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El taxista Tyrone Smith espera paciente a lomos de su moto en la frontera entre Gibraltar y La Línea, acompañado de su amigo, con el que comparte nombre de pila y profesión. Espera paciente a que el reloj marque la medianoche. Los nervios están a flor de piel. Viene de tomar algo con su amigo en un bar de La Línea, se les hizo tarde y ahora están ahí apostados justo en las puertas históricas de la Verja. Miles de personas esperan en el lado español, embriagadas por la victoria de España en el Mundial. El reloj avanza; el martes se convierte en un histórico miércoles 15 de julio. Los vítores y gritos se vuelven ensordecedores. “La cosa pintaba mala, pero esto es histórico. Estoy muy feliz”, acierta a valorar Smith, quien arranca la moto y pasa el antiguo puesto fronterizo. Paradojas de la vida: un gibraltareño acaba de convertirse en el primer ciudadano en cruzar desde el lado español hasta el británico.
Antes del estallido último, del rugido de éxtasis colectivo, en el estadio de Dallas, tierra de rodeos, se escucharon olés. Varios minutos de olés mientras España distraía el balón y Francia, el equipo más celebrado del Mundial, contemplaba desconcertado el final de una prodigiosa exhibición de fútbol. La Roja se clasificó para la segunda final mundialista de su historia con una función memorable con la que dejó a cero por primera vez en el torneo al equipo de Deschamps, el único equipo que había ganado todos sus partidos. Hasta que se encontró con España, el día que España sacó su versión mandona y hermosa. Como en la Eurocopa, pero distinto, porque no necesita ni a Nico Williams ni a Lamine. La selección de Luis de la Fuente se maneja ahora con un libreto inalcanzable que se pondrá a prueba de manera definitiva el domingo en Nueva Jersey, en la final de la Copa del Mundo, contra Inglaterra o Argentina (21.00, La1 y Dazn).
Como hombre de fútbol, Didier Deschamps admitió la palmaria superioridad técnica española sobre Francia, aunque dejó sus dudas sobre la preparación del colegiado, el salvadoreño Iván Barton en M6. “Los jugadores están desolados», declaró Deschamps tras el partido. “Pero hay que ser lógicos, fuimos técnicamente inferiores. Es culpa nuestra. Pero voy a preguntar: ¿estuvo el árbitro a la altura para arbitrar una semifinal? No voy a responder a eso. Hubo varias situaciones… Pero la razón principal es que simplemente no estuvimos a la altura, con algunos errores técnicos, pases que podrían haber generado ocasiones. Este es el máximo nivel, aunque duela. Jugaremos el partido por el tercer puesto. No quiero desestimar todo lo que se ha hecho, pero en este partido, España demostró algo más".
El enfrentamiento ya tenía suficiente carga política: dos vecinos históricos, enfrentados en la efeméride de la toma de la Bastilla, por un acceso a una final mundialista con la que Francia concatenaría tres finales seguidas y España alcanzaría la segunda de su historia. Y, por si fuera poco, el expresidente popular Mariano Rajoy decidió el sábado enturbiar aún más la previa del partido con una columna publicada en El Debate titulada “Hoy llegó el desquite”. La pieza contenía declaraciones consideradas por Francia como “racistas” y “estúpidas”, según el Ejecutivo de Sébastien Lecornu. “Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, escribió entonces el expresidente.
Como la historia de España está llena de terribles paradojas, uno de los jugadores más talentosos y únicos de la historia de la selección, Míchel, fue señalado en Italia 90 por no saltar en la barrera de la falta que Dragan Stojkovic ejecutó para Yugoslavia echando a España en octavos de final.

España llega embalada a la final de la Copa del Mundo después de negar al mejor surtido de delanteros solistas de Francia, finalista de las dos últimas ediciones y campeona en 2018, abatida sin discusión después de pasear como una reina por los estadios del Mundial 2026. El partido fue un acto de afirmación universal del fútbol coral y armónico del equipo español, especialmente sensible, delicado incluso en los goles e impermeable en defensa, imposible para el desquiciado Mbappé. Ninguna selección ama tanto a la pelota como España. Tanto que se la quedó para desespero de Francia. Nadie trata mejor al balón, desde el portero hasta el extremo izquierdo, de principio a fin, de área a área, cada vez más entonada y afirmada a partir de aquel sorprendente estreno ante Cabo Verde.