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La frase más famosa de la historia del cine acerca de los sistemas de rodaje y de proyección la pronunció Fritz Lang en los años cincuenta: “El cinemascope solo sirve para filmar serpientes y entierros”. En unos años en los que la gente se empezaba a quedar en casa a ver la televisión, el cine entraba en crisis y la industria intentaba responder con sistemas más espectaculares que devolvieran al público a las salas, el director austriaco, insigne creador de Metrópolis y Furia, entre muchas otras, pensaba que una panorámica tan ancha (2:35:1, y hasta 2.55:1) no se adaptaba a la proporción natural del rostro humano ni al encuadre que el director debía controlar. Sin especificarlo, Lang hablaba de la mirada del artista. De su importancia, de su esencia. En términos prácticos: de qué queda dentro del plano y qué queda fuera.
Hay un episodio reciente que resume bien el punto en el que se encuentra la carrera de Samantha Morton. Tras acudir a un evento promocional de La odisea, su último proyecto como actriz, decenas de cazadores de autógrafos profesionales —de esos que aparecen con carpetas perfectamente organizadas para conseguir firmas de famosos— se lanzaron a la búsqueda de las rúbricas de Matt Damon, Zendaya, Tom Holland, Charlize Theron y el resto del estelar reparto de la nueva película de Christopher Nolan. Cuando pasó por delante esta intérprete británica de 49 años y vio que los bolígrafos también apuntaban hacia ella, les lanzó una advertencia entre risas: “Que sepáis que con mi autógrafo no vais a hacer mucho dinero, ¿eh?”. Quizá por su discreta trayectoria reciente —mediática, que no profesional— Morton tenga razón, pero, a tenor del entusiasmo que ha despertado su trabajo en el gran estreno cinematográfico del verano, su firma está a punto de revalorizarse.

Algunos fracasos institucionales no se desarrollan a través del escándalo, sino del procedimiento: actos de sabotaje disfrazados de rendición de cuentas e investigación de buena fe. Cuando por fin alguien comprende lo que está ocurriendo, el daño ya está hecho.
No estaba contenta ni nada, la niña, cogida de la mano del capitán de la selección española, desfilando hacia el centro del campo. La alegría en su rostro contrastaba con la tela lila que le cubría la cabeza y el cuello, esa prenda emblema de la misoginia islámica que se impone para que las mujeres sepamos cuál es nuestro lugar en el mundo, para que interioricemos que la simple presencia de nuestros cuerpos en el espacio público supone un problema, un conflicto, un desafío al orden patriarcal. Religiosos más o menos tradicionales, rigoristas o fanáticos, todos dicen que vamos desnudas si dejamos nuestro pelo al descubierto. Y la desnudez provoca a los hombres. Pobrecitos ellos, tienen tan poco control sobre sus instintos que a nosotras no nos queda otra que tomar medidas para ahorrarles la incomodidad de la excitación provocada por esas fibras peligrosas que brotan de nuestro cuero cabelludo como serpientes de Medusa. Así se marca la diferencia sexual que no existe porque hombres y mujeres tenemos pelo en la cabeza.
Son las 04.30 de la madrugada cuando el ejército israelí penetra con decenas de soldados y vehículos militares en Al Tuwani, una aldea del sur del territorio palestino de Cisjordania que el mundo conoció gracias al documental que ganó el Oscar en 2025: No Other Land. Los soldados se posicionan en lo alto de viviendas e impiden a los alrededor de 350 vecinos moverse por sus propias calles, pero no se trata de ninguna redada sorpresa. Todos saben que este jueves las tropas paralizarán su vida durante horas para que decenas de colonos israelíes puedan rezar en un espacio abandonado en pleno centro del pueblo, donde aseguran que se alzó una sinagoga en el pasado.

Jaime Ramírez está acostumbrado a vivir frente a un edificio abandonado. Uno muy grande. Desde su ventana, en la calle de Joaquín María López, en Chamberí, ve un antiguo complejo sanitario de 24.000 metros cuadrados con forma de hache: el Hospital del Generalísimo Franco, construido en los cincuenta para uso militar y vacío desde 2001. También el gran jardín que hay en la entrada, un oasis verde en una mole deteriorada y un tanto tétrica. “Me he despertado con él toda la vida. Ahí había cipreses y un olivo grande. Y la catalpa, que llegaba al tercer piso”, enumera. Habla en pasado porque este lunes se llevó una sorpresa. De los diez árboles que veía cada día, seis de obligada conservación por su antigüedad, quedaban tres. Y pronto solo quedará uno, según el Ayuntamiento de Madrid, que ha autorizado la tala.

La mejor rave de Zahara (Úbeda, 42 años) fue el verano pasado en un bosque a unos 11 kilómetros de Ámsterdam. “Fue una experiencia única porque no se repetirá jamás. Durante una hora, Quelza pinchó sin bombo a negras, lo que provocó una estampida y que solo nos quedáramos una docena de personas bailando todo polirritmia, una extrañeza fantástica”, aclara. El recuerdo viene a colación. La artista está inmersa en Glitch, el giro que ha dado a su Zaharave, el show de electrónica que ha montado con Martí Perarnau IV y que la tendrá girando por España por diversos festivales veraniegos. ”Yo soy más de raves europeas que de las españolas. Allí son más diurnas y en la naturaleza. No me interesa esperar a las dos de la mañana porque a las diez y media ya estoy dormida”, aclara, pocas horas antes de su concierto en el festival Cruïlla de Barcelona.


Primera mañana de verano en Burgos, con un sol intenso en el cielo azul y las margaritas felices en el campo, cuando se monta la marabunta en la puerta del Cernégula. Se bajan hasta los auxiliares de la ambulancia de Protección Civil. “¡Sois unos artistas!”, exclama un anciano llamado Paco en la puerta de la antigua fonda de la carretera de Arcos, abierta durante 70 años en el actual barrio de San Felices y de la que queda hoy solo el estanco, lugar de peregrinaje de los chicos de la Maravillosa Orquesta del Alcohol (M.O.D.A.) para pillar bocadillos, bebidas y tabaco cuando se escapan de su estudio de grabación a tan solo 200 metros ladera bajo en el parque del Hangar. “Estáis en casa. Venga, pa’ dentro, coged botellas de agua que hace mucho calor”, pide a todos Rosa Melgosa, dueña del Cernégula y citada en la canción de la M.O.D.A. ‘San Felices’: “Y sé que ya hemos vuelto a casa al ver a Rosa en el Cernégula”. Esa casa está ahora repleta de personas que han visto llegar a los miembros de la banda más importante de la ciudad y se han ido directos a por ellos. Algunos estaban en el estanco, otros han salido de un bar cercano, otras han cruzado desde la otra acera, uno se ha bajado de la moto y otros dos de la ambulancia, resuelta la urgencia, se han arrimado también. Incluso un grupo de niños con autismo que sale con sus tutoras “muy fans” del colegio Sagrado Corazón Hermanas Salesianas, justo enfrente del Cernégula, se ha parado para fotografiarse con ellos. Fotos, autógrafos, besos, abrazos y palabras de cariño por todas partes: “sois los mejores”, “gracias por todo”, “no dejéis de tocar”, “Burgos os quiere”… Los seis integrantes de la M.O.D.A. atienden a todos, uno por uno. “Todo esto se monta por las camisetas de tirantes”, asegura David Ruiz, cantante y compositor del grupo. “Si no las llevamos puestas, la gente no nos reconoce. Cuando vamos vestidos de paisanos normales, pasamos desapercibidos en todo Burgos como si fuéramos Clark Kent”, añade. “Al ponernos estas camisetas, es como si fueran el traje y la capa de Superman”, dice el baterista Caleb Melguizo con media sonrisa. “O Superlópez, que nos pega más”, añade Ruiz.
Tras dos meses de silencio desde su imputación por liderar supuestamente una trama de tráfico de influencias, y ante la acumulación de indicios comprometedores, José Luis Rodríguez Zapatero dio este jueves por primera vez aclaraciones públicas en una entrevista en TVE, pero aportó poca información novedosa ante unas acusaciones que han causado un grave perjuicio a su propia posición como referente de la izquierda en España. El expresidente reiteró lo que el 17 de junio ya había declarado ante el juez José Luis Calama: que no intervino en el rescate de la aerolínea Plus Ultra, que no planificó la creación de una empresa offshore para camuflar sus ingresos, y que no usó a sus hijas como testaferros. En la entrevista también alegó que las joyas guardadas en su despacho, y valoradas en más de 1,3 millones de euros, fueron un “regalo de cortesía”, pero no reveló nada sobre su origen. La decisión de comparecer en televisión puede entenderse como una voluntad de transparencia, pero exigirá explicaciones más completas ante el juez y ante la opinión pública.
José Luis Rodríguez Zapatero sabe que tiene dos problemas. Lo ha dejado claro en su primera intervención pública tras conocerse su condición de investigado. El primer problema es con la justicia por estar inmerso en un proceso en el que defender su inocencia le demanda una estrategia jurídica sin margen para el error. Rodríguez Zapatero ha reclamado su derecho a la defensa y la presunción de inocencia apelando a la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. También ha denunciado la violación de derechos sufrida al hacerse pública la totalidad de su agenda. El otro problema está conectado con el deber de explicación que se impone a quien ha ostentado la presidencia del Gobierno. ¿Cómo combinar esta estrategia sin comprometer la mejor defensa del ciudadano y la reputación del hombre público? La entrevista en TVE ha sido la ocasión para intentarlo y esta encubría además un tercer objetivo todavía más exigente: contener los daños que sobre el Gobierno ha provocado la declaración de Julio Martínez atribuyéndole a Zapatero gestiones sobre el rescate de Plus Ultra.