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Como hombre de fútbol, Didier Deschamps admitió la palmaria superioridad técnica española sobre Francia, aunque dejó sus dudas sobre la preparación del colegiado, el salvadoreño Iván Barton en M6. “Los jugadores están desolados», declaró Deschamps tras el partido. “Pero hay que ser lógicos, fuimos técnicamente inferiores. Es culpa nuestra. Pero voy a preguntar: ¿estuvo el árbitro a la altura para arbitrar una semifinal? No voy a responder a eso. Hubo varias situaciones… Pero la razón principal es que simplemente no estuvimos a la altura, con algunos errores técnicos, pases que podrían haber generado ocasiones. Este es el máximo nivel, aunque duela. Jugaremos el partido por el tercer puesto. No quiero desestimar todo lo que se ha hecho, pero en este partido, España demostró algo más".
El enfrentamiento ya tenía suficiente carga política: dos vecinos históricos, enfrentados en la efeméride de la toma de la Bastilla, por un acceso a una final mundialista con la que Francia concatenaría tres finales seguidas y España alcanzaría la segunda de su historia. Y, por si fuera poco, el expresidente popular Mariano Rajoy decidió el sábado enturbiar aún más la previa del partido con una columna publicada en El Debate titulada “Hoy llegó el desquite”. La pieza contenía declaraciones consideradas por Francia como “racistas” y “estúpidas”, según el Ejecutivo de Sébastien Lecornu. “Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, escribió entonces el expresidente.
Ya no es casualidad: en las grandes citas, Mikel Oyarzabal. En Berlín, cuando España derrotó a Inglaterra para llevar la cuarta Eurocopa a las vitrinas de Las Rozas, el delantero de la Real Sociedad, ese tipo serio que compaginó el campo con las aulas —se graduó en ADE—, apareció para firmar la victoria. Ayer, contra Francia, volvió a dejar su huella. Nada menos que para mandar a España a la final del Mundial.
Como la historia de España está llena de terribles paradojas, uno de los jugadores más talentosos y únicos de la historia de la selección, Míchel, fue señalado en Italia 90 por no saltar en la barrera de la falta que Dragan Stojkovic ejecutó para Yugoslavia echando a España en octavos de final.

Y sí, España volvió a una final de la Copa del Mundo 16 años después. La de Dallas, ante Francia, fue una actuación coral del equipo, como todas las de esta edición de la Copa del Mundo, pero con mucho más colmillo. El combinado dirigido por Luis de la Fuente no depende de una individualidad, aunque sí se sostiene por dos figuras clave: Rodri Hernández y Aymeric Laporte. El centrocampista del Manchester City y el central del Athletic Club sujetaron al equipo cuando alguna debilidad asomaba e iluminaron el camino de España hasta la segunda final de su historia. Rodri es el termómetro de esta selección. Batuta en mano, pone el tiempo y frena y acelera el juego cuando él lo demanda. Y Laporte parece haberse sacudido una temporada irregular con su club y está al nivel imperial de la Eurocopa 2024.