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Óscar Puente está feliz. Es su turno. Se arremanga. Sube al escenario de un edificio con forma de caparazón de tortuga, la Cúpula del Milenio de Valladolid. Pedro Sánchez lo observa desde abajo. El ministro de Transportes no falla. Pone patas arriba a la militancia:
Si la escritora Vicki Baum estaba en lo cierto al decir que uno de los atajos hacia la felicidad es el baile, muchos hombres agradecerán saber que no es necesario que esa danza sea especialmente memorable. De ser así, ese trayecto se volvería mucho más complicado. ¿Por qué hay tantos hombres que temen bailar? ¿Y por qué a tantas mujeres a las que un mal baile les genera verdadero rechazo? En Sorry I Don’t Dance: Why Men Refuse to Move (Perdona, pero yo no bailo: por qué los hombres se niegan a mover el esqueleto) (Oxford University Press), Maxine Leeds Craig se pregunta precisamente cómo, tras haber estado asociada la masculinidad durante un tiempo con la gracia, la danza y el movimiento, en la actualidad se considera el baile y la masculinidad se han vuelto incompatibles. “La razón por la que tantos hombres evitan bailar tiene que ver con cómo se percibe su sexualidad. Evitar parecer gay es central a la hora de representar la masculinidad normativa. El miedo a parecer homosexuales les limita a la hora de andar y de gesticular. Determina cómo bailan y evita que algunos bailen jamás”, asegura. En muchísimas películas estadounidenses, especialmente adolescentes, hay una escena primordial en la que el protagonista es pillado en su habitación haciendo algo que considera humillante e íntimo: bailar al ritmo de su canción favorita.

“Dame la dureza de la verdad, pero no me engañes con una mentira”. Así de tajante demuestra María del Monte (Sevilla, 64 años) lo importante que es para ella la transparencia y la sinceridad. Por eso, en el segundo párrafo del libro que acaba de publicar, Si el corazón se equivoca, se le perdona (HarperCollins), advierte de que su contenido “no va de su vida”, o al menos, de esa vida que ha asomado en la prensa y los programas del corazón más allá de su trayectoria profesional. “Eso no me interesa, la vida tiene más profundidad como para quedarse en esa capa de superficie”, zanja durante una mañana soleada que desafía los malos augurios de lluvia. La primera incursión de la sevillana en el mundo editorial es una generosa inmersión en sus inquietudes, sus motivaciones, sus zozobras y sus anhelos, que destapa describiendo de una manera franca y natural cómo se ha ido guiando en los ámbitos que para ella son más importantes: su familia, amigos, parejas, seres queridos y ausentes, sus orígenes y tradiciones, y ella misma. “Lo más bonito que me han dicho del libro, y que era mi único objetivo, es que leerlo era como charlar conmigo”, explica sonriente.


Borja Sémper es una de las cabezas más transparentes del PP, quizá la más desprejuiciada y acaso la que mejor se mueve entre subtextos. Este martes en A Coruña empezó a hablar con la naturalidad con la que tendrán que hacerlo el resto de líderes populares dentro de unas semanas. Esto es: que las elecciones generales del 29 de noviembre son “las más importantes desde la Transición”, y que el Partido Popular tendrá que tomar decisiones “históricas”. Nadie se ha referido hasta ahora con más claridad a lo que supondrá la casi segura llegada de la ultraderecha al Gobierno de España ni al pacto fundamental de la derecha democrática (antaño autodeclarada centroderecha, aún más antaño sólo centro) con los eufóricos herederos del franquismo. Sí, tiene toda la pinta de que el 29 de noviembre se producirá algo que los españoles no ven desde antes de la Transición, de ahí la importancia de la convocatoria, como bien dice Sémper: políticos ultras negociando carteras de ministerios para imponer una agenda ideológica que no se veía desde hace medio siglo; y sí, no puede otra cosa que llamarse histórica la decisión del PP de pactar o dejarse absorber, eso ya lo veremos, por el partido Vox. Acuerdos que por otro lado ya se han empezado a cimentar en el Senado, puesto que según Feijóo la prioridad, sin reparar en gastos morales ni deudas que no se sabe cuánto van a costar, es desalojar a Sánchez de La Moncloa. Siempre que los becarios del fascismo asoman la cabeza al poder es para evitar algo más grave. Se sabe por otro orden de cosas en otras épocas, salvando graves distancias. En Cabaret de Bob Fosse, un aristócrata alemán explica que los nazis son unos matones estúpidos que pueden ser muy útiles para librarse de los comunistas. Después, dice, se les podrá controlar. Más adelante, cuando ambos ven aterrorizados a una multitud cantando un himno nazi mientras se levanta como hipnotizada, su acompañante le pregunta: “¿De verdad los vais a controlar?”. La historia tiene una preciosa tradición de hombres convencidos de que los monstruos se pueden alquilar por horas.
Ester Muñoz, portavoz del PP en el Congreso, declaró el 13 de octubre en Quorvm Podcast que el sistema de pensiones corre peligro. “El sistema como está en estos momentos va a colapsar. (…) Hay que afrontarlo con valentía y diciéndole la verdad a la gente. (…). La gente que ahora está llegando a la pensión se la merece (...) y hay que hacerlo. Pero creo que tenemos que ser valientes y entender que el modelo hay que cambiarlo. (...) Porque el sistema actual como está no va a funcionar y va a petar”.
Un total de 874 días ha tenido que esperar Oriol Junqueras para beneficiarse de la amnistía después de que el Congreso diera luz verde definitiva a la norma. La decisión del Tribunal Supremo, conocida este martes, de aplicarle la medida de olvido judicial a los líderes condenados por el procés deja sin efecto la pena de inhabilitación que aún pesaba sobre el presidente de Esquerra Republicana y otros dos compañeros de filas (Raül Romeva y Dolors Bassa), así como sobre el secretario general de Junts per Catalunya, Jordi Turull. “Hoy la política vuelve al terreno de la política porque sale del terreno de la judicialización y de la represión”, dijo el exvicepresident en una atención a los medios en Barcelona.

Una semana después de que comenzara la huelga educativa en Madrid, los planes de la Consejería de Educación no pasan por reunirse con los docentes. No importa que miles de profesores y profesoras de la educación pública no universitaria hayan secundado la movilización con elevados porcentajes de seguimiento según los sindicatos, ni que se hayan manifestado diariamente para insistir en que al otro lado del tablero —el que encabeza la consejera de Educación, Ciencia y Universidades, Mercedes Zarzalejo— se dé un paso hacia el diálogo. Zarzalejo no quiere oír hablar de la huelga, ni de los huelguistas, menos aún de sentarse frente a frente con el Comité de Huelga, al que no reconoce como interlocutor legítimo. “Las reivindicaciones de esta huelga son reivindicaciones que no están al alcance de la gestión educativa de la Comunidad de Madrid”, aseguró la consejera en unas declaraciones el lunes, sus últimas palabras sobre las protestas y a las que remiten desde la Comunidad cuando se les pregunta por la postura del Gobierno madrileño y si tienen previsto sentarse a negociar.
En junio del 2024, un joven se preocupó porque su hermano menor de edad estaba tardando demasiado en regresar a casa. Como el adolescente tenía un sistema de geolocalización en su móvil que permitía a su familia saber dónde estaba, el hermano mayor lo revisó y comprobó que estaba en un barrio a las afueras de Madrid. Extrañado y preocupado, el chico acudió a esa dirección y se encontró a su hermano, que tenía en aquel momento menos de 16 años, con un profesor de su colegio, las Mercedarias de Don Juan Alarcón, ubicado en el centro de Madrid. La familia puso una denuncia, el docente fue detenido, se ordenó su alejamiento del chico y el colegio lo despidió. Pero esa solo era la punta del iceberg de lo que la policía no duda en definir como un “depredador” sexual de menores. Dos años después de aquello, desde el pasado viernes, ese hombre está en prisión, acusado de haber agredido al menos a una decena de estudiantes más.