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Dos de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella.

Han pasado más de cuatro décadas desde que la fotógrafa estadounidense Donna Ferrato (Waltham, Massachussets, 76 años) fuera testigo por primera vez de cómo un marido abofeteaba a su esposa. Su primer instinto fue apretar el obturador de su cámara Leica; el segundo, abalanzarse sobre él y pedirle que parara. Fue un punto de inflexión en su carrera, el instante en que comprendió que su trabajo como fotógrafa necesitaba dar un paso más, servir de contrapeso a una realidad que acababa de noquearla. Aquel día Ferrato comprendió que no podría seguir tomando fotos sin implicarse en la lucha contra la violencia de género.




Le ha costado, pero Vito Sanz (Huesca, 43 años) ha acabado por conquistar un hueco en el cine español sin hacer mucho ruido. Actor fetiche de Jonás Trueba, con una presencia que oscila entre nervio, comicidad y melancolía, estrena este jueves Los justos, una comedia negra sobre la corrupción, inspirada en la sentencia de la Gürtel. En ella comparte reparto con Carmen Machi y exhibe más vis cómica que de costumbre. Además, protagoniza la serie Por cien millones en Movistar Plus+, donde interpreta a uno de los secuestradores de Quini, y tiene a punto Millennial Mal para Filmin, mientras ensaya una nueva obra con su compañía teatral, Club Caníbal. La cita fue el viernes pasado en una terraza del viejo Madrid, donde suele sentarse a tomar una caña al salir de su clase semanal con el pintor Joaquín Risueño.

Por si no tuviéramos bastante con la inestabilidad, la precariedad y las veleidades de un sector caprichoso e ingrato, cada cierto tiempo los trabajadores del audiovisual nos tenemos que enfrentar a una vicisitud profesional añadida: los estrenos de los amigos.

En 1981, un hombre escaló los 442 metros de la Torre Sears, el edificio más alto del mundo por aquel entonces. No fue un espectáculo circense, aunque lo pareciera desde la calle; fue una advertencia, y una advertencia bastante incómoda para la ciudad, porque que puso en cuestión todos los rascacielos del planeta y obligó a Chicago a repensarse a sí misma. La historia merece contarse despacio.

Entre las paredes del Hospital Clínic de Barcelona, en un viaje de ida y vuelta por no más de tres pasillos y unas cuantas escaleras, se pauta, se fabrica y se administra una innovadora inmunoterapia contra el cáncer que ha cambiado el pronóstico de algunos tumores de la sangre: es la terapia CAR-T, una obra de ingeniería genética que reentrena al sistema inmune del paciente para que combata mejor las células malignas. Hay ya un puñado de medicamentos de este tipo confeccionados por la industria farmacéutica, pero el Clínic ha sido pionero en el desarrollo de un CAR-T académico con el que ya han tratado a más de 650 pacientes sin alternativas terapéuticas. “Pasamos de tratar a siete pacientes en 2017 a 114 en 2025. Es una revolución y yo no veo un límite”, cuenta el hematólogo Julio Delgado, jefe de la Unidad de Oncoinmunoterapia. “Cada vez hay más indicaciones, más ensayos clínicos… Y lo bonito es que, como lo hacemos nosotros, el límite nos lo ponemos nosotros mismos, no dependemos de la industria farmacéutica para que lo haga”, subraya.






Quizá no haya habido muchos europeos dispuestos a envidiar el clima de Gran Bretaña, pero la admiración por sus instituciones ha sido infalible. La explicación es sencilla: en los últimos dos siglos, Alemania ha conocido la monarquía, la república, el Reich, la partición en dos regímenes antagónicos y el modelo federal. Francia y España no han tenido menos convulsiones, e Italia, durante un buen tramo, ni siquiera existía. Mientras tanto, Gran Bretaña ha seguido todo este tiempo bajo una monarquía parlamentaria bien asentada, sin un solo amago revolucionario desde el siglo XVII. Su vida política ha tenido, sin duda, refriegas y escándalos severos. Lo que llegaba a las costas del continente era, en cambio, la estabilidad de su sistema parlamentario, “igual que el mar más agitado parece”, como escribe un viajero del XIX, “desde la distancia de una cumbre, un lago plácido”. Esa seducción no solo es cosa del ayer: Tony Blair y David Cameron inspiraron el cambio de partidos progresistas y conservadores en todo el mundo. Y Margaret Thatcher sigue proyectándose con fuerza —Ayuso, Vox— entre nosotros.
“Hay países donde no hay despliegues [de coches autónomos] y piensan que será cosa de 10 años o más. No lo es. La gente no se da cuenta de que ya está aquí, y está aquí ahora”, dice sobre los coches sin conductor Raquel Urtasun (Pamplona, 50 años). Fundadora y presidenta ejecutiva de Waabi, una startup canadiense que acaba de lograr una ronda de financiación de 1.000 millones de dólares, una de las más grandes de la historia del país, su compañía se ha centrado hasta ahora en camiones autónomos, pero planea lanzar 25.000 robotaxis junto a Uber a nivel global. Esa cifra es más del doble de los coches autónomos que hay ahora en circulación.

La primera Conferencia sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles, que se celebra en Santa Marta (Colombia) y en la que se espera que este martes y miércoles participen los representantes de medio centenar de países, ha puesto el foco sobre los beneficios extraordinarios que las empresas energéticas, especialmente las petroleras, están logrando con el alza de los precios ligados a la guerra en Oriente Próximo. Durante los primeros días de esta cita, los debates entre expertos y representantes de la sociedad civil se han centrado en buena parte en cómo financiar la transición energética necesaria para que el calentamiento global se quede dentro de los límites menos catastróficos. Y la fiscalidad sobre las empresas de combustibles, principales causantes del cambio climático, está en ese debate, como también otras medidas como la reducción de la deuda externa de los países o los mecanismos de arbitraje internacional que permiten a las multinacionales demandar a los Estados si anulan proyectos fósiles.
Pregunta. Estoy de alquiler y mi contrato vence el 7 de octubre del 2027. He recibido una llamada telefónica del casero que me dice que tengo que abandonar el piso el 1 de octubre de este año, ya que un hermano lo necesita. ¿Tengo que abandonar la vivienda en esa fecha? ¿tienen que esperar a que finalice mi contrato para pedirme que me marche? Ángel L.