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Avanzado el desembarco del crucero antártico MV Hondius y con las informaciones de que no había personas con síntomas a bordo, expertos y autoridades sanitarias confiaban durante la madrugada de este lunes en que la crisis sanitaria creada por el brote de hantavirus enfilara una última fase que podía ser larga —las cuarentenas duran hasta 42 días— pero tranquila.
No es la primera vez que Antonio Maíllo (Lucena, 59 años), candidato de la coalición de izquierdas Por Andalucía, se enfrenta como cabeza de lista a una campaña en la comunidad. Lo hizo en 2015, ante un Podemos en auge y tras el final abrupto del Gobierno de coalición en la Junta con el PSOE de Susana Díaz. Ahora el político cordobés se dice “tranquilo”. La experiencia y el cáncer de estómago que superó hace unos años han puesto todo en perspectiva. Después de dos debates televisivos en los que se ha esforzado en diferenciarse de Adelante Andalucía, el coordinador federal de IU reivindica la utilidad de su papeleta, liga su futuro a lo que pase el 17-M y tiene claro que lo que suceda en Andalucía será “determinante para las generales” .


La victoria de la ultraderecha de Giorgia Meloni en Italia en 2022 significó la llegada al poder de un grupo político que siempre había estado alejado de él, incluso marginado en la vida pública. Por eso lo vivieron con euforia como la hora de una revancha histórica con un objetivo ambicioso: derribar la teórica hegemonía cultural de la izquierda e instaurar y reivindicar una propia. Comenzó entonces una guerra cultural en toda regla, en busca del patriotismo, la tradición y los valores conservadores, basada en la colonización de las instituciones con personas afines ideológicamente. Casi cuatro años después se puede constatar su fracaso, señalado incluso por autores respetados del mundo conservador. “Solo vagos anuncios, mucho humo, un poco de retórica de mitin y alguna hipocresía”, denunció el pasado mes de diciembre en un sonado artículo el filósofo conservador Marcello Veneziani, referencia cultural de la derecha.
La tragedia de los desaparecidos en México ha dejado hace mucho de ser una emergencia coyuntural para convertirse en una herida estructural del país. Más de 132.000 personas siguen sin ser localizadas, según el último informe presentado por el Gobierno federal, una cifra que por sí sola retrata el fracaso acumulado de décadas de violencia, impunidad, corrupción y abandono de las víctimas.

¿Acaso pueden ser jerarquizados los delitos que han sido comprendidos en los crímenes de lesa humanidad? La sospecha sobre potenciales obligaciones económicas en el caso de suscribir una declaración política y moral —carente de consecuencias jurídicas, según se apresuró a subtitular la noticia la mayor parte de la prensa europea—, ¿justifica negar un cúmulo de evidencias y una llamada a promover derechos humanos dando a conocer la raíz de su vulneración? La resolución 80/250 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 25 de marzo pasado con el amplísimo respaldo de 123 países, declaró “la trata de africanos esclavizados y la esclavitud realizada a africanos como el crimen de lesa humanidad más grave”. Los argumentos y las dudas con las que iniciamos este artículo fueron esgrimidos por los tres estados que votaron en contra y por los 52 que se abstuvieron, entre estos, el Reino Unido y los países de la Unión Europea. Mientras en varias regiones del mundo se libra la defensa del multilateralismo, en la sede de Naciones Unidas se evidenciaba cómo el juego lo practican jugadores plurales y el llamado Sur Global ofrecía un cerrado respaldo a la iniciativa auspiciada por Ghana en representación de la Unión Africana y la Comunidad del Caribe (Caricom).
Esos a los que nadie conoce, de quienes nadie sabe. Esos que se dan por supuesto: porque siempre están. Esos que tienen el trabajo tan tasado que no tienen casi tiempo de publicar en sus redes, ni de compartir memes, ni de esparcir el miedo. Esos que tienen sus propios miedos y su propio nervio y que, en cambio, imponen la templanza de su oficio. Esos que suben al barco para atender a los contagiados o que repasan con un test al conjunto del pasaje. Esos que se enfundan los trajes de aislamiento y cumplen con su deber sin que nadie hable apenas de ellos.
El pasado lunes 4, los tres grandes partidos progresistas de Alemania —socialdemócratas, verdes y La Izquierda— publicaron el mismo mensaje en sus cuentas de X (antes Twitter). “En los últimos años, X se ha hundido en el caos. Los debates políticos viven de la conversación, que alcanza e informa a las personas. Por su parte, X promociona la desinformación de forma creciente. Por ello, dejamos de utilizar esta cuenta”.
Durante décadas, el trabajo fue mucho más que un modo de subsistencia. El empleo proporcionaba una identidad y una promesa: que con esfuerzo, la vida iría tomando forma y la constancia sería recompensada. Hoy ese pacto parece sepultado bajo la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda y la total avería del ascensor social.

En su último libro, La respuesta (Destino), el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, madrileño de 71 años, recorre los momentos estelares de la evolución humana. Están los vivos —nosotros—, los desaparecidos —como los neandertales—, y los que están a punto de desaparecer —los grandes simios como chimpancés, orangutanes y gorilas—. Al contrario que otras veces, el codirector de Atapuerca se moja: dice claramente su opinión sobre múltiples teorías que intentan responder las preguntas más importantes: ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿hacia dónde vamos? Contra todo pronóstico, es un libro luminoso, que rezuma admiración por nuestra propia especie (posiblemente el producto más rápido, sorprendente y temible de toda la evolución), y amor a la naturaleza. A pesar de nuestras agresiones, Arsuaga cree que tenemos futuro: “Algo maravilloso va a ocurrir”, escribe. Estos días prepara una gran exposición sobre evolución humana —Crania, cráneos— que se inaugurará en septiembre en Burgos. Dice que no se jubilará hasta que lo hagan Bruce Springsteen, Matías Prats y Marie Claire-King.



No quieren que se convierta en una vieja gloria, en uno de esos lugares, en su día espléndidos y lujosos, venidos a menos por la falta de cuidado. Ante una mirada inexperta, la hípica del Real Club de Campo Villa de Madrid es como un pequeño pueblo envejecido por el paso del tiempo. Se nota que las instalaciones no son nuevas, hay bancos ajados y falta pintura en vallas y postes. Si quien mira es un jinete habitual, un profesor de equitación o un abonado que lleva toda la vida montando, la imagen cambia: “Instalaciones lamentables”, “decadencia”, “chapuzas”, “improvisación”, “riesgo para los caballos”. Son palabras de inquietud que solo se compartían en conversaciones privadas o por grupos de WhatsApp. Hasta el pasado febrero. Más de 100 personas firmaron entonces una carta de seis páginas dirigida al gerente del club, Juan Carlos Vera, histórico del PP, en la que denuncian el deterioro progresivo de las instalaciones: barrizales, heces acumuladas, escasa o nula limpieza, pistas impracticables o falta de suministros, entre otros. Esto, dicen en el texto y a este periódico, ha llevado a un aumento de accidentes y lesiones en los corceles.
