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Una buena gorra es uno de los accesorios imprescindibles para el verano. No solo ayuda a proteger nuestra cara del sol, sino que se convierten en un complemento ideal para diferentes looks. Esto es gracias a que se pueden comprar en una gran variedad de colores y diseños, permitiendo adaptarlas a numerosos estilos.




Nada más terminar la entrevista, se coloca su boina negra, unas gafas de sol oscuras y una sudadera también negra con un cuello alto que le cubre hasta la boca. Más que una leyenda de la salsa, Rubén Blades parece un ninja en una misión: llegar a pie hasta su restaurante favorito. Son apenas cuatro calles, pero caminar con él por el casco antiguo de Ciudad de Panamá es casi una carrera de obstáculos. Lo sabe bien y a sus 78 años marca un paso de vértigo, dejando atrás a su manager y al periodista que le acompañan. Pese a la ropa de camuflaje y el paso acelerado, no puede evitar que todo el mundo con el que se cruza acabe reconociéndole. Saluda amablemente a los policías, firma autógrafos y hasta se hace una foto que le piden desde un taxi que se ha frenado en seco al verle en la acera. Cuando por fin llegamos al local, no le hace falta mirar el menú. Pide directamente un ron y el plato estrella de la carta. Rubén Blades quiere El bistec de Rubén Blades.

Una frágil tregua permite estos días el retorno de miles de residentes al sur de Líbano. En esas aldeas humildes de la región, que Israel considera zona de combate en la guerra contra el grupo libanés Hezbolá, no se percibe alegría por el regreso ni pena por la devastación. Quienes vuelven funcionan como autómatas, sin haber procesado lo sufrido durante casi tres años frenéticos de ofensiva israelí, ininterrumpida desde que la organización proiraní se unió a la guerra de Hamás contra el Estado judío.
“Temí por mi integridad al ser trasladado de madrugada hasta Casablanca por personas armadas no identificadas”, aseguraba en la noche del miércoles por teléfono Ali Lmrabet (67 años), periodista marroquí crítico con el sistema, tras ser liberado. Fue arrestado el domingo a su llegada al aeropuerto de Tánger desde Barcelona, donde reside desde hace más de dos décadas junto con su familia española. Habla con la calma de quien espera una próxima jubilación, al término de una larga y sobresaltada carrera profesional, sin perder en ningún instante su habitual buen humor rifeño. Desde la casa de un amigo en la capital económica del país magrebí, se expresa en un fluido castellano con acento catalán y algunos ecos de pronunciación francesa, heredados de una educación universitaria en París.
La canción legendaria de la historia reciente de Portugal es un homenaje al tradicional cante alentejano. Hablamos de Grândola, Vila Morena, el conmovedor himno de Zeca Afonso, compuesto tras convivir con campesinos y grupos corales de la comunidad de Grândola, melodía que apuntaló la Revolución de los Claveles y el aura del 25 de abril. Patrimonio inmaterial de la humanidad desde hace 14 años, el cante alentejano vive una segunda juventud y su preservación, a juzgar por el interés con el que lo defienden viejas y nuevas generaciones, está en buenas manos. Además de las estrellas que lo reivindican, como Buba Espinho o Luís Trigacheiro, la tradición resiste en numerosos grupos corales de aficionados y, por supuesto, en los profesores que lo enseñan en las escuelas de Alentejo.
La noche del 15 de julio de 2016 se presentaba como cualquier otra noche de viernes. Los vehículos llenaban los puentes sobre el estrecho del Bósforo —de regreso a casa tras una larga jornada de trabajo, en dirección a los clubes y bares del centro de Estambul o para huir de la calurosa metrópolis turca en un fin de semana estival— cuando dos camiones cargados de soldados ordenaron detener el tráfico. Nadie se explicaba por qué (¿Una redada antiterrorista?¿Una maniobra militar?). Pero la imagen congregaba todos los fantasmas de la historia moderna de Turquía.

No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

Aliança Catalana ya ha empezado a devorar al partido de Carles Puigdemont. Cuanto más crezca en las encuestas la nueva formación, más se despegará Junts del Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca como ahora había estado el espacio de Puigdemont en una zona de tanto riesgo político. Este lo ha apostado todo a su amnistía, y no está claro que logre superar el envite de Sílvia Orriols, como heredera en disputa del vacío que dejó la vieja Convergència.
En las últimas décadas se ha fraguado en el sistema sanitario público español lo que podría definirse como una tormenta perfecta. Por un lado, se registra un aumento de la demanda sanitaria debido al rápido crecimiento de la población y por el envejecimiento general, que genera una mayor prevalencia de enfermedades crónicas. Por otro, este fenómeno ha coincidido con el inicio de la jubilación masiva de la generación de profesionales que levantó el sistema público, sin que se haya previsto de forma adecuada su sustitución. El resultado es un déficit de facultativos que el Ministerio de Sanidad estima para el año próximo en unos 9.000, y que contribuye a engrosar problemas como las listas del espera, sobre las que el 81% de ciudadanos creen que han empeorado o siguen igual, según un reciente sondeo del CIS.