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Comprar por internet tiene muchas ventajas si se hace de forma controlada y en sitios seguros. Además de evitar desplazamientos, colas y aglomeraciones, también se convierte en una manera rápida de encontrar descuentos especiales que solo se pueden adquirir online.




















La primera sacudida que produjo la IA, antes que en el mercado bursátil, fue en la lista de trabajos potencialmente amenazados por esos nuevos procedimientos. A grandes rasgos, los oficios resisten mejor el desafío, mientras que labores como la ingeniería, la gestión o la abogacía corren mucho más peligro de ser suplantadas por procedimientos automáticos. Una reciente clasificación oficial estadounidense sitúa casi todas las profesiones biosanitarias, desde masajista, a enfermera, fisioterapeuta o protésico dental, entre las más blindadas. En general, cualquier profesión que utilice las manos es por ahora, poco sustituible. De tapiceros a lijadores, pasando por bailarines, ebanistas, floristas o cerrajeros, la lista de los oficios que tienen una baja exposición a la IA es larga. Además de la coincidencia del trabajo manual, muchas también comparten la ausencia de formación universitaria para desempeñar el oficio.
Aunque pueda sonar contradictorio, ¿hay margen en un arquetipo para la flexibilidad? A pesar de que representan modelos esenciales, sí que pueden adaptar algunas de sus pautas, siempre y cuando no pierdan su identidad. En esta vivienda, el volumen superior tiene la clásica forma con cubierta a dos aguas mientras que su base es circular. Pero no es en su infrecuente colisión de dos geometrías domésticas básicas y arquetípicas donde reside su flexibilidad, sino en su compleja fusión interior y en la libre configuración de sus espacios.
Foros estadounidenses como Reddit están repletos de usuarios preguntándose si el consumo de pornografía cuando se tiene pareja estable puede considerarse infidelidad. Además, desde hace años, los americanos están preocupados por el efecto del porno en sus matrimonios e incluso la revista Science recoge estudios que hallan correlación entre el aumento en el consumo de pornografía y el de la tasa de divorcios. En Forocoches y Cotilleando —espacios en español equivalentes a Reddit—, la cuestión también surge de tanto en tanto y revela todo tipo de temores e inseguridades: “¿Es un problema que mi compañero o compañera consuma pornografía?”. “¿Y que use juguetes eróticos?”. Aunque la pregunta suele remitir a ciertas heridas (el mito del amante insatisfecho o el de la traición, aunque sea como fantasía) a menudo recoge una preocupación más profunda: “¿Y si es problemático por el efecto que tiene sobre el imaginario de mi compañero y, por tanto, sobre mis prácticas junto a él?”.
Basta recorrer los principales portales inmobiliarios de lujo para comprobar el fenómeno. Cambian las ciudades, las vistas y los precios, pero muchos interiores parecen pertenecer al mismo lugar: sofás en tonos piedra, cocinas de madera clara, superficies de travertino, textiles naturales, lámparas escultóricas y una paleta cromática dominada por infinitas variaciones del beige. Lo que ocurre en Barcelona, Copenhague o Los Ángeles tiene incluso un nombre: beigeification, una especie de uniformización estética que ha convertido el color neutro en el nuevo idioma global del lujo residencial. La pregunta es inevitable: ¿por qué todos los pisos de lujo se parecen?
Nada de lo que pasa en Venezuela después de la captura el 3 de enero de Nicolás Maduro debería llamarse “acuerdo”, al menos si por acuerdo se entiende que ambas partes negocian en igualdad de condiciones. No lo están. La realidad es que Venezuela es un país intervenido por la fuerza, y que la presidenta Delcy Rodríguez cumple instrucciones de la Casa Blanca. No está claro con qué grado de resistencia, pero siempre bajo la amenaza de correr la misma suerte que Maduro. De esa asimetría nace el pacto petrolero “más importante de la historia mundial”, en palabras de Donald Trump, un pacto del que todavía no se sabe si beneficiará tanto como se promete a los estadounidenses, a los venezolanos, a ambos, o solo a unos pocos. En el centro de ese acuerdo se encuentra el empresario Alejandro Betancourt, investigado desde hace más de una década por varios delitos y con causas abiertas en Suiza y España. En virtud del “acuerdo”, la empresa de Betancourt recibe de Caracas la concesión de 17 campos petroleros con 65.000 millones de barriles en reservas —casi una quinta parte del total venezolano— y cede al Departamento de Guerra de EE UU el 35% de la compañía, con lo que Washington compra a precio de coste e interviene en su junta directiva.
A mí me gusta observar a Irene Montero porque desde que se fue a Europa ha mejorado notoriamente. Sin ironía afirmo que su nuevo brillo especial me parece la demostración empírica de que la clase media existe. Esto es importante, porque la nueva izquierda defendía, con una cerrilidad nacida de la aversión al vocabulario PSOE, que ese estamento nunca existió: según ellos fue un ardid neoliberal para desunir a los trabajadores. Yo misma he sostenido durante mucho tiempo que tan obrera es una dependienta de Massimo Dutti como un operario de Compresores ABC S.A. de Eibar. Y aunque lo sigo pensando me resulta imposible negar que mil euros más en un salario —no digamos ya 7.000 que gana un eurodiputado— pueden reconfigurar por completo el horizonte y la calidad del sueño de una familia. No se equivoquen: paga mucho mejor cualquier fábrica vasca que una tienda multinacional de Amancio Ortega. Solo resulta iluso igualar a todos los asalariados, cuando en los barrios más humildes de las grandes ciudades el estipendio mínimo a veces no llega ni al SMI. Ahí las mujeres, que no compran jamás la alta gama de Inditex ni maquillajes de marca, convierten en cornucopias inauditas 20 euros de supermercados low cost. No pretendo inmiscuirme en la economía doméstica de una política corajuda que defiende todo aquello en lo que creo —la igualdad de género, la redistribución de la riqueza, los impuestos progresivos, el pacifismo, lo público— y a la que veneré el día que se encaró con aquella vieja que le reprochó haberse comprado un chalet: “Señora, con mi dinero hago lo que quiero”. Al revés. He admirado su titánica resistencia feminista en un parlamento lleno de machorros, frente a los que defendió a ultranza un concepto, el consentimiento, que escandalizó mucho hasta que en Bruselas le dieron todita la razón y ahora le alabo la valentía de dejar una posición bien pagada allí donde otros chupan indefinidamente. Solo confío en que cuando gane nos suba el sueldo a todos.
Europa ha llegado a uno de esos momentos en que las crisis dejan de ser emergencias temporales y se convierten en una prueba de supervivencia política. El orden multilateral se deteriora rápidamente. Rusia continúa su guerra de agresión contra Ucrania y ahora está intensificando sus ataques híbridos contra los países europeos. Ya no puede darse por sentado, sin más, que Estados Unidos garantizará la seguridad de Europa en cualquier circunstancia. China consolida su posición como potencia mundial, mientras la inestabilidad en Oriente Próximo amenaza el comercio y el acceso a recursos críticos. El cambio climático añade otra capa de inseguridad. En el plano interno, las fuerzas nacionalistas ganan terreno ante varias elecciones nacionales que se celebrarán en 2027, como se acaba de ver en Sajonia-Anhalt. Solo una Unión capaz de estar a la altura de los desafíos actuales puede invertir esta tendencia.
Todas tenemos fichada a alguna. Las solemos ver en el gimnasio o en marcha por la montaña, aislada por sus auriculares, siempre solitaria. Suele llevar un top ajustado y unos ciclistas de talla infantil. Sus piernas recuerdan a la de aquellos niños de África que cerraban el telediario en los 90. Sus brazos parecen ramitas a punto de quebrarse, tiene el estómago curvado hacia dentro y las clavículas tan sobresalidas como los huesos de su pelvis. La mayoría la miramos con pena condescendiente: qué debió pasar para acabar así, qué hace aquí levantando pesas si lo que necesita es comer, qué la lleva a ejercitarse si está desapareciendo. La juzgamos sin saber, los mismos que en las sobremesas soltamos la turra de las dietas proteicas, del magnesio en polvo, de la comida real, de si en pilates es mejor el reformer o el mat. Las compadecemos, pero en el metro nos quedamos absortos con reels de dominadas de seres hipertrofiados que te escupen que “no entrenar es de cobardes”.