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Hay días en los que, antes incluso de abrir los ojos, sé que al levantarme entraré en una alucinación. Así que me incorporo despacio, pongo los pies en el suelo y ya estoy dentro de ella: las paredes, las cortinas, no digamos los sanitarios del cuarto de baño, así como la taza del desayuno, todo se organiza con el carácter de una infausta ficción. Salgo a la calle y el mundo me recibe con su acostumbrado despliegue de naturalismo aparente: tráfico desabrido, aceras rotas, personas que caminan hablando o fingiendo que hablan por teléfono (una escena típicamente onírica), y ese aire general de coreografía repetida hasta el tedio. Todo encaja en el delirio general, como si una mente superior (o inferior) se hubiera pasado la noche escribiendo un nuevo capítulo de esta realidad paralela (¿pero paralela a cuál?).
La Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), una de las organizaciones que en los últimos años ha marcado el discurso de la derecha ultraconservadora, llega este viernes a un día crucial: la apertura del proceso de canonización de su fundador, el sacerdote jesuita Ángel Ayala. Es decir, el inicio del camino para reconocer “la santidad” de Ayala y elevarlo a los altares. Es una iniciativa ambiciosa, pues estos procesos son largos y deben cumplir unos requisitos exigentes, regulados por el Dicasterio de la Causa de los Santos. Pero, por otra parte, es una oportunidad que, de cumplirse, colocaría a la ACdP en la primera división de los movimientos y asociaciones laicales del mundo cuyos fundadores son santos.
“Ayer salí de una guardia tremendamente complicada en la UCI neonatal en la que trabajo”, cuenta Artur, un neonatólogo que lleva siete años trabajando en la sanidad pública. “Con dos prematuros extremos de 500-600 gramos a los que costó más de 10 horas estabilizar, a las 14 horas de trabajo yo estaba realmente agotado. Me pasé las tres últimas horas de la guardia pensando en la necesidad de que alguien con mejor capacidad mental llegase ya para cogerme el relevo y poder estabilizarlos”.
Miles de obras de arte fueron separadas de sus dueños durante la Guerra Civil y la dictadura. Con el paso del tiempo, y del régimen, jamás regresaron. Acabaron en ministerios, museos, domicilios privados, universidades o a saber dónde. Se les perdió la pista, junto con la esperanza de recuperarlas. Hasta que la Ley de Memoria Democrática, en octubre de 2022, prometió llevarlas de vuelta a casa. Para eso, amplió la condición de víctima del franquismo a quienes “padecieron la represión económica con incautaciones y pérdida total o parcial de bienes […]”; reconoció “el derecho al resarcimiento”; garantizó que el Estado “promoverá las iniciativas necesarias para la investigación de las incautaciones”, incluidos una auditoría y un inventario; y se comprometió a implementar “las posibles vías de reconocimiento a los afectados”. El texto fijaba, como límite, un año. El Gobierno tenía prisa por entregar al fin respuestas, justicia y, con suerte, obras. Sin embargo, el plazo venció en octubre de 2023. Ha dado tiempo incluso a llegar al año en que se cumplen 90 del estallido de la guerra. Las víctimas, mientras, siguen esperando.

El Desafío Semanal es un reto para los lectores de EL PAÍS, con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales del periódico. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones y sugerencias en los comentarios de esta noticia o escribiendo al correo juegos@elpais.es.
A pesar de todos los escándalos que a lo largo de las décadas han sacudido a la familia real británica, no es exagerado afirmar que el arresto policial del hermano de Carlos III, Andrés Mountbatten-Windsor, supone un parteaguas trascendental para la monarquía de los Windsor. El expríncipe y exduque de York, despojado de sus títulos el pasado mes de octubre, fue detenido a primera hora de la mañana en su propia residencia, en el día en que cumplía 66 años, y trasladado a dependencias de comisaría para ser interrogado como un presunto delincuente. No ocurría algo así con un miembro de la familia real británica desde hace 350 años.
Señoras y señores: si el partido tory cae, no hay nada en este mundo que no podamos ver venirse abajo. Los tories son el partido que —no solo en la derecha— todo partido soñó ser, y un Gobierno conservador en el Reino Unido parecía formar parte del orden de las cosas, como el paso de las estaciones o la exactitud con que, cada mañana, llegaban a la puerta la leche y el ejemplar de The Times. Los llamaban “el partido de la nación” y quizá parecían más los dueños que los gobernantes del país. Ahora, en las elecciones locales de mayo, Nigel Farage quiere acabar con los conservadores mediante el mismo sistema de absorción con que acaba con las pintas en el pub. Señoras y señores, si los tories caen, podremos por primera vez decir que torres más altas no han caído.
El estrangulamiento económico de Cuba difícilmente contribuirá al establecimiento de una democracia en la isla, por una simple razón: los embargos económicos rara vez cumplen ese objetivo.

Hay momentos en que se tiene la tentación de desaparecer. Ir poco a poco yéndose, sin dejar mucho rastro, como si se pudieran descender unas escaleras y se llegara cada vez más abajo y fuera posible fundirse en la hierba del campo o en la tierra del jardín. Cada vez ser menos, más transparente, con poco peso ya en el mundo, como si fuera una maniobra de distracción para regresar más adelante, quizá, con nuevos bríos o con esperanza. Pero la sensación que manda es la de derrota, algo salió mal, algo se torció, toca la retirada, pero una retirada silenciosa, realmente no quedan fuerzas, cuanto me rodea se ha vuelto extraño y ya decir cualquier cosa es como tirar unas palabras sobre una mesa en la que los demás las ven con una distancia escéptica, como calderilla que ya nada aporta. Incluso alguien, en esas circunstancias, podría levantar la cabeza, estirar un brazo y señalar la puerta de salida. Se acabó.