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El único recuerdo que Casimira Moreno tiene de su padre, Eusebio, es una imagen borrosa. Estaba subido, esposado, en la parte trasera del camión que lo trasladó de su domicilio en Peñalsordo (Badajoz) a un lugar desconocido. Era el 31 de enero de 1940. Casimira —que no llegaba a los cuatro años— ni sus dos hermanos ni la madre, Blasa, volvieron a verle vivo. Casi año y medio después supieron que murió de “neumonía” el 9 de marzo de 1941 en el penal de Orduña (Bizkaia). Eusebio Moreno tenía 40 años. Casimira recuerda que se enteró cuando su hermana mayor, con ocho años, comentó al cartero del pueblo que su madre había llorado mucho con la última carta y el cartero le respondió que no habría más.
Hay un fantasma benévolo que sobrevuela cualquier integral de los conciertos para piano de Beethoven dirigida desde el teclado: el de Daniel Barenboim. Javier Perianes lo asume sin reservas estos días en el Palau de Les Arts de Valencia, donde graba para Harmonia Mundi el ciclo beethoveniano al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. “Indiscutiblemente, él ha sido un modelo en esta manera de hacer los conciertos de Beethoven, y no solo para mí, sino para todos”, admitía el pasado viernes, pocos minutos antes de iniciar la segunda sesión de grabación.

Para cuando, en los primeros balbuceos de la democracia, aquel 4 de mayo de 1976, EL PAÍS salió a los quioscos, la ONCE llevaba ya casi cuatro décadas consagrada a una misión que muy pronto coparía las páginas más sociales del diario naciente: hacer de las personas con discapacidad, que por entonces sobrevivían de la beneficencia, ciudadanos de pleno derecho. La imagen más reconocible de la organización era la del vendedor ciego de cupones apostado en un rincón de la calle y vociferando las cantidades que los boletos repartían en premios; la síntesis de una red que sustentaba a las personas ciegas en un estado que apenas empezaba a hablar en alto sobre derechos sociales.


Los colores del logo, al que cariñosamente se refieren como Oncelio, representan cada una de las ramas de trabajo que, a lo largo de los años, el Grupo Social ONCE ha ido sumando a sus labores para la formación, empleo e integración de las personas con discapacidad.

Un leve tintineo anticipa la llegada de Eugenia Martínez de Irujo (Madrid, 57 años), vestida con un conjunto blanco salpicado de lentejuelas bordadas y diminutos cascabeles. Es una de las propuestas de Felicità, el nombre de la línea que ha creado junto a la firma francesa Antik Batik. Las 22 piezas de esta colección cápsula presentan como hilo conductor los dibujos florales de la duquesa de Montoro, plasmados en forma de bordados en vestidos, blusones y hasta en un chaleco inspirado en “el típico traje de corto” utilizado para montar en Andalucía y que conecta con su madre, la recordada duquesa de Alba, de quien este año se conmemora el centenario de su nacimiento. “Gabriella [Cortese, fundadora y directora creativa de Antik Batik] me dijo que quería también un toque del sur, y por eso están representados los volantes y en las faldas de rayas hay una enagüilla de puntilla”, explica Martínez de Irujo sobre las prendas.

Alberto Núñez Feijóo hizo las maletas para liderar el PP en Madrid con un brillante expediente de cuatro mayorías absolutas en la Xunta y mucho menos lustre en el apartado de elecciones locales. Le dejó a Alfonso Rueda, su sucesor al frente de los populares en Galicia, un mapa de poder municipal sin ninguna alcaldía en las ciudades y con una única Diputación, la de Ourense. En los comicios de 2023, Rueda ganó parte de lo perdido por su antecesor: logró el bastón de mando de Ferrol y sumó la añorada Diputación de Pontevedra. En la cita de 2027, su ojo está puesto en los gobiernos provinciales de A Coruña y Lugo y ha desplegado un plan para arañar poder en municipios clave aunque sea a base de persuadir a tránsfugas. En favor de su estrategia ha dictado sentencia el Tribunal Constitucional.

Hay paisajes cuyo significado cambia por completo según quién los observe. La cadena montañosa de los Pirineos, destino habitual de excursiones y turismo de naturaleza, se convierte para los geólogos en una especie de museo al aire libre. Y también en un laboratorio natural de aprendizaje para universidades y grandes compañías energéticas como Shell, Equinor o Petrobras. “Digamos que hay dos tipos de geólogos: los que han venido a los Pirineos y los que quieren venir”, resume Oriol Oms, catedrático de Geología Sedimentaria de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).



A mediados de los ochenta, The Clash no atravesaban su mejor momento. En un giro pasmoso, el líder Joe Strummer (Ankara, Turquía, 1952, fallecido en 2002 a los 50 años) y su controvertido mánager, Bernard Rhodes, prescindieron de media banda –el guitarrista Mick Jones y el baterista Topper Headon– por, presuntamente, mala conducta profesional. Mientras preparaba Cut The Crap (1985), álbum final del grupo, por el que recibiría sus peores críticas, Strummer se refugió en Andalucía para “sanar y curarse las heridas”, según contó al Diario de Granada en su única entrevista allí. También para recobrar ese anonimato que, por lo dispar de la situación geográfica, hacía pasar a una de las mayores estrellas de rock planetarias por un extranjero borracho en un bar cualquiera.


Hay muchas recetas nacidas de la escasez que son verdaderos manjares. La sopa de espárragos malagueña es otro buen ejemplo de cocina de campo, y tiempos donde había que apañarse con lo que daba la tierra en cada momento. En la provincia de Málaga –sobre todo en la zona del interior– los espárragos trigueros silvestres han sido durante muchos años un valioso recurso durante la primavera; como en tantas otras zonas de España (lo son aún hoy en día, si tienes la suerte de encontrarlos durante un paseo campestre). Si no tienes acceso a ellos, puedes prepararla con espárragos verdes corrientes, que están de temporada y a un precio razonable en el mercado o la frutería.
Domingo García mira con unos prismáticos la margen derecha y boscosa del río Guadalquivir desde el mirador Félix Rodríguez de la Fuente, en el parque natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, y suspira. “Allí arriba estaba el cortijo en el que nací y del que salí con nueve años”, me comenta. “Nos expropiaron, igual que a la mayoría que había por ahí, eso estaba lleno de aldeas, de cantidad de gente que había por ahí. Nos fuimos, unos un día; otros, otro día, y así. Llevamos en Cotorríos desde noviembre del 71”, recuerda. Domingo es la imagen viva de una generación que vivió la transición de una vida rural, dura y autárquica pero arraigada en unas montañas perdidas en los lindes de las provincias de Jaén y Albacete al desarraigo en pueblos de colonización, todos iguales, hechos durante el franquismo, como el de Cotorríos al que se refiere, donde se dio casa y una pequeña parcela a cambio de lo expropiado a quienes quisieron quedarse. La otra opción fue la emigración y el exilio en Barcelona, en Valencia o en Madrid para aquellos que decidieron, como cantaba Serrat, tomar su mula, su hembra y su arreo y seguir el camino del pueblo hebreo en busca de otra luna, a donde quizá les sonriera la fortuna.