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La próxima semana, Rosa Montero, presidenta del jurado, anunciará los cinco finalistas del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana y el día 8 de abril se fallará en Barcelona. Como era previsible por su diseño y dotación (un millón de euros para el ganador, 30.000 euros para cada uno de los cuatro finalistas), la presentación de este galardón ha producido una cierta sacudida en el mundo cultural de España y América Latina. Esta sacudida ofrece una oportunidad para reflexionar serenamente sobre el mecenazgo, entendido como la aportación voluntaria de recursos económicos de empresas y ciudadanos a actividades culturales, científicas y educativas que complementan —no sustituyen— las actuaciones públicas.
“No sé cómo pronunciar su nombre: Pitarch”, dijo a su manera Thierry Henry este miércoles en una tertulia televisiva. “Me fijé en él con atención esta noche. ¡Qué partido! Corría por todos”, comentó sorprendido el exdelantero francés después del Real Madrid-City. A falta de saber qué papel puede tener cuando las estrellas regresen de las lesiones y cuáles son los siguientes pasos de este joven aún tierno (18 años), Thiago Pitarch mostró dos cualidades que escasean, y mucho, en este Madrid: no dejó de pedir el balón en las zonas más calientes, y no paró de recorrer kilómetros para presionar y ofrecerse.
Subestimar al Madrid es una mala idea. En esta ocasión el golpe sobre la mesa fue mayúsculo, porque no lo esperábamos. Nos aferrábamos a cosas de orden antiguo: al compromiso histórico, a los valores esenciales donde habita la identidad. Y debe ser verdad que en todo eso hay un poder secreto.
Joan Laporta acostumbra a desayunar en el Europa Café, muy cerca de su despacho en la Diagonal, próximo también a su domicilio y a cinco minutos del Camp Nou. La compañía y la duración del almuerzo dependen de si el hoy candidato a las elecciones azulgranas ejerce de abogado o de presidente del FC Barcelona. La tarea de ejecutivo es más rápida y solitaria mientras que la de directivo suele ocupar más tiempo y reunir a más gente, la mayoría vinculada al Barça.
El 8 de marzo de 2021, un día después de caer en las elecciones del Barcelona frente a Joan Laporta, Víctor Font (Granollers, Barcelona; 53 años) no se movió de su casa. Ni siquiera se quitó el pijama. Contestó mensajes y descansó. Había quedado exhausto después de una campaña en la que había madurado tanto el proyecto que se olvidó de madurar su perfil como candidato. Aunque todavía no había verbalizado que no pensaba bajar los brazos, su gente más cercana sabía que se daría una nueva oportunidad. Según su entorno, Font es un tipo tozudo. Tenían razón: volvió en 2026. Y volvió mejorado. Lo hizo sin necesidad de recurrir a esos coach embaucadores que supuestamente moldean la puesta en escena de los políticos. ¿Su entrenamiento? La insistencia. Una vez más.

¿A qué estaría dispuesto a renunciar para vivir en un mundo en paz? ¿Y si tuviera que escoger entre libertad y felicidad? ¿Hay que poner límites éticos a la tecnología? ¿Quién los debe poner? El thriller tecnológico Day One, que Amazon Prime Video estrena el viernes 13 (3Cat la emitirá en catalán con el título Dia u), se adentra en los dilemas morales que plantea el uso de la tecnología a ritmo de thriller.



Me muestran en internet la intervención de Kevin Spacey en la Universidad de Oxford contándole a un grupo de estudiantes, con la expresividad y el estilo que identifican a los grandes intérpretes especializados en Shakespeare, cómo los estudios de cine y el circo mediático arruinaron definitivamente su carrera y su vida, aunque hubiera sido declarado inocente por los jueces tras la denuncia por acoso sexual que le puso un señor. Y también recuerda la tragedia de Fatty Arbuckle, el actor mejor pagado del cine mudo, al que el veredicto de los jueces declaró inocente de lo que había sido acusado. Ya daba igual. Te borrarán del mapa si creen que tu presencia y tu trabajo podría perjudicar a su gran negocio. Eso ocurre en Hollywood y en la Conchinchina.
Circulan estos días en redes sociales imágenes de perros y gatos abandonados en las calles de Dubái. Sus dueños los dejan porque quieren huir de la guerra y es complicado volar con ellos. Además, el paso a Omán prohíbe el ingreso con animales y los peludos a los que cuidaron como perrijos son ahora un lastre. Quienes los abandonan son propietarios con recursos que, en muchos casos, y según denuncian veterinarios locales, intentan sacrificar a sus mascotas sanas. Solo cuando no han podido matarlas en su doméstica solución final deciden atarlas a un poste de la luz o encerrarlas en la terraza de sus urbanizaciones de lujo y huir. No es un abandono desesperado entre el caos de la guerra, sino una profiláctica y despiadada solución para matar a un miembro de su familia. Lo más aterrador es que a sus propietarios les parecerá, estoy segura, un exterminio responsable. Después de todo, están dispuestos a pagar lo que sea necesario por sus seres queridos. Incluso para aniquilarlos.
La primera vez que vio el cartel de Zeta, su nueva película, a Mario Casas (A Coruña, 39 años) se le escapó una sonrisa. “Me vi ahí con un arma, con una explosión detrás, como el héroe de acción de una película americana. Me hizo muchísima gracia”. Posiblemente se acordó de todas las horas que había pasado viendo películas como aquella. “Soy de una generación que tiene idealizado el cine. Mi infancia fueron las películas, los videoclubs. Llegabas a casa y el plan del sábado por la noche era alquilar una peli. Yo con 13 o 14 años, mientras mis colegas jugaban al fútbol, cogía el autobús del centro comercial para ir al cine solo”.