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El final del silencio de José Luis Rodríguez Zapatero le ha servido al PSOE para mitigar parcialmente el desasosiego que le carcome desde hace más de dos meses. El Gobierno y el PSOE han cerrado filas formalmente y aseguran que probará su inocencia, pero el sabor de boca que el expresidente ha dejado en su entrevista en RTVE, en la que ha negado su participación en el rescate de 53 millones de euros de la aerolínea Plus Ultra en la pandemia y no ha aclarado el origen de las joyas tasadas en 1,3 millones que guardaba en una caja fuerte en su oficina, empeora conforme se desciende en el escalafón socialista.
Christopher Anderson (Kelowna, Canadá, 56 años) es uno de los grandes iconos de la fotografía moderna, no solo por su carrera sino por su versatilidad. El canadiense se crio en Texas y su primer gran reconocimiento llegó en 1999 cuando junto al periodista Michael Finkel se subió a una barca en la que viajaban 44 haitianos que trataban de llegar a Estados Unidos. La embarcación empezaba a hundirse cuando fue avistada por los guardacostas que lograron salvar la vida a todos los pasajeros. Las fotos de aquel viaje le convirtieron en uno de nombres más aclamados del sector y le sirvieron para ganar la medalla de oro Robert Capa, uno de los galardones más prestigiosos del mundo de la fotografía.
La frase más famosa de la historia del cine acerca de los sistemas de rodaje y de proyección la pronunció Fritz Lang en los años cincuenta: “El cinemascope solo sirve para filmar serpientes y entierros”. En unos años en los que la gente se empezaba a quedar en casa a ver la televisión, el cine entraba en crisis y la industria intentaba responder con sistemas más espectaculares que devolvieran al público a las salas, el director austriaco, insigne creador de Metrópolis y Furia, entre muchas otras, pensaba que una panorámica tan ancha (2:35:1, y hasta 2.55:1) no se adaptaba a la proporción natural del rostro humano ni al encuadre que el director debía controlar. Sin especificarlo, Lang hablaba de la mirada del artista. De su importancia, de su esencia. En términos prácticos: de qué queda dentro del plano y qué queda fuera.
Hay un episodio reciente que resume bien el punto en el que se encuentra la carrera de Samantha Morton. Tras acudir a un evento promocional de La odisea, su último proyecto como actriz, decenas de cazadores de autógrafos profesionales —de esos que aparecen con carpetas perfectamente organizadas para conseguir firmas de famosos— se lanzaron a la búsqueda de las rúbricas de Matt Damon, Zendaya, Tom Holland, Charlize Theron y el resto del estelar reparto de la nueva película de Christopher Nolan. Cuando pasó por delante esta intérprete británica de 49 años y vio que los bolígrafos también apuntaban hacia ella, les lanzó una advertencia entre risas: “Que sepáis que con mi autógrafo no vais a hacer mucho dinero, ¿eh?”. Quizá por su discreta trayectoria reciente —mediática, que no profesional— Morton tenga razón, pero, a tenor del entusiasmo que ha despertado su trabajo en el gran estreno cinematográfico del verano, su firma está a punto de revalorizarse.

Algunos fracasos institucionales no se desarrollan a través del escándalo, sino del procedimiento: actos de sabotaje disfrazados de rendición de cuentas e investigación de buena fe. Cuando por fin alguien comprende lo que está ocurriendo, el daño ya está hecho.
No estaba contenta ni nada, la niña, cogida de la mano del capitán de la selección española, desfilando hacia el centro del campo. La alegría en su rostro contrastaba con la tela lila que le cubría la cabeza y el cuello, esa prenda emblema de la misoginia islámica que se impone para que las mujeres sepamos cuál es nuestro lugar en el mundo, para que interioricemos que la simple presencia de nuestros cuerpos en el espacio público supone un problema, un conflicto, un desafío al orden patriarcal. Religiosos más o menos tradicionales, rigoristas o fanáticos, todos dicen que vamos desnudas si dejamos nuestro pelo al descubierto. Y la desnudez provoca a los hombres. Pobrecitos ellos, tienen tan poco control sobre sus instintos que a nosotras no nos queda otra que tomar medidas para ahorrarles la incomodidad de la excitación provocada por esas fibras peligrosas que brotan de nuestro cuero cabelludo como serpientes de Medusa. Así se marca la diferencia sexual que no existe porque hombres y mujeres tenemos pelo en la cabeza.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostiene que el objetivo de la guerra contra Irán es frenar el programa iraní de enriquecimiento de uranio e impedir que el país pueda desarrollar un arma nuclear. Sin embargo, el miércoles autorizó un acuerdo nuclear con Arabia Saudí, tradicional rival de Teherán, que permitirá a Riad enriquecer uranio. Aunque el pacto se limita al uso civil de la energía atómica, sus críticos advierten de que carece de garantías suficientes para evitar que el reino saudí pueda utilizar esa capacidad con fines militares y aspire a desarrollar una bomba nuclear.
Son las 04.30 de la madrugada cuando el ejército israelí penetra con decenas de soldados y vehículos militares en Al Tuwani, una aldea del sur del territorio palestino de Cisjordania que el mundo conoció gracias al documental que ganó el Oscar en 2025: No Other Land. Los soldados se posicionan en lo alto de viviendas e impiden a los alrededor de 350 vecinos moverse por sus propias calles, pero no se trata de ninguna redada sorpresa. Todos saben que este jueves las tropas paralizarán su vida durante horas para que decenas de colonos israelíes puedan rezar en un espacio abandonado en pleno centro del pueblo, donde aseguran que se alzó una sinagoga en el pasado.

Jaime Ramírez está acostumbrado a vivir frente a un edificio abandonado. Uno muy grande. Desde su ventana, en la calle de Joaquín María López, en Chamberí, ve un antiguo complejo sanitario de 24.000 metros cuadrados con forma de hache: el Hospital del Generalísimo Franco, construido en los cincuenta para uso militar y vacío desde 2001. También el gran jardín que hay en la entrada, un oasis verde en una mole deteriorada y un tanto tétrica. “Me he despertado con él toda la vida. Ahí había cipreses y un olivo grande. Y la catalpa, que llegaba al tercer piso”, enumera. Habla en pasado porque este lunes se llevó una sorpresa. De los diez árboles que veía cada día, seis de obligada conservación por su antigüedad, quedaban tres. Y pronto solo quedará uno, según el Ayuntamiento de Madrid, que ha autorizado la tala.

La mejor rave de Zahara (Úbeda, 42 años) fue el verano pasado en un bosque a unos 11 kilómetros de Ámsterdam. “Fue una experiencia única porque no se repetirá jamás. Durante una hora, Quelza pinchó sin bombo a negras, lo que provocó una estampida y que solo nos quedáramos una docena de personas bailando todo polirritmia, una extrañeza fantástica”, aclara. El recuerdo viene a colación. La artista está inmersa en Glitch, el giro que ha dado a su Zaharave, el show de electrónica que ha montado con Martí Perarnau IV y que la tendrá girando por España por diversos festivales veraniegos. ”Yo soy más de raves europeas que de las españolas. Allí son más diurnas y en la naturaleza. No me interesa esperar a las dos de la mañana porque a las diez y media ya estoy dormida”, aclara, pocas horas antes de su concierto en el festival Cruïlla de Barcelona.

