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Ingenuidad. Bonhomía. Error de cálculo. La respuesta de cuántas fuentes socialistas consultadas insiste en la teoría que los dos concejales del PSC en Ripoll, Enric Pérez y Anna Belén Avilés, tomaron en solitario la decisión de abstenerse en la votación de los presupuestos, votos que permitieron a Sílvia Orriols aprobar las cuentas y allanar el camino hasta 2027. No aparece una versión alternativa que cristalice tres semanas después, aunque el desconocimiento jerárquico también debería ser motivo de preocupación en el partido. La voluntad de evitar otro episodio de victimización de la alcaldesa de Aliança Catalana derivó en una crisis doméstica del PSC, torpemente gestionada, que deja un socavón en plena cuenta atrás hacia las elecciones municipales. En Ripoll, zona cero del combate democrático a la extrema derecha, el PSC no tiene un proyecto con categoría de alternativa pragmática a Orriols.
Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.
El bloqueo del estrecho de Ormuz dura ya casi dos meses y está privando al conjunto del planeta de un suministro de energía que ha disparado el precio del petróleo y el gas, y aún más de sus productos derivados. La escasez es real en las economías asiáticas, las más dependientes de las importaciones de Oriente Próximo, región que hasta marzo surtía al mundo el 29% del gas natural licuado de petróleo y el 19% de productos petrolíferos refinados (gasolina, diesel, combustible para aviones...). Mientras pasan los días, crece la amenaza de falta de fuel para los aviones en Europa, donde ya se dan las primeras cancelaciones de vuelos para los próximos meses.

Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.


Han pasado más de cuatro décadas desde que la fotógrafa estadounidense Donna Ferrato (Waltham, Massachussets, 76 años) fuera testigo por primera vez de cómo un marido abofeteaba a su esposa. Su primer instinto fue apretar el obturador de su cámara Leica; el segundo, abalanzarse sobre él y pedirle que parara. Fue un punto de inflexión en su carrera, el instante en que comprendió que su trabajo como fotógrafa necesitaba dar un paso más, servir de contrapeso a una realidad que acababa de noquearla. Aquel día Ferrato comprendió que no podría seguir tomando fotos sin implicarse en la lucha contra la violencia de género.




En la planta 22 de uno de los rascacielos construidos en torno al Brooklyn Academy of Music, en Fort Greene, se encuentra el apartamento con vistas al que se ha mudado el escritor Hal Ebbott (Boston, 38 años) con su perra. Cuenta que es vecino de este barrio neoyorquino desde hace años y que hoy ha escondido las cajas que aún le quedaban por vaciar. Sobre la mesa hay un poemario de Sharon Olds (“me gusta leer poesía por la mañana, y me encanta Olds”) y los frontales de los armarios de su cocina, incorporada al salón, parecen hacer las veces de cuaderno improvisado con frases anotadas. Elegante, amable y escueto, como el espacio que habita, el autor de Entre amigos trata de esquivar con educación cualquier referencia a los detalles de su biografía, francamente sucinta en la contracubierta de su libro. “El trabajo es independiente. Ese tipo de detalles puede interferir con la idea que un lector se haga de la novela”, zanja y añade que aunque de niño pensó en ser abogado y ha dado clases en algún instituto, ha sido en la escritura donde ha encontrado su pasión y vocación algo tardía.


Le ha costado, pero Vito Sanz (Huesca, 43 años) ha acabado por conquistar un hueco en el cine español sin hacer mucho ruido. Actor fetiche de Jonás Trueba, con una presencia que oscila entre nervio, comicidad y melancolía, estrena este jueves Los justos, una comedia negra sobre la corrupción, inspirada en la sentencia de la Gürtel. En ella comparte reparto con Carmen Machi y exhibe más vis cómica que de costumbre. Además, protagoniza la serie Por cien millones en Movistar Plus+, donde interpreta a uno de los secuestradores de Quini, y tiene a punto Millennial Mal para Filmin, mientras ensaya una nueva obra con su compañía teatral, Club Caníbal. La cita fue el viernes pasado en una terraza del viejo Madrid, donde suele sentarse a tomar una caña al salir de su clase semanal con el pintor Joaquín Risueño.


En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.

A veces, los llamamientos de Diego Pablo Simeone a la hinchada del Atlético ante una gran cita contienen una carga que delata el momento por el que pasan sus futbolistas. Su última invocación tuvo un punto de solicitud de auxilio y hasta de súplica. “Necesitamos a nuestra gente que más que nunca”, advirtió el sábado después de que su equipo sumara ante el Athletic (3-2) una victoria tan necesaria para asegurar la participación en la próxima Liga de Campeones como para levantar el ánimo de un plantel muy golpeado por la final de Copa perdida.
Hace poco menos de un año, Vincent Kompany, el entrenador del Bayern, acudió a la idílica localidad de Bad Wiessee envalentonado por la autoridad que le confería haber ganado la Bundesliga. Ahí, en una mansión junto al lago, le esperaba el oráculo en forma de presidente de honor del Bayern, el honorable Uli Hoeness.