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A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.

Dice Irantzu Varela (Portugalete, 1974) que es menos mala de lo que parece y más lista de lo que debería. Achaca lo primero a su planta imponente, su voz ronca y su vehemencia, aunque con su locuacidad aleja cualquier temor. Lo segundo, lejos de ser un problema, la ha convertido en una de las voces más relevantes del feminismo en España. Ahora publica su primera incursión en la narrativa de ficción con Darle fuego a Bilbao (Continta me tienes), un libro con espíritu punk, cargado de activismo, fiesta y mucho amor.
Auspiciados por la libertad que ofrece la alfombra roja de la Gala del Met, donde se alienta a todos los invitados a subir las escaleras del museo neoyorquino vestidos de la manera más extravagante posible, cada vez es más habitual ver a las celebridades masculinas aprovechando la ocasión para salirse de la cómoda tradición de sastrería a la que están acostumbrados. En sus versiones más extremas, la edición del pasado lunes acogió al actor de la serie Más que rivales Hudson Williams vestido de torero por Balenciaga; al puertorriqueño Bad Bunny, vestido de Zara y envejecido 50 años; y al cantante Sombr envuelto en una nube de flecos de Valentino.
A unas semanas para que se cumpla una década del referéndum en el que los británicos decidieron salir de la Unión Europea, la ola populista que llevó a la ruptura sigue marcando el paso en el Reino Unido. El partido más votado en las elecciones municipales y autonómicas del jueves ha vuelto a ser Reform UK, la formación de extrema derecha que lidera el histriónico Nigel Farage. El resultado es preocupante por partido doble. Primero, por la victoria, en un momento de inestabilidad internacional e incerteza económica, del movimiento que impulsó el Brexit y que propaga un mensaje xenófobo y ultranacionalista. Y segundo, por la derrota de un primer ministro, el laborista Keir Starmer, que intenta volver a acercar a su país a la UE en un momento que exige una cooperación más estrecha entre Londres y el continente.
Las elecciones locales y autonómicas en el Reino Unido han otorgado al partido ultraderechista Reform UK de Nigel Farage una clara victoria propinando un rotundo varapalo a los laboristas de Keir Starmer. Los tories también han cosechado un pésimo resultado, en retroceso, lo que configura el enésimo episodio de desgaste de los partidos convencionales en favor de propuestas alternativas, como los Verdes, que avanzan con un liderazgo de aroma populista. La fragmentación se consolida en el antaño sólido bipartidismo británico.
Estamos en dificultades. Eso es una buena señal. Si no lo estuviéramos, nunca cambiaríamos nada. Y construir Europa significa cambiar cosas (Jean Monnet)
Uno de mis parientes más jóvenes viene a cenar a casa. Se concentra en el camión de juguete que le regalo, se mantiene en un silencio tozudo. Cuando terminamos de cenar le digo que vayamos a mi estudio. Se levanta, pide que le dé la mano para atravesar el pasillo. Ya en el estudio, le muestro libros de mi infancia, de esos que llaman pop up y despliegan figuras en tres dimensiones. Él pasa las páginas mirando construcciones de papel que tienen más de 50 años, ajadas por el toqueteo de mis manos infantiles, un rastro fósil que no puede percibir. Bajo de un placard un perro de plástico blando, Pluto, con el que aparezco en una foto, tomada en la galería de la casa de mi abuela alemana, a los dos años. Un perro que tiene mi edad. Le toca las orejas, habla como un loro: leeme ese cuento, quién es el señor de esa foto (no sé cómo explicarle que la única foto que hay en mi estudio es de mi editor uruguayo, Homero Alsina Thevenet, entonces le digo que era mi maestro). De pronto mira un libro viejo que está en un estante. Lo señala. Se lo acerco. Le digo: “Es el Struwwelpeter, me lo contaba tu bisabuela”. Pasa las páginas, acaricia la melena de ese muchacho que se negaba a cortarse el pelo y las uñas. Dice. “Contame”. No sé alemán, recuerdo la historia porque mi abuela me la tradujo cientos de veces. La dulcifico, no le digo que el muchacho terminó con los dedos mutilados por negarse a un corte de uñas. Él se sienta en mi regazo en un movimiento inesperado y conmovedor. ¿Por qué se acerca así, como si yo le perteneciera? Me pregunto si este pequeño instante quedará grabado en sus recuerdos como quedará en los míos. Ese lazo de sangre y memoria, yo contándole el cuento que me contaba mi abuela. Le digo que hay helado, pregunta si es de chocolate, le digo que sí. Se baja de mi regazo, me extiende la mano y vamos juntos por el pasillo, atravesando las grandes, las hermosas aguas, hacia nuestros futuros inciertos.
Al caer la tarde, cuando las oficinas de la Unión Europea empiezan a vaciarse, brotan en las calles de Bruselas, decenas, cientos de bolsas de basura de colores. Algunas permanecen alineadas con disciplina geométrica frente a las fachadas de las casas. Otras, medio abiertas, dejan escapar una porción de pizza, un pañal sucio, un montón de cartones o las mondaduras de patata que alguien acaba de despachar. En algunos barrios, los cuervos o los ratones llegan antes que los camiones de la basura que pescan las bolsas azules, amarillas, blancas o naranjas en las calles de Bruselas, una ciudad sin contenedores al uso.
“Audasa tiene esa información a un clic”, recalca Diego Maraña, presidente de En-Colectivo, la asociación de consumidores y usuarios de Vigo que ha ganado una importante batalla a la concesionaria de la Autopista del Atlántico, AP-9, en el Supremo. La empresa fue condenada hace medio año por el alto tribunal, que declaró improcedente el cobro íntegro de peajes durante las 81 incidencias reconocidas a lo largo de las obras de ampliación (2015-2018) del puente de Rande, que enlaza las orillas norte y sur de la ría de Vigo y conecta la mayor ciudad de Galicia. “Le dimos a Audasa un margen de seis meses después del fallo para que demostrase esa ‘buena fe’ que dice que tiene con los gallegos, porque esta era su oportunidad”, explica el portavoz de este colectivo ciudadano que agrupa a 500 socios, “pero la realidad es que no ha hecho nada. Es más, sigue peleando en el Constitucional con el argumento de que se ha vulnerado su derecho a la tutela judicial efectiva”. La sentencia de 2025 obliga a la concesionaria a devolver el dinero de los peajes, pero lo que ha de pagar es, según En-Colectivo, “imposible” de calcular hoy. Para ello es preciso saber cuántos conductores se vieron atrapados en las “colas inmensas”, los cortes, los desvíos y las “retenciones tremendas” provocadas por las obras, dice Maraña.