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Antonio Castillo Algarra ha manejado estos años los hilos de la educación y la cultura en Madrid como asesor externo de Isabel Díaz Ayuso. Ejercía el poder en la sombra a través de gente cercana a él que había colocado en el PP y el Gobierno de Madrid, como el último consejero de Educación, dos directores generales claves y tres diputados en la Asamblea. Al tiempo, esta posición de privilegio ha impulsado su carrera como dramaturgo. Según unos contratos a los que ha tenido acceso EL PAÍS, su empresa, For the Fun of It, ha recibido más de 75.000 euros desde que Ayuso llegó a presidenta.
Algunos alumnos de segundo de Ciencias Políticas de la Complutense supieron casi por casualidad, el mismo miércoles por la mañana, del coloquio que durante semana y media había obsesionado a la izquierda de la izquierda: la charla entre el diputado de ERC, Gabriel Rufián, y el de Más Madrid en la Asamblea, Emilio Delgado. El profesor de Economía Política, “muy puesto en el tema de las charlas”, les dijo lo que iba a suceder esa tarde y les animó a ir. “La verdad, no sé si mis compañeros fueron o no, porque también había torneo de Mario Kart”, cuenta en referencia al videojuego Marcos Martín, de 19 años, que estuvo en esa clase. Al recorrer este jueves los pasillos de Somosaguas, cubiertos de pintadas antifascistas, quedan claras dos cosas. La primera, que los jóvenes que han oído hablar de la semana decisiva para la reconfiguración de una izquierda fragmentada la siguen con distancia, casi como un ruido de fondo. La segunda, que el único político de ese espacio que despierta cierta ilusión es Rufián y, aun así, una eventual candidatura suya también les suscita reservas.
“Lo llaman democracia y no lo es”, rezaba uno de los lemas del 15-M. En torno a 2012, un estudiante llamado Andrés Villena Oliver quería realizar una tesis doctoral sobre aquel movimiento que llenó las plazas e impugnó el sistema, pero su director le “impuso” otro tema: las redes de poder en España.
A Chen Bangxian la fama le llegó tarde y de golpe, como sobreviene la celebridad en nuestros días. El runner chino había cumplido ya los 50 cuando una publicación canadiense especializada en las cosas del correr reparó en él durante el popular ultramaratón de Xinjiang, en noviembre de 2022: había logrado completar los más de 42 kilómetros de la prueba en poco menos de tres horas y media —puesto 574º entre más de 1.500 competidores— fumando lo que se dice vulgarmente como un carretero. El mundo supo así del llamado Tío Chen, el deportista que encadenaba pitillos zancada a zancada hasta dar cuenta de una cajetilla por carrera, y las redes sociales echaron humo.
“Ayer salí de una guardia tremendamente complicada en la UCI neonatal en la que trabajo”, cuenta Artur, un neonatólogo que lleva siete años trabajando en la sanidad pública. “Con dos prematuros extremos de 500-600 gramos a los que costó más de 10 horas estabilizar, a las 14 horas de trabajo yo estaba realmente agotado. Me pasé las tres últimas horas de la guardia pensando en la necesidad de que alguien con mejor capacidad mental llegase ya para cogerme el relevo y poder estabilizarlos”.

El Desafío Semanal es un reto para los lectores de EL PAÍS, con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales del periódico. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones y sugerencias en los comentarios de esta noticia o escribiendo al correo juegos@elpais.es.
A pesar de todos los escándalos que a lo largo de las décadas han sacudido a la familia real británica, no es exagerado afirmar que el arresto policial del hermano de Carlos III, Andrés Mountbatten-Windsor, supone un parteaguas trascendental para la monarquía de los Windsor. El expríncipe y exduque de York, despojado de sus títulos el pasado mes de octubre, fue detenido a primera hora de la mañana en su propia residencia, en el día en que cumplía 66 años, y trasladado a dependencias de comisaría para ser interrogado como un presunto delincuente. No ocurría algo así con un miembro de la familia real británica desde hace 350 años.
Ver a María Guardiola hablando del feminismo de Vox, con la expresión aséptica, sin rastro alguno de todo lo que dijo antes, de todas las veces que señaló el machismo de los de Santiago Abascal, es ver en vivo y en directo cómo se doblega a una mujer hasta la humillación. Como si una mano en la nuca le hundiera la cara en el barro. Se la somete a ella, pero en esa degradación pública también hay un mensaje para todas: un ahorcamiento en la plaza pública para que quede claro quién manda y qué le va a pasar a la que se atreva a desafiar el poder patriarcal. Que en este caso viene de Génova por mandato de los ultras.

Circulan últimamente canciones, películas, videojuegos, eventos musicales de temática religiosa que son interpretados como la vuelta de algo que había desaparecido. Por supuesto que nada de ello tiene la densidad y coherencia de una cosmovisión religiosa completa, pero suscita diversos interrogantes en cuanto a su sentido y, sobre todo, acerca de nuestra condición humana. En el fondo se trata de símbolos descontextualizados que hoy sirven más de adorno que para simbolizar aquella totalidad que significaban en otros momentos de religiones omniabarcantes.
Cuando mi padre supo la verdad, quedó desolado. Totalmente hundido. Como si su último refugio, el que creía inconquistable, hubiese sido saqueado. Aquel cantante de blues al que llevaba un mes escuchando cada noche en YouTube para desconectar no era real, sino una diabólica creación de la inteligencia artificial (IA). “Entonces... ¿Qué va a pasar ahora?“, suspiró en su sillón.