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The Waterboys puede ser la banda que más músicos ha tenido en sus filas en la historia del rock. Desde su fundación en 1983 hasta ahora, el total de artistas que han actuado o grabado con el conjunto asciende a 96. Es casi el triple de miembros que decía haber tenido Spinal Tap, el grupo surgido de un hilarante falso documental que exageraba los clichés del universo melenudo. Por eso, es inevitable arquear una ceja cuando su líder y única figura permanente, Mike Scott (Edimburgo, Escocia, Reino Unido, 67 años), dice que la formación ya “no necesita cambiar, puede quedarse así”. “A lo largo de los años, he encontrado a intérpretes tan versátiles que pueden tocar muchos tipos diferentes de música”, asegura por videollamada. “Llevamos ya seis o siete años con una formación estable y siempre se nota fresco. Cuando tienes a las personas adecuadas, no hace falta cambiar”. Habrá que creerle.
Se concentran en los lugares más emblemáticos de Europa: junto al Coliseo romano, la torre Eiffel en París o el Hyde Park de Londres. En Madrid, por ejemplo, decenas de triciclos motorizados avanzan lentamente frente al Palacio Real. Esperan a que alguien se acerque y, si hace falta, lo invitan a subir a la pequeña cabina para venderle una “experiencia inolvidable”.
“Rescatar la identidad de un territorio, encapsular en una caja de metacrilato parte de lo que somos”. Así analiza la profesora Natalia Juan el significado de las imágenes que han marcado un nuevo episodio en la historia milenaria del monasterio de San Juan de la Peña (Huesca). En ellas se ve cómo el pasado 13 de agosto técnicos del Gobierno de Aragón y militares de la UME (Unidad Militar de Emergencias) evacuaban en contenedores transparentes los restos óseos de los primeros reyes de Aragón, ante la amenaza del fuego. “Supone conservar la historia de quienes quisieron enterrarse allí cuando se estaba construyendo el Reino de Aragón; es algo muy importante y simbólico”, añade la historiadora, que investiga el pasado del enclave desde hace un cuarto de siglo. El incendio ha arrasado miles de hectáreas, pero el monasterio viejo —y los huesos de los monarcas— han sobrevivido al fuego. Una vez más. “Cuando llegaron los franceses en 1809, incendiaron el monasterio nuevo (ubicado en la parte superior de la montaña), pero respetaron el antiguo porque allí estaban los restos de los reyes de Aragón”, relata Natalia Juan.

Han ocurrido muchas cosas en los 13 años que José Mourinho ha pasado fuera de España, algunas de ellas con Vinicius Jr. como triste protagonista. Un juzgado condenó a tres aficionados del Valencia por un delito contra la integridad moral con agravante de discriminación por motivos racistas. Ocho meses de cárcel para cada uno por “gritos, gestos y cánticos” proferidos contra el futbolista brasileño “con evidente desprecio al color negro de la piel del jugador”. No fueron las únicas personas que lo insultaron aquella tarde. Ni tampoco fue el único partido, ni el único estadio, en los que Vinicius Jr. se sintió agredido, no por jugar en el Real Madrid, sino por ser negro. Hace poco más de un año, otro juzgado condenaba a cuatro miembros del Frente Atlético a penas entre los 14 y 22 meses de prisión por colgar un muñeco con su camiseta de un puente.
Francia, verano de 1966. Junto a los superéxitos de la angelical Mireille Mathieu y de ídolos yeyé tan pulcros como Sheila o Salvatore Adamo, hay otra canción bastante más gamberra que las radios están pasando en bucle para alborozo de los oyentes. En ella, un niño de ocho años escribe una carta a sus padres desde un campamento vacacional. El estribillo parece inofensivo: “Las bonitas colonias de vacaciones / gracias, mamá, gracias, papá / Todos los años quisiera que volvieran a empezar / ¡Yucaidí, aidí, aidá!”. Sin embargo, aquello pronto adopta otra deriva: “Toso un poco porque respiramos el humo de la fábrica de al lado / Pero jugamos justo enfrente, en el vertedero municipal”. Y después: “Por la mañana vamos a rebuscar en la basura / Los monitores no son malos: / se pasan roncando tres cuartas partes del tiempo de la cogorza que llevan”. No a todo el mundo le hace gracia, así que habrá consecuencias.
Aunque muchos descubrieron el producto estrella de Charlotte Tilbury la semana pasada gracias a una promoción de la revista Elle, el Beauty Light Wand lleva casi una década en circulación. Charlotte Tilbury lanzó la primera versión en 2017 como un iluminador líquido con aplicador de esponja. Dos años después amplió la gama con Goldgasm, Pinkgasm y Peachgasm, tonos que ya se movían entre el iluminador y el colorete. Pinkgasm terminó convirtiéndose en el gran fenómeno. En 2021, Vogue US hablaba de 41.000 personas en lista de espera y Allure de más de 50.000, después de meses agotado.

Si hablamos de deporte, ir bien equipado siempre es importante. Para salir a correr, se necesita una riñonera de running donde guardar las pertenencias; para jugar al pádel, unos grips para la pala. Cada disciplina tiene sus propios accesorios y todos cumplen su función, pero hay algo que tienen en común: ninguno sirve de mucho sin una buena base. Y ahí es donde entra en juego la ropa deportiva ligera. Junto con el pantalón corto, una camiseta de manga corta es uno de esos básicos imprescindibles.




Las nuevas balas huelen a pólvora vieja en Bruselas, una ciudad que, en los últimos años, ha sufrido múltiples tiroteos ligados a bandas de narcotraficantes que se disputan una ciudad clave en un país estratégico para la distribución de la droga en toda Europa. Pero la última oleada de incidentes armados —hasta siete tiroteos en apenas una semana, uno de ellos contra una comisaría capitalina— ha hecho brotar una ira ciudadana muy fresca ante una clase política a la que acusan de inacción, mientras esta anda enzarzada en acusaciones mutuas sobre quién es responsable de la insostenible situación (en eso sí que coinciden todos).
Si tuviese que formar un comando letal en plan Los mercenarios, no iría a buscar gymbros ni contrataría Miamis como aquellos que supuestamente contactó Ana Obregón para dar una paliza a Jaime Cantizano (esta anécdota no debe caer nunca en el olvido); iría a las colonias felinas urbanas y reclutaría a sus cuidadoras. Hablo en femenino porque en los desempeños que implican cuidados y aportan poco reconocimiento social, el número de mujeres siempre es superior. Tendría que mentirles y decirles que el objetivo final es salvar un minino, pero una vez cameladas, su fiereza y fidelidad están garantizadas. Son implacables. Llueva, nieve o turre el sol, nunca desatienden a los gatos, esos que nos pirran en reels cuquis, pero molestan en las ciudades porque molesta todo. Suelen visitarlos a horas intempestivas para evitar que, a pesar de tener permiso municipal, las insulten o agredan y muchas veces se encuentran a sus protegidos heridos o envenenados porque el ser humano es el peor animal sobre la tierra. No tienen ayudas y no es su trabajo, es un voluntariado. Lo hacen por amor.

Blanca Suelves (Lima, 58 años) era tan joven cuando debutó como modelo que llegó a su primer desfile vestida con el uniforme del colegio Sainte Bernadette. A sus entonces 16 años, nunca se había puesto un traje largo ni se había subido a unos tacones. Tampoco se había maquillado ni había ojeado una revista de moda. No sabía nada sobre esa industria, pero aceptó sin pensarlo la invitación del diseñador Jorge Gonsalves para desfilar en la semana de la moda de Madrid. “Estaban todas las tops del momento, que en esa época eran muy altas: Celia Forner, Paola Dominguín, Olatz, Helena Barquilla, Mónica Boada… Y luego estaba yo”, recuerda. “Como no sabía con quién hablar, me senté en el suelo. De repente, una de ellas me preguntó si había desfilado alguna vez. Le respondí que no. Me llevó a un pasillo y me hizo practicar. Desfilé por primera vez con un vestido largo azul y con mucha gente conocida de Madrid invitada a aquel desfile”.