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El turismo es una poderosa vitamina para la economía catalana, con un peso del 14% en el PIB y con relación directa en un 12,4% de la ocupación. La fuerza de los datos no evita el relato que apunta que el modelo turístico actual tiene fecha de caducidad. El último en difundir esa idea es el Cercle d’Economia. La influyente entidad empresarial, a través de su plataforma Iniciativa para la Productividad y la Innovación (IPI), publicó un informe la semana pasada donde advierte que el negocio turístico pivota sobre “un modelo de crecimiento extensivo que muestra síntomas de agotamiento”. Se requiere una “revisión”, dice el diagnóstico, porque se genera “ocupación masiva” pero con dificultades para escalar en la cadena de valor. La productividad y los salarios apenas pueden aumentar mucho en este sector, pero los empresarios defienden que llevan años transformándose para atraer a clientes de “más calidad”. En el fondo, la pregunta más difícil de responder es si tiene Cataluña la capacidad, mediante otras fuentes productivas, para generar la misma actividad económica que da el turismo.

Cuando Franco Battiato tenía ocho años escribió una redacción en el colegio titulada “Pero yo… ¿Quién soy?”. La pregunta traumatizó a su profesora, que llamó preocupada a la madre del músico italiano para contárselo. En la familia aquello se quedó en pura anécdota. Sin embargo, no fue una pregunta casual. En realidad es el interrogante que persiguió a este ecléctico artista hasta su muerte a los 77 años en 2021 y, en cierto modo, es la pregunta que a los comisarios de la muestra, Giorgio Calcara y Cristina Battiato (sobrina del artista), les gustaría que contestara también la exposición dedicada a su figura, Otra vida, que el Museo Maxxi de Roma acoge hasta el 26 de abril. “Hablamos de un gigante de la cultura que se ha expresado a través de la música, pero también de la filosofía, de la espiritualidad, de la pintura, del cine. Nunca se contuvo. Siempre estuvo dispuesto a descubrir con la curiosidad de un niño, por eso podemos hablar de muchas facetas de su existencia”, asegura a este periódico Giorgio Calcara.


Disfrutan los aficionados de un día radiante, con esa luz inigualable de Valencia que tan bien reflejó el maestro Joaquín Sorolla. Una de esas mañanas que los valencianos concretan con una frase: “Hace día de Fallas”. Y los de fuera, que tampoco acaban de comprender la expresión, la entienden sin entender cuando se quitan el jersey y se ponen las gafas de sol y llenan todas las terrazas y piden unas cervezas y brindan y son felices. La ciudad está llena de gente con camisetas de baloncesto. De Murcia, de Barcelona, de Málaga, de Tenerife, de Vitoria… Disfrutan del día soleado y por la tarde vuelven en peregrinación hacia el barrio de Quatre Carreres, en los lindes de la ciudad, para embocar el Roig Arena y disfrutar con las semifinales.
“Estrépito”, “antonomasia” y “estaño” son tres palabras que la tiktokera de 25 años Bárbara Bulnes parece no entender al leerlas en un pasaje al azar del comienzo de Cumbres borrascosas. En un vídeo se quejaba del vocabulario complejo que le impedía avanzar en la lectura de la novela. Al viralizarse, ha provocado montañas de comentarios sobre la comprensión lectora de los jóvenes, su pobreza intelectual, la pérdida de capacidades cognitivas y un largo etcétera de clichés sobre la decadencia de Occidente, la caída de los dioses, la muerte de Dios y los tomates de mi infancia que aún sabían a tomate.
De su infancia en Marruecos, Bibiana Fernández (Tánger, 72 años) solo guarda unos viejos cuadernos. Dentro de ellos hay recortes de revistas de mediados de la década de 1960, imágenes de sex symbols de la época como Ursula Andress, Raquel Welch, Brigitte Bardot, Virna Lisi, Gina Lollobrigida o Marisa Mell. “Yo tenía 12 o 13 años y cuando veía una foto de alguna de ellas, la recortaba. Eran muy importantes para mí”, explica, mientras sus tres caniches corretean por el salón de su casa, un gran chalé a las afueras de Madrid. “De alguna manera, siguen siendo muy importantes para mí”.
Pablo Sáez.
Juan Cebrián.
Pablo Iglesias (NS Management) para Lancôme.
Irene Luna.
Cristina Serrano.
Mario Val.
Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Marina Marco.
En La Habana de la asfixia petrolera impuesta por Estados Unidos amanece con el olor a humo de la quema de basuras que se acumulan en la calle. Apenas pasan coches por el hermoso y largo Malecón, pegado a un mar sin barcos, y se ve gente caminando en silencio. Cada día, la mayoría de los cubanos sale a la calle a inventar, como ellos llaman a buscar todos los métodos posibles para sobrevivir en las condiciones extremas que soportan desde hace años, y desde hace tres semanas, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con aranceles a todo aquel que suministre combustible a Cuba, también a esperar.




Es curioso. Pese a que han sido vistas cientos, miles de veces juntas, en fotografías, eventos y alfombras rojas, Dakota Fanning y Elle Fanning jamás han compartido pantalla. Son actrices. Son hermanas. Son estrellas que han recibido nominaciones a los mejores premios y trabajado con los mayores actores y directores del panorama global. Comparten apellido, empresa y hasta armario. Pero no, nunca han mantenido un diálogo, o sostenido una mirada mutua, ante las cámaras que las han hecho famosas. Ahora, eso se va a solucionar. Para entonces, y con tan solo veintitantos-treintapocos años, llevarán un cuarto de siglo en la industria, y casi un centenar de títulos. Y quién sabe si tendrán una foto con un Oscar propio.
Se abre la galería de fotos del móvil y hay una carpeta titulada “Hijo” o “Hija” cuando eran bebés: su primer cumpleaños, imágenes con gente fallecida, su primera vez en la playa con dos años y un sinfín de recuerdos que quedan inmortalizados también en vídeos y audios. Adultos y niños estaban en todos esos momentos. Sin embargo, los primeros los recuerdan más allá de lo multimedia, pero los segundos no. ¿Por qué las personas no tienen recuerdos de cuando eran muy pequeños?
Antes de convertirse en símbolo de la barbarie, este niño era solo un cuerpo pensante, un ser sintiente. Tenía una estatura concreta, un peso, una temperatura, unas fantasías. La foto, a estas alturas, es ya un discurso sobre la maldad, pero lo que ocurrió primero fue brutalmente físico, cruelmente real, lo mismo que un golpe de frío o fiebre. Lo más inquietante no es solo la violencia de la escena, sino la manera en que el pequeño parece saber qué hacer dentro de ella. No llora, no se resiste, no mira a la cámara. Está concentrado en su papel, como un detenido profesional, un detenido de película. Ha entendido que, en ciertas circunstancias de la vida, si conviene hacerse el muerto, uno se hace el muerto. No es sumisión, es una técnica de supervivencia. El cuerpo infantil, enfrentado a una maquinaria gigantesca, cuya manaza se posa sobre su mochila, improvisa una conducta aprendida para no romperse. Cruzar las manos, permanecer quieto, mirar al frente. Un modo de decir sin palabras:
Una de las peores cosas del mundo de hoy es el aumento del ruido. Y no me refiero a los decibelios, que también, porque vivimos en unos entornos urbanos ensordecedores, sino al ruido social, emocional y psíquico. Andy Warhol fue profético cuando dijo eso de que, en el futuro, todas las personas tendrían sus quince minutos de fama. El futuro ya está aquí, en eso y en todo, hasta el punto de que las novelas de ciencia ficción parecen relatos costumbristas; en cuanto a los quince minutos warholianos, me temo que todo quisque ha pasado ya o puede pasar por una de esas momentáneas tormentas en las redes que te catapultan a una fama inmediata. Para peor, creo que la mayoría de las veces lo que te cae encima es una mala fama. De modo que son quince minutos de infamia que nos rondan a casi todos, porque es uno de los platos que se degustan con mayor deleite en la sociedad actual. Y es que, dentro de esa exacerbación del ruido que vivimos, nos chifla mitificar, y poner por las nubes a alguien, y lanzarlo al estrellato de la noche a la mañana con estruendosas fanfarrias, pero aún nos gusta mucho más, nos enloquece, vaya, machacar al que antes hemos elevado, aporrearlo a conciencia, bajarle la cresta a martillazos. Algo de esto le está pasando por ejemplo a David Uclés, el autor de La península de las casas vacías, que, desde mi punto de vista, fue loado en exceso en su momento, y al que ahora están atizando con irracional furia africana (dicho que viene del odio de los cartagineses hacia los romanos, no se me pongan políticamente correctos). Yo creo, como Sergio del Molino, que la democracia consiste en conversar con quienes no opinan como nosotros, pero ¿de verdad que este chico lo hacía antes todo tan bien y ahora lo hace tan mal? Espero de Uclés, a quien apenas conozco, y de la formidable ambición y voluntad que le llevaron a escribir las 700 páginas de su primera novela, la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso, para poder seguir avanzando paso a paso por el camino de la obra, que es indistinguible del de la propia vida.