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Mustafá Darduna observa silencioso mientras Rushdi Hamada, fisioterapeuta de la clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Ciudad de Gaza, comprueba las medidas de su cabeza y le ajusta una nueva máscara transparente, por debajo de su barbilla y hasta detrás de las orejas. Las cicatrices de las quemaduras sufridas hace un año durante los ataques aéreos israelíes sobre la Franja asoman a ambos lados del rostro de este niño de 10 años con mirada profunda y triste.

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, inauguró en 2020 un monumento en homenaje a los llamados “últimos de Filipinas”, el grupo de 50 españoles que se atrincheraron durante un año en una iglesia de la isla de Luzón sin saber que España había entregado el archipiélago a Estados Unidos en diciembre 1898, poniendo fin a tres siglos de ocupación colonial. El regidor cumplía así la promesa electoral que hizo a sus votantes, en desquite al rechazo a rememorar aquella “gesta” por parte del anterior Gobierno municipal, liderado por Manuela Carmena. Donde unos hablaban de “héroes”, otros decían “soldados de un ejército colonial”.

Manuel Marlasca es un hombre hecho de historias: las que narra desde hace décadas como periodista de sucesos, las que ha encontrado al abrigo de la literatura como lector infatigable, las que ha escuchado a sus fuentes, las que arma en sus novelas. En la segunda, Hasta que te quedes (Destino), continúa con las peripecias del grupo X de la Policía Judicial, una trama muy policial que presta especial atención al universo de los investigadores. “Escribo novelas para que la gente se lo pase bien, no para que los policías se lo pasen bien”, se defiende. “Hago una ficción realista donde se respetan procedimientos, rangos, unidades, y a partir de ahí, es cierto, alguien puede pensar que es para policías, pero yo escribo pensando en ese señor que está en su casa y no puede dormir bien y se lee 100 páginas del tirón”.

No habrá una butaca libre en el Roig Arena. Nadie ha querido perderse un partido, el Valencia Basket-Panathinaikos, que está considerado como la madre de todas las batallas. Después de cuatro duelos tremendamente intensos, en el desenlace ya de una serie excepcional por su igualdad (nunca ha habido una eliminatoria tan igualada: la victoria más amplia ha sido por solo cuatro puntos), una rivalidad encarnizada (el presidente del club griego ha sido sancionado y los dos entrenadores fueron expulsados en el tercer encuentro) y un baloncesto supremo, dos equipos indómitos que se niegan a despedirse de la Euroliga se reencuentran este miércoles (21 horas, #Vamos) en el quinto y último asalto para conocer al cuarto participante en la Final Four (del 22 al 24 de mayo en Atenas) y el rival del Real Madrid. La otra semifinal ya está definida: Olympiacos contra Fenerbahçe.
La ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Milagros Tolón, afirmó recientemente que “el problema del fútbol es que hay muchos hombres”. Sin contexto ni explicación, la formulación redujo un asunto complejo a un titular fácil. El problema del fútbol —como el de muchas otras industrias— no es la presencia de hombres, sino la escasa diversidad en los espacios donde se toman las decisiones. Y en este punto, el deporte profesional presenta una anomalía difícil de ignorar. Los datos son elocuentes. En España, de 67 federaciones deportivas, solo una está presidida por una mujer: Elisa Aguilar, en baloncesto. En Primera División, solo Marian Mouriño preside un club, el Celta de Vigo, y apenas un 10% de los puestos directivos están ocupados por mujeres. La mitad de esos clubes no cuentan con una sola mujer en sus juntas directivas. A nivel global, de las 211 federaciones miembro de FIFA, solo 10 tienen presidenta y 24 cuentan con secretaria general.
En el tercer episodio de Yo siempre a veces, la serie creada por Marta Bassols y Marta Loza, Laura, la protagonista, les pide a sus amigas que, aunque hayan organizado una fiesta, no consuman drogas ni se emborrachen en la casa donde conviven con su bebé. Cuando algunas incumplen, Laura se enfada y siente que ella misma ya nunca más será capaz de disfrutar así de esos excesos. En este caso, las circunstancias y la mirada de Laura han cambiado debido a su reciente maternidad. Pero a veces la situación personal varía por el efecto negativo de algunos consumos: los problemas familiares, sentimentales o laborales o las alteraciones de salud, además de unas resacas cada vez más largas, son las consecuencias de una vida nocturna demasiado intensa, y quien las padece siempre se plantea bajar el ritmo.
La estadounidense Caro Claire Burke ha debutado a lo grande con su novela Yesteryear (AdN), protagonizada por una tradwife famosa en internet. Como todas las influencers ultraconservadoras, vende una imagen idílica de un pasado que no existió, algo que descubre cuando un día se despierta en 1885. El libro es mordaz y adictivo y con él la autora ha logrado ganar tanto o más dinero que aquellas a las que retrata a través de Natalie, su antiheroína. La venta de los derechos de publicación alcanzó siete cifras en la puja entre editoriales y ya está en proceso de adaptación al cine con Anne Hathaway como Natalie, el personaje principal. Más allá de cualquier crítica literaria, ya es uno de los títulos del año.
En la última hora, cuatro de las cinco mujeres que han entrado a este salón de uñas en el barrio madrileño de La Latina han pedido el servicio de uñas acrílicas con una extensión superior al centímetro y medio. Los estilos varían: almendra con francés, cuadradas a un solo color o stiletto a negro con brillos en el dedo anular. “A nosotras nos mola y no lo sentimos invasivo para nada, no te toma ni un día acostumbrarte a coger el teléfono, las llaves, lo que sea”, dice Sofía, una joven de 21 años que ha acudido al sitio con su amiga Laura. Ambas se han realizado la manicura con uñas acrílicas porque “dura más que el semipermanente” y tienen un viaje a la vuelta de la esquina y quieren lucir sus nuevas uñas en las fotos.
Las cerámicas de Aniana Heras (Sigüenza, 46 años) son un cruce entre obra artística, diseño y artesanía. Este híbrido, cada vez más habitual en el ámbito de la creación contemporánea, se da en ella de una forma natural y coherente, como por acumulación evolutiva. Su obra mezcla escultura, concepción desde el diseño y una elaboración a partir del aprendizaje y las herramientas de un oficio artesano. De este modo, sus esculturas cerámicas combinan una base de formas más o menos arquetípicas, hechas en el torno, a las que después añade una estructura que va elaborando con colombines y, a veces, con planchas. Pueden ser también obras murales, solo que, en este caso, van sin base hecha en el torno.

Hubo un tiempo en el que en la muy verde Gran Bretaña surgió un grupo de escritores, dramaturgos, artistas y cineastas que decidieron poner la casa patas arriba. Les llamaron “los jóvenes airados”, jóvenes que, naturalmente, tiempo después fueron absorbidos por el sistema con su tradicional eficacia. De la ira al confort, una evolución que resulta atractiva para quienes llegaron después.