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La sentencia del Tribunal Supremo sobre el abuso de la contratación temporal en el sector público, conocida este martes, lejos de zanjar la polémica que ya inunda los tribunales de todas las instancias con alrededor de 40.000 demandas va a disparar la litigiosidad laboral entre los empleados de las administraciones y organismos públicos. Así lo prevén expertos del mundo jurídico, académico o sindical, que coinciden en que el fallo del Supremo es denso y está bien armado, pero deja muchos flecos que deberán seguir cerrándose en los juzgados ante la falta una decisión del Gobierno para aportar soluciones por la vía legal.
Los rivales que parecen dispuestos a intentar destronar a Keir Starmer como líder del Partido Laborista británico son tres desde una perspectiva realista, y seis si se aceptan las especulaciones que manejan todos los medios británicos. Ninguno de ellos, hasta ahora, se ha decidido a lanzar oficialmente su desafío. Esa es la gran baza del primer ministro, que sabe que, aunque más de 80 diputados han reclamado su dimisión o un calendario para su retirada, no todos ellos están de acuerdo en respaldar a un mismo candidato. Divide y vencerás, parece ser la táctica de Starmer, que se aferra al cargo y desafía a sus rivales para que den ellos el primer paso.
La presión política ejercida por Estados Unidos contra el Tribunal Penal Internacional (TPI), por medio de las sanciones impuestas a ocho de sus jueces y tres fiscales, y a las entidades y ONG que colaboren con ellos, pone a prueba su resistencia vital. Sin embargo, todos los implicados siguen adelante con su trabajo, pese a que el grado de intromisión de Washington les impide incluso usar una tarjeta de crédito. Para un tribunal como este, sin una policía propia, la única forma de defenderse es a través de la legitimidad y el apoyo de los países.

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído tiempos convulsos para Latinoamérica. Nicolás Maduro ha caído en Venezuela. Cuba lleva meses bajo la asfixia de Washington. La derecha y la ultraderecha avanzan en la región bajo el impulso de la Administración republicana. Y las presiones para frenar la inmigración y combatir al narcotráfico son permanentes. Guatemala está en el centro de ese inmenso tablero geopolítico: es un paso ineludible en las rutas migratorias, un territorio asediado por las pandillas y los carteles, y el último resquicio progresista en una Centroamérica cada vez más seducida por los discursos de mano dura.


Yo entiendo a Isabel Díaz Ayuso cuando dice que ha pasado un “peligro extremo” en México por apoyar a Hernán Cortés y como consecuencia del terror que le produjeron las represalias se fue cuatro días a las playas de la Riviera Maya: pues claro. Tomar el sol es prioritario cuando la muerte acecha. ¿Quién no estuvo en una hamaca de la Riviera Maya con miedo a que apareciese de repente un sicario de Miguel Ángel Félix Gallardo y le furase el cuerpo, o peor aún: le disparase al mojito? Nadie. La vida no es como te la cuenta Netflix; la vida es hacer un viaje a México, homenajear a un tipo que llegó con un ejército a sangre y fuego y montar el pollo del siglo porque a los mexicanos, por la razón que sea, no les parezca bien esto. Y declararse —Ayuso— en “peligro extremo” como si los cárteles mexicanos no concibiesen que alguien hable mal de la presidenta del país: “Hasta aquí hemos llegado”. Ayuso debe viajar más. Cuanto más viaje Ayuso, mejor para Madrid y mejor para los articulistas, que podemos viajar a través de ella como viajaba el tío Matt de Los Fraguel y luego enviaba esas cartas loquísimas tipo “no entiendo nada, he ido a Alabama a alabar al Ku Klux Klan, que los enseñó a evitar el calor con las ropas, y no les ha gustado nada”. En fin. La victimización se está llevando a unos extremos tan desagradables que en un lugar en el que te matan si hablas de un narco, resulta que te la juegas si hablas de un señor de hace 500 años. Ha ido allí a montarla al estilo Jimmy Jump: montarla por montar, sabiendo lo que ocurriría (esto lo tiene estudiadísimo su asesor) y acusando al Gobierno, o a quien sea, de dejarla a merced del primer guionista que vea de lejos. Extremo peligro dice quien no pisó una aldea de la frontera, quien no tiene un padre inocente en la cárcel, quien vive de la indulgencia periodística de aquellos a quienes riega con dinero público porque si no, sin esa mordacita dorada, no se atrevería ni a decir la mitad de las cosas que con tanta impunidad cuenta.
La locución “buen provecho” atrae ciertas connotaciones sonoras. El Diccionario del Español Actual (1999), que dirigió el académico Manuel Seco, le otorga al mencionado sustantivo entre sus significados la equivalencia de “eructo”, como uso coloquial y “normalmente referido a niños”, con la variante “provechito”. En el María Moliner no figura nada sobre este particular asunto gástrico. O gásico. Y, por su parte, el Diccionario de las academias define “provecho” en la cuarta acepción como “eructo de un lactante”, pero lo circunscribe al español de Argentina y Uruguay. Sin embargo, desde mi infancia burgalesa yo también asocio el término con el regoldar de los infantes, y hasta el de los adultos que lo lanzan sin voluntad, para su propia sorpresa.
Los titulares del domingo tras las elecciones andaluzas se centrarán en las tres incógnitas de las encuestas: si Juanma Moreno mantiene su mayoría absoluta, si el PSOE acaba en la UCI o con traumatismos leves y si Vox toca techo (de momento). Pero hay una letra pequeña que nunca había sido tan pequeña e ilegible: ¿qué pasa con Antonio Maíllo y la unidad de la izquierda?
Avanzado el desembarco del crucero antártico MV Hondius y con las informaciones de que no había personas con síntomas a bordo, expertos y autoridades sanitarias confiaban durante la madrugada de este lunes en que la crisis sanitaria creada por el brote de hantavirus enfilara una última fase que podía ser larga —las cuarentenas duran hasta 42 días— pero tranquila.
No es la primera vez que Antonio Maíllo (Lucena, 59 años), candidato de la coalición de izquierdas Por Andalucía, se enfrenta como cabeza de lista a una campaña en la comunidad. Lo hizo en 2015, ante un Podemos en auge y tras el final abrupto del Gobierno de coalición en la Junta con el PSOE de Susana Díaz. Ahora el político cordobés se dice “tranquilo”. La experiencia y el cáncer de estómago que superó hace unos años han puesto todo en perspectiva. Después de dos debates televisivos en los que se ha esforzado en diferenciarse de Adelante Andalucía, el coordinador federal de IU reivindica la utilidad de su papeleta, liga su futuro a lo que pase el 17-M y tiene claro que lo que suceda en Andalucía será “determinante para las generales” .

