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Joan Manuel Serrat tiene 82 años. Donald Trump tiene 79. Por fortuna para nosotros, no hay en ellos asomo de parecido alguno, salvo que son viejos, Serrat un poco más. Digo “viejos” utilizando la misma palabra, tan denostada, que usó el artista el otro día en unas jornadas sobre eso que se llama colectivo de la tercera edad que tenían lugar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. Decía Serrat sentirse en ese tiempo de propina en que a menudo el alma suele conversar consigo misma. Ese veranillo de la vida, decía citando al filósofo francés Pascal Bruckner, un regalo del que se siente agradecido. En un discurso cargado de emoción, Serrat afirmaba que ignorar a los mayores, su opinión y su memoria, es algo así como quemar libros. No puedo estar más de acuerdo y observo a menudo ese odioso tonillo condescendiente que se suele emplear para hablar con las personas mayores no solo en el trato cotidiano sino también en conversaciones públicas, como una prueba hiriente de cómo se las intenta aniñar como si fueran ciudadanos que ya no cuentan salvo como personajes pintorescos.

De madrugada el despertador taladra nuestros sueños. Es el heraldo chillón de los horarios y las obligaciones, de las tareas nuestras de cada día. En esos instantes todavía oníricos, entre bostezos, alguien añora tal vez una vida sin jefes ni imposiciones. En lugar de legañas y atascos de tráfico, imagina un mundo a su mando, una vida sometida solo a su voluntad. Y mientras acalla a la fiera aulladora que da la hora desde la mesita de noche, fantasea con parecerse a esos animales salvajes y pletóricos que aterrorizan la selva. Al parecer, existen tantos hombres deseosos de encarnar la quimera del macho alfa que ha nacido un nuevo negocio: el mercado ofrece campamentos de endurecimiento para padres e hijos, concebidos por gurús del ramo. Prometen largas tandas de flexiones, baños en agua helada y rutas reptando entre barrizales y alambradas, amenizadas por arengas de marines retirados, todo incluido. Garantizan la inmediata transformación en un tipo duro y triunfador, un auténtico jefe de la manada.

En los últimos 40 años, gobiernos tanto del PSOE como del PP han puesto en marcha siete procesos de regularización generalizada de inmigrantes sin papeles, incluido el actual, para sacar de la clandestinidad y la explotación a cientos de miles de personas que ya viven y trabajan entre nosotros con las mismas obligaciones que cualquier residente legal, pero sin los mismos derechos. Con más de medio millón de personas en esa situación, hay que apoyar decididamente un acto de altura política como el que el Gobierno lanzó a mediados de abril. Todos los procesos anteriores, de los que se beneficiaron en total 1,2 millones de personas, han contribuido al crecimiento de España. Humanidad, igualdad y pragmatismo económico son las premisas de las que debe partir cualquier reflexión sobre la política migratoria, convertida hoy en cuestión central de todas las democracias. Esa reflexión no puede despreciar las inquietudes y miedos de un sector de la ciudadanía ante cambios sociales acelerados, pero exige un rechazo tajante de la instrumentalización de estos miedos por parte de la extrema derecha.

Si la institución que debe custodiar las reglas del juego pasa a reescribirlas en sincronía con uno de los jugadores, lo que se pierde no es esa partida, sino la idea misma de que hay reglas. La erosión de la democracia empieza cuando desaparecen los árbitros imparciales, no cuando gana el bando equivocado. Eso es lo que ha hecho el Tribunal Supremo de EE UU al dejar sin efecto la norma que, durante seis décadas, protegió el voto de las minorías. El argumento del tribunal, redactado por el juez Alito, invierte la lógica de la enmienda invocada, la Decimocuarta, escrita en 1868 para proteger a los antiguos esclavos, y la relee como una prohibición de protegerlos. Tener en cuenta la raza para remediar la discriminación racial sería, según Alito, una forma de discriminación racial. Es un truco conocido: usar el lenguaje liberal-universalista para vaciarlo desde dentro.
Se llama talón de Aquiles a esa parte vulnerable del cuerpo de los héroes que se halla a merced del capricho de los dioses. Piensa en esos deportistas de élite que ponen en extrema tensión todos sus huesos, músculos, tendones y cartílagos al servicio de la gloria y sufren una caída desde lo más alto. Según la mitología griega la diosa Tetis sumergió a su hijo Aquiles en la laguna Estigia cuyas aguas conferían la inmortalidad por el simple hecho de sumergirse en ellas, pero tuvo que hacerlo sujetándolo por el talón. Fue esa pequeña parte del cuerpo, la que, al quedar exenta, se convirtió en su punto débil que lo hizo mortal. Durante la guerra de Troya, guiado por Apolo, aprovechó Paris para lanzarle un dardo al talón y causarle la muerte. En medio de la vida anodina que nos rodea, siempre a la espera de la desgracia que nos pueda deparar el futuro, los héroes del deporte están ahí convertidos en materia de los sueños inalcanzables de sus seguidores. El hincha adopta como propias las victorias y derrotas de su ídolo al que ha transferido una parte de su yo hasta el punto de formar con él una unión hipostática. Sus éxitos le harán feliz y con sus fracasos se sentirá profundamente desgraciado. Existe todavía un grado de belleza al que agarrarse si uno deja de mirar las poltronas de los palcos de honor y observa lo que sucede en las canchas, en las pistas, en los circuitos, en la pared norte de los picos de las cordilleras donde los héroes modernos alcanzan con sus cuerpos ese punto inasequible de la gloria. Pero la gloria tiene un límite. Aunque tu héroe pueda coronar con éxito la cima más alta le será imposible vivir en ella. Las cumbres no son habitables. Ningún héroe puede levantar allí su morada. Llega el momento en que los dioses exigen un tributo en forma de lesión de muñeca, de rotura del menisco, de desgarro muscular, o simplemente basta con el escarnio que el tiempo produce en los cuerpos para que estos héroes recuerden, como Aquiles, que también son mortales.
Si la guerra de Irán no alumbra una catástrofe económica, y aunque la crisis mantenga su preocupante ritmo de galope, este país tiene mejores puntos de apoyo que sus vecinos.

El crucigrama es un elemento primordial en un periódico y, para muchos lectores, una cita insustituible diaria. Por eso, cada vez que hay un mínimo cambio en la sección de pasatiempos (así se llama en la edición de papel) o juegos (como se denomina en la web), las protestas arrecian. Ocurrió tras los últimos rediseños del papel y de la aplicación y se ha repetido en las últimas semanas, después de la actualización de la plataforma digital de juegos, que desde el pasado 16 de abril ha dejado de estar abierta a todos los lectores.
Jacqueline Bisset (Weybridge, Inglaterra, 81 años) está en España después de tanto tiempo que casi ni se acuerda. Ha venido este fin de semana a Zaragoza a recoger un premio por su trayectoria en el festival Saraqusta, especializado en cine histórico. “Si consigo pronunciarlo bien dos veces”, confiesa, “pensé que encontraría el camino para llegar”. Y lo ha hecho. Y eso a pesar de que su viaje, desde Los Ángeles vía Londres donde se le perdió la maleta, ha sido toda una odisea. “Ya no hay personas con quien hablar, solo máquinas que no te resuelven nada”, se lamenta, pese a que la historia del extravío tuvo final feliz, “gracias a un señor muy amable en España”. “Fue un momento de estrés”, reconoce. Bisset viaja sola y sin ningún asistente. “Es activa, completamente autónoma y profesional, escucha y atiende, no deja de trabajar, todo lo hace fácil y no parece que tenga la edad que tiene”, reconoce con admiración el director del festival Saraqusta, José Angel Delgado.
Ningún otro lugar de la antigüedad ha sido investigado tan minuciosamente como Pompeya, la ciudad romana del sur de Italia destruida por la erupción del Vesubio en el año 79. Sin embargo, muchos misterios milenarios permanecen: no está claro si el desastre ocurrió en verano o en otoño (hay pruebas para defender las dos tesis); ni se sabe con certeza cuánta gente vivía allí en el momento de la explosión volcánica (los expertos barajan un amplio arco que va de los 15.000 a los 30.000, contando los esclavos); ni se ha encontrado nunca el puerto, que debió ser muy importante. Tampoco está claro cuánta gente murió como consecuencia de la erupción: hasta ahora han sido hallados 1.200 cadáveres y, dado que se han excavado dos tercios del yacimiento, se calcula que pudieron fallecer unas 2.000 personas, la mayoría de ellas en la segunda parte de la erupción, que se prolongó durante dos días. Sin embargo, un descubrimiento realizado esta semana puede cambiar este relato.