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“¿Por qué te portas así con mi país? ¿Qué te habíamos hecho?”. Lothar Matthäus no paraba de preguntar a Carles Puyol sobre el gol que marcó a Alemania en la semifinal de la Copa del Mundo de 2010. Ambos se habían encontrado en un hotel de Johannesburgo dos días antes de la final que disputarían España y Países Bajos y el célebre centrocampista quería saber cómo era posible que aquel central azulgrana se hubiera impuesto a la defensa de la Mannschaft en el área pequeña, a la salida de un córner botado por Xavi, para marcar en el minuto 73 el 1-0. Puyol no supo responder de manera convincente a Matthäus.

El verano de 2026 en Europa tiene muchas papeletas para recordarse como uno de los más mortíferos debido a un clima cada vez más extremo por el calentamiento global. Las durísimas olas de calor encadenadas convirtieron al mes pasado en el junio más cálido en Europa occidental desde que hay registros. Las temperaturas disparatadas han dejado un reguero de muertes, muchas de ellas personas con dolencias previas que se vieron agravadas. 6.000 en Alemania, un millar en España, 2.000 en Francia, 1.200 en Bélgica... Son los recuentos provisionales, basados en aumentos estadísticos de la mortandad, de bajas causadas por ese asesino silencioso que es el calor.
El chaparrón del martes pasado en Madrid no fue impedimento para que cientos de personas se reunieran en Matadero en una fiesta que prometía revivir las canciones del verano de todos los tiempos. Todos querían disfrutar de los éxitos que transportan a los lugares donde uno fue feliz. ¿Hay algo más nostálgico que escuchar la música del verano en el que tuviste un romance, los viajes en coche con tu familia o las tardes de chiringuito con tus amigos? “La canción del verano es la típica canción que empieza por aquí [señala el oído], va bajando con ese estribillo y luego se quedan en el corazón”, explica Fernando Martínez, Fernandisco, antes de subir a pinchar al escenario que inaugura Los veranos de la villa del Ayuntamiento de Madrid.

Arrasaron en el año 2000 en la MTV con un título que recogía bien el Zeitgeist de su época: Jackass. En castellano, gilipollas. La serie iba de eso, de una cuadrilla de gilipollas (todos hombres y casi todos blancos, quizá una premonición del trumpismo) haciendo el ídem. Retos de borrachos, descerebramientos, golpes, fracturas, tortazos sin ton ni son… Al público le chifló ver a esta panda de veinteañeros comportarse como cenutrios en los escenarios más diversos. La franquicia ha llegado hasta hoy: se acaba de estrenar la última película, Jackass: lo mejor para el final.
Toca agarrarse, que vienen curvas, o sea, titulares de aquellos a cinco columnas, que se decía. “La moda actual pisa sobre cadáveres”. O: “Soy una persona tóxica para esta industria”. Y también: “John Galliano va a morir siendo el más rico del cementerio, pero lo de Zara es una vergüenza”. Es lo que tiene hablar con Miguel Adrover (Calonge, 61 años), que le pones la grabadora delante y dispara ráfagas verbales sin tregua. Lo que, seguramente, esperaría cualquiera que sepa del diseñador y artista mallorquín. He ahí la cuestión: parece que se le indujera a soltar bombas de relojería de forma casi pavloviana, periodistas o cuentistas a la caza de la declaración explosiva, el escándalo para alimentar un rato el algoritmo. El problema es que nadie, o casi, se para a escuchar lo que realmente quiere decir tras la detonación, verdades que otros apenas se atreven a susurrar y que dan cuenta de una filosofía de la resistencia indigesta aún para el negocio del vestir. Tanto ruido contrasta con el silencio rural de su pueblo, al sudeste de Mallorca, que tampoco es idílico: suena a combate, un poco a trinchera. Quien espere encontrar refugiado en él al mártir melancólico del diseño español, el genio que una vez puso de rodillas a la aristocracia de Manhattan con un vestido confeccionado con camisas de soldados muertos en la guerra de Vietnam, autor de uno de los capítulos más emocionantes de la moda global entre 1998 y 2012, se topará con una suerte de asceta indomable disfrutando la desaparición voluntaria. Parte inapelable de la narrativa indumentaria contemporánea —la sostenibilidad, la crisis climática y migratoria, el feminismo, la homofobia y la islamofobia ya estaban en su discurso—, su trabajo conserva algo extraordinario, extinguido en el resto de casi todos los que fueran sus colegas: peligro.
Es febrero de 2008. Es antes de ayer, pero también es hace siglos. Es un Hollywood mucho más naíf, menos milimetrado. Es esa época en la que las revistas a todo color se despachan como churros en los lineales de los supermercados (y en los quioscos, cuando todavía había). Y esos últimos coletazos en los que los famosos, hiperexpuestos, microscópicamente analizados, siguen siendo estrellas casi inalcanzables; donde hay exclusivas, sorpresas, sin los planificados circos de las redes sociales (Facebook era público desde hace año y medio, el entonces Twitter era embrionario e Instagram y TikTok no existían). Entonces, en una alfombra roja relativamente pequeña, la de los premios del cine independiente estadounidense, aparecen Brad Pitt y Angelina Jolie. Agarrados de la cintura, él con el pelo disparado, chaqueta de pana y gafas de aviador; ella, con la melena castaña, el ojo muy oscuro y un vestido negro sin nada que ocultar: está embarazada. Otra vez. Por sorpresa. No es niño ni niña (como Shiloh, su primera hija biológica, que llegó dos años antes): son las dos cosas, porque vienen mellizos. Nacerían unos meses después y serían los dos últimos de los seis hijos de los por entonces llamados Brangelina. Este 12 de julio, esas criaturas cumplen 18 años. Y ni ellos, ni sus padres, ni sus hermanos, ni Hollywood, ni el star system son una sombra de lo que fue.
Yo quiero que todos los corruptos que ha habido en la España democrática me pidan perdón. O por lo menos los de los últimos 20 años, que no me gusta ser avariciosa. Hay una página de internet, corrupción-ppsoe.es, que es una base de datos de los mangoneos de ambos partidos. Ignoro quién está detrás de la web y quizá sea una mano muy negra, pero no cabe duda de que se lo han currado. Documentan minuciosamente 143 casos judiciales del PSOE y 261 del PP (ojito con ampararse en eso de “pues ellos más”, a mí una sola tropelía ya me parece indecente) y resulta desoladora, sobre todo teniendo en cuenta que faltan muchas marrullerías en este cómputo, como las flamantes pujoladas o las borbonadas del anterior rey. Para peor hay muchos empresarios y políticos picaruelos que terminan saliendo de rositas porque el delito ha prescrito, o porque alegan defectos procesales, o porque la corrupción de esa envergadura es siempre difícil de probar. Pues eso. Quiero que todos ellos me pidan perdón por robarme no solo el dinero, sino, sobre todo, por arrebatarme la fe en el género humano y la confianza en la democracia y las instituciones.

La guerra de las palabras es el título de un libro del profesor de Historia y Asuntos Internacionales de las Universidad de Princeton, Harold James; un recorrido por un lenguaje político infectado, dice, de palabras “demonizadoras” y de otras que han alcanzado el límite de su utilidad. Palabras y más palabras que dejan de servir para entenderse en la tribuna del Congreso y en los bares con los amigos.
El cambio climático ha llegado al hemisferio norte. A la vieja Europa, con países habitualmente más preparados para el frío que para oleadas de calor frecuentes e intensas. El consenso científico comienza a asegurar que este verano será el más fresco que quede de nuestras vidas porque los que le sigan serán más abrasadores aún. No se trata de una excepción. Paradójicamente esta situación pilla a la opinión pública en una especie de “fatiga climática”, en la que, ante el volumen de otros problemas (guerras, tecnología, geopolítica…) el pacto verde europeo pierde fuerza.
El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.