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Los móviles generan adicción entre los jóvenes. Lo dicen los psicólogos, que cada vez tratan a más pacientes menores con cuadros complejos relacionados con su vida digital. Y lo reconocen algunas de las mayores plataformas del mundo, que se enfrentan a una cascada de demandas en EE UU por diseñar sus productos para que atrapen a los usuarios. La declaración la semana pasada de Mark Zuckerberg, dueño y director ejecutivo de Meta (empresa matriz de Facebook, Instagram o WhatsApp), muestra que el asunto es serio: es la primera vez que el magnate pisa un tribunal, y lo hace en un juicio que pretende dirimir si sus redes sociales son o no adictivas.
Los seres humanos sentimos en la piel el dolor ajeno. Nuestras neuronas espejo hacen que sintamos el sufrimiento de los demás, aunque no lo presenciemos con la vista. Para que la empatía se active, basta con tener noticia del malestar del otro.

Cerca del kilómetro cero de Madrid, Pablo Alborán (Málaga, 36 años) se baja de la furgoneta negra, con el móvil todavía en la oreja, y se quita las gafas de sol. “Hacía años que no venía por aquí”, dice al cruzar la puerta del Ateneo. El artista inicia gira mundial [que empieza este 28 de febrero en Chile] y disfruta feliz de esta etapa. La vida le ha dado una segunda oportunidad tras la reciente enfermedad de un familiar, que le obligó a abandonar por un tiempo los escenarios. Así que ve el mundo con ojos nuevos. Se saca el móvil del bolsillo y fotografía todo a su alrededor para compartirlo con sus casi ocho millones de seguidores en Instagram: el retrato de Lorca, la lámpara o la barra de La cacharrería. La sala en la que Valle Inclán, Unamuno o Azaña tenían tertulias acaloradas y en la que se produce esta conversación en torno a un café.


El pasado verano se hizo viral en Tik Tok un clip que mostraba a una joven argentina que deseaba reformar la estética del salón de su piso alquilado. ¿Su objetivo? Pintar las paredes como si tuvieran un aspecto desgastado por la humedad. A un ritmo frenético, y alternando planos de la vivienda con bailes y selfies, la autora narra cómo ejecutó este lavado de cara tras consultar a ChatGPT las técnicas para lograrlo. Entre las cosas que tuvo que hacer destacan varias rondas de pintura (para luego hacer jirones), un enduido plástico (una pasta blanca y espesa) o sacar las propias capas que ya poseía la pared con una espátula. Al llegar a este paso, la protagonista no cabe en si de la emoción: “Encontré oro en polvo… Capas y capas de colores de otros años. ¡Me hizo muy feliz!”.



El discurso sobre el estado de la Unión, tradición anual de la política de Washington que consiste en que la ciudad pare y escuche de boca del presidente las prioridades por venir de su Administración, es siempre también el discurso sobre el estado de otras cosas. En este caso, cuando Donald Trump se dirija este martes a las 21.00 (hora local, seis más en la España peninsular) a una audiencia conjunta de la Cámara de Representantes y del Senado, será un examen al estado de su relación con el Congreso, al que, tras la sentencia del Supremo que tumbó el pasado viernes buena parte de sus aranceles, necesita para imponer el gravamen global del 10% (luego 15%) con el que piensa sortear el varapalo del alto tribunal.

Quien conozca a Cristina Monge por sus libros, charlas, tertulias o artículos (también en EL PAÍS) sabe de sobra que es una firme convencida de la teoría win-win: todos podemos ganar en la gestión de los grandes retos que afrontamos. La politóloga y socióloga nacida en Zaragoza hace 51 años acaba de recibir el premio Paidós con el ensayo Contra el descontento. Por una alianza para construir futuros deseables.

Aunque mantener y potenciar las facultades mentales no sea el motivo que induce a los abuelos a cuidar de sus nietos, tampoco les viene nada mal ese posible y ventajoso añadido. La neurociencia ya ha demostrado que cualquier actividad física o mental regular ayuda a mantener dichas facultades cuando nos hacemos mayores, pero, quien sabe si la particular y específica actividad de los abuelos puede superar en beneficios a otras actividades de los mayores no siempre tan agradables como compartir la vida con los pequeños o los más jóvenes.
El Gobierno tiene previsto utilizar un viejo producto financiero, creado en 2014 por Cristóbal Montoro, entonces ministro de Hacienda, para canalizar recursos hacia proyectos empresariales europeos bajo la etiqueta Finance Europe. Se trata de los llamados Sialp, un tipo de seguro de ahorro que permite canalizar inversiones de particulares con una limitación anual a las aportaciones, 5.000 euros al año, y dotado de ventajas fiscales. Las plusvalías obtenidas por un Sialp están exentas de tributación siempre y cuando el producto se mantenga al menos cinco años. Pese a ello, nunca llegó a triunfar en el mercado: en la actualidad, acumula un patrimonio de tan solo 3.600 millones de euros.
Tan viejo como el hambre, el pescado cecial —del término latino siccialis— es la técnica de conservación más básica cuando no se podía acceder a la sal, cara y, a menudo, en manos de la nobleza y la Iglesia. El llamado “oro blanco”, imprescindible para las salazones, se sustituye aquí, por completo o en parte, por la curación al aire. Una vez deshidratado el pescado, con aspecto de cuero incomestible, se obra un milagro que se repite a lo largo de toda la península ibérica y el archipiélago canario desde tiempos de Apicius (siglo I) hasta la mitad del siglo XX. Afrontar los largos periodos de ayunos y abstinencias del calendario litúrgico, comer en tiempos de escasez o de “invernadas” (periodos en los que no se sale a la mar), sobrevivir en medio del océano o por tortuosos caminos de arrieros dependía muchas veces de esta proteína de los más pobres que, sin embargo, ha dado lugar a platos que hoy reconocemos como identitarios.

En mayo de 2012, cuatro amigas procedentes de Berlín emprendieron un viaje de varios días por Madrid. Al igual que otros turistas, se alojaron en un Airbnb de la calle de Bárbara de Braganza, ahora conocida como el eje central del barrio de Salesas, con vistas al convento del mismo nombre y el cielo tornasolado tan mitificado de la capital. “Me enamoré enseguida de la ciudad. ‘Me encantaría vivir aquí algún día’, repetía sin cesar a mis amigas”. El deseo de Nino Kiltava (Batumi, Georgia, 30 años) no solo se hizo realidad unos años después, sino que terminaría abriendo justamente en el local que divisaba desde esa habitación su tercer restaurante. Persimmon’s, la fruta más popular de su país —nuestro ‘caqui’— es uno de los vértices del viaje culinario que esta georgiana ha erigido en poco más de tres años por el barrio de Justicia a través del recetario georgiano, y que es la comidilla de toda la zona.






