo más de dos horas levantándome a cada rato, mirando por la ventana, paseando por el balcón, volviéndome a sentar para escribir un poco y borrarlo todo. Empiezo de nuevo, una y otra vez, intentando encontrar el tono adecuado y las palabras con las que explicar las razones de mi cariño personal y de mi admiración profesional hacia ese gran tipo. A veces es más difícil escribir sobre lo que a uno le toca el corazón. Quizá por eso estoy empezando con este párrafo metaliterario, que no deja de ser, como casi toda la metaliteratura, un viejo truco: el del mago que distrae al público con una mano para apartar su mirada del lugar exacto donde ocurre la trampa.
Robert Millar fue, en la España de los 80, el escocés del pendiente, una expresión homófoba que justificaba, hace 40 años, la tirria que se le tenía durante la Vuelta al ciclista de Glasgow, porque nuestro héroe, Perico Delgado, no lograba derrotarle en la Vuelta. Lo consiguió solo a costa de una gran coalición de todos los equipos españoles capitaneada desde las ondas por José María García, que renunciaron a sus objetivos particulares por un bien mayor y volvieron loco al equipo Peugeot de Millar en la travesía de la sierra de Navacerrada. Perico ganó la Vuelta y Millar encontró aún más razones para alimentar su bien ganada fama de borde y arisco.
Era cuestión de tiempo que la complejísima obra de David Robert Mitchell (It Follows, Under the Silver Lake), repleta de capas, pura posmodernidad cinematográfica, inspirase, o se convirtiese en el punto de partida de un nuevo tipo de terror —y no solamente terror—, uno nuevo en un sentido clásico, poderosamente estético y narrativamente saturado. La primera muestra, y muy brillante, es la miniserie-milagro de Haley Z. Boston, Algo terrible está a punto de suceder (Netflix). Hay en ella el plano fijo y lejano de John Carpenter (Halloween) que David Robert Mitchell reinventó en It Follows, conversaciones aparentemente absurdas que sin Tarantino (Reservoir Dogs, y, sobre todo, Kill Bill) no existirían de la forma en que lo hacen, y el alma de todo el terror escrito (y dirigido) por mujeres este siglo XXI.
Algún medio sacó el video de la llegada de María Iborra a casa de su madre, Verónica Forqué. María iba con mallas, una bomber y gafas de sol. Los flashes la ametrallaban con la misma ráfaga sonora que los hubiera acompañado en una alfombra roja, pero el sonido era bien diferente; la ocasión también lo era.
Thalía tiene 18 meses y gatea a toda velocidad por la cama en la que descansa su hermano Neizan, de seis años. La niña le abraza y da dos besos antes de mirar con una sonrisa radiante a quien graba la escena. “Lo adora. Con lo pequeñita que es, impresiona ver el cariño que le da y cómo lo mima. De alguna manera, es como si ya fuera consciente de todos los cuidados que él necesita”, explica Andrea Téllez mientras muestra, en el salón de la casa en la que vive con sus padres en Massamagrell (Valencia), las imágenes de sus dos hijos.