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Salvador Illa es más que un barón socialista. Al presidente de la Generalitat y líder del PSC, su fortaleza en las encuestas le sitúa como una de las figuras hegemónicas del panorama político en España. Pese a ello, a sus 59 años rechaza cualquier aspiración a suceder a Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno e insiste en su voluntad de permanecer en su tierra. “A Cataluña le conviene estabilidad y tengo proyecto para una década”, dice.
En el homenaje a los caídos en Ucrania de la plaza Maidán de Kiev no queda casi espacio libre de banderas y fotos, cuando la invasión rusa a gran escala está a punto de cumplir cuatro años. Oleksandr Boradochencko, de 72 años, hace equilibrios para despejar la nieve del retrato de su único hijo, Oleksii. Los rusos lo mataron en Kurájove (Donetsk) en 2024. Boradochencko dice que murió con él y que no tiene ninguna fe en que la paz esté próxima. “No va a haber acuerdo. Es imposible perdonar a Rusia. No vamos a dejar de luchar. Es imposible”.




La negociación con Vox ha vuelto a convertirse en un foco de tensión interna dentro del PP. El último episodio se dirime en Extremadura, donde han saltado chispas entre Génova y el PP extremeño por el enconamiento de las conversaciones para la investidura de María Guardiola. La dirección nacional apercibió en público a su baronesa después de que esta concediera una entrevista en el digital Okdiario para reconducir puentes con los ultras en la que llegó a decir que el feminismo en el que ella cree “es el feminismo que defiende Vox”. “Sobra ruido y falta trabajo serio alrededor de una mesa”, replicó a Guardiola esta semana la vicesecretaria Carmen Fúnez en un mensaje que cayó como un jarro de agua fría en el PP extremeño. “Ese recado de Génova no sentó nada bien”, admite un dirigente del territorio, que como otros se queja de que la cúpula, más allá de lanzar avisos, no echa una mano a sus barones para reconducir la relación con Vox.
“Si a los 20 años no eres de izquierdas no tienes corazón, si a los 40 aún lo eres no tienes cabeza”. Aunque se atribuye a Winston Churchill, en realidad es un aforismo anónimo que, ya algo manido, circula con facilidad al acoplarse a una intuición que parece de sentido común: los valores asociados a la juventud —utopismo, rebeldía— casan mejor con la izquierda, y viceversa. Pero esa intuición, en el caso de los varones, choca hoy con los números en España. Y eso es un grave problema para la izquierda, que ha aflorado en pleno debate sobre su futuro.
Los movimientos se precipitan. La política española multiplica jugadas a varias bandas para prepararse ahora para la batalla decisiva: las elecciones generales de 2027, si Pedro Sánchez cumple su objetivo y logra llegar hasta ahí sin verse forzado a un adelanto. Todos juegan sus cartas. PP y Vox recrudecen su pulso por el control de la derecha, pero ya cada vez más claramente unidos en un bloque para llegar a La Moncloa y gobernar allí en coalición. El espacio a la izquierda del PSOE se reorganiza ya sin el protagonismo de Yolanda Díaz buscando concentrar un voto cada vez más disperso y desactivado pero decisivo para intentar frenar el auge de Vox, con quien competirá provincia a provincia por muchos escaños.
A las 18.29 del pasado martes 17 de febrero, varios periodistas recibieron por WhatsApp un comunicado de apenas 357 palabras que iba a desatar una gigantesca crisis institucional a una velocidad de infarto. Se titulaba así: El director adjunto operativo de la Policía Nacional investigado por agresión sexual. En escasos cuatro párrafos, el abogado Jorge Piedrafita explicaba que un juzgado de Violencia contra la Mujer de Madrid había admitido a trámite una querella por violación contra el comisario José Ángel González, alias Jota, máximo jefe del cuerpo y con mando sobre sus cerca de 75.000 agentes. La noticia es una bomba. Y, en unos minutos y tras contrastarla, medios como EL PAÍS comienzan a ofrecer los primeros detalles de la denuncia presentada por una inspectora contra su superior. Habla de “penetración” no consentida, de “mensajes intimidatorios”, de “abuso de superioridad”, de “coacciones” para “comprar su silencio”... A las 20.30, solo dos horas después de difundirse la nota del letrado, González dimitía.
Pocas horas después de que su hermano Andrés fuera arrestado el jueves por la policía en su propio domicilio y trasladado a comisaría para ser interrogado, el rey Carlos III acudió a la London Fashion Week (Semana de la Moda de Londres). Formaba parte de su agenda desde hacía meses, que en su afán por preservar la normalidad no estaba dispuesto a alterar. Se le vio charlar entre risas con Stella McCartney, hija de Paul, el carismático componente de los Beatles. “Es genial, sí. Es genial. Vosotros dos tendrías que pasar un rato juntos”, le decía la diseñadora al monarca cuando le preguntaba por su padre.
Un portaviones en el golfo de Omán, otro en el Mediterráneo. Decenas de aviones de combate. Municiones, sistemas de defensa antiaérea, repuestos. El Departamento de Defensa de Estados Unidos completa estos días su mayor despliegue en Oriente Medio desde la invasión de Irak hace 23 años, mientras corre la cuenta atrás de los 10 o 15 días que Donald Trump ha dado a Irán para llegar a un acuerdo sobre su programa nuclear y evitar un ataque estadounidense.
Con la verde pradera geopolítica de antaño convertida en un campo minado, hay signos de que la Unión Europea y China caminan hacia una versión más pragmática de una relación marcada hasta ahora por la desconfianza. Es apenas un acercamiento táctico, motivado por la hostilidad de Estados Unidos. Cargado de suspicacias por ambos lados. Y que en Europa protagonizan más algunas cancillerías que las propias instituciones comunitarias. Bruselas sigue agarrándose a la retórica del apaciguamiento con el trumpismo, y el negativo fotográfico de ese atlantismo no permite alegrías con China. Pero han surgido voces que piden dar un paso adelante, sin líneas rojas, con Washington y con Pekín.

Son las seis de la tarde del jueves y, en la parte posterior del edificio Les Naus de Alicante, epicentro del escándalo de adjudicación de viviendas de protección pública que ha provocado una catarata de dimisiones en el Ayuntamiento (PP), cuatro mujeres terminan la clase con el profesor de pádel junto a la piscina. En la pista de al lado, los hombres sostienen un intenso partido. Acaban de encender las luces. Raquetas, toallas, zapatillas y ropas deportivas de colores llamativos. No es la imagen habitual en un edificio de viviendas protegidas construido sobre un solar que fue del Consistorio, precio fijo y facilidades de pago. Es la primera promoción de protección oficial que se entregaba en Alicante en 20 años y el listado de beneficiarios ha puesto contra las cuerdas al alcalde popular, Luis Barcala.
