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A mediados de febrero, la marca de snacks y frutos secos Grefusa colgó en sus redes sociales un vídeo publicitario creado con inteligencia artificial, acompañado del siguiente texto: “La IA puede resolver la ecuación más compleja del mundo, pero no es capaz de comerse una pipa”. Dejando a un lado el debate de si es más o menos cuestionable utilizar esta herramienta en trabajos creativos —aunque, en este caso, se trate de una burla sobre la propia IA—, desde el punto de vista gastronómico, este anuncio pone sobre la mesa un asunto que tiene su miga: ¿por qué la inteligencia artificial tiene problemas para generar imágenes de ciertos alimentos y gestos relacionados con el acto de comer? Y más concretamente, ¿por qué no sabe comer pipas?

Mercadona acometerá durante los próximos siete años una fuerte inversión para remodelar su red de cerca de 1.600 tiendas en España y Portugal. Hasta 2033, destinará 3.700 millones en renovar su actual modelo de tienda eficiente, la llamada Tienda 8, que a cierre de 2025 tenía instalada en 1.482 supermercados, el 89% de su red, y en la que ha trabajado desde 2016. El nuevo concepto ha sido bautizado como Tienda 9: “No hemos sido muy originales”, reconoció ayer el presidente de la compañía, Juan Roig.

Después de dos horas de alfombra roja (más unas cuantas de preparación), tres y media de gala, nervios, trajes apretados y dolor de pies, lo que más apetece después de una fiesta, incluso aunque sean los Oscar de Hollywood, es comer algo. O comer mucho, quizá. No pasa nada, quien quiera, podrá. Un par de plantas más arriba del teatro Dolby, la azotea del mismo acogerá el llamado Baile del Gobernador, la fiesta anual posterior a los Oscar. Y allí habrá comida para aburrir. Después de 32 años al frente, el chef Wolfgang Puck servirá sus platos más clásicos, pero también unas cuantas innovaciones, bebidas como champán, tequila y sake y sus ya célebres Oscar de chocolate bañados de oro. Un festín que degustarán los más de 2.000 invitados a la gala mientras, en el mismo salón, los ganadores van grabando su nombre en la placa de sus flamantes estatuillas.
La industria del alcohol lleva años queriendo vender que la cerveza baja el colesterol, es beneficiosa para la salud cardiovascular, aumenta la fertilidad masculina o puede proteger la salud ósea, según diferentes estudios patrocinados por entidades creadas por –sorpresa– la misma industria. El último de estos intentos es una campaña publicitaria que vincula de nuevo el consumo de cerveza con la salud, por la que la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) ha denunciado a Cerveceros de España.
La polémica campaña, además de insistir en el bienestar social y la responsabilidad individual, vincula la cerveza con la dieta mediterránea. Persigue su aura —igual que muchos productos alimenticios insanos y bebidas destiladas de alta graduación alcohólica, por cierto— porque es un eslogan cuyo uso no está sujeto a la legislación alimentaria. Esto es: se trata de una expresión vacía que a la gente le suena bien, tiene buena prensa y, además, sale gratis. Lo que se pretende es que tomarse una cerveza quede enmarcado en un estilo de vida que incluye el disfrute colectivo y el consumo equilibrado y saludable.
Estas ideas también se han utilizado (y utilizan) como reclamo para el vino, una bebida que sí forma parte de esta dieta y que, a la luz de la evidencia científica actual, es su punto más débil. Sin embargo, la cerveza no está incluida. Aunque Cerveceros de España señala que sí en su Informe de 2024, el artículo académico en que se basa para afirmarlo no menciona ni una vez esta bebida. Al contrario: documenta con claridad el “consumo moderado de alcohol, principalmente vino, durante las comidas”, y solo hay una línea, una mención genérica donde se lee “otras bebidas fermentadas”, que bien podrían ser kéfir, kombucha o sidra, porque no se detalla cuáles son.
A su vez, basta una somera revisión de los postulados mediterráneos originales –el famoso estudio de los 7 países y las dos obras divulgativas escritas por el padre putativo del tema mediterráneo, Ancel Keys, junto a su esposa, Margaret Haney–, para darse cuenta que la palabra “cerveza” es tratada más como ejemplo de antimediterraneidad que otra cosa. Es más, en el último libro del matrimonio Keys, publicado en 1975 y traducido al español por la Fundación Dieta Mediterránea, la cerveza aparece mencionada pocas veces y en situaciones algo curiosas. Por ejemplo, para comentar que las botellas de cerveza vacías se emplean en los países mediterráneos para embotar conservas de tomate casera, o para hacer saber que la bebían los leñadores finlandeses después de una sesión de sauna, acompañada con una tostada de pan untada con una capa de mantequilla de un centímetro de grosor.

Hay mundo para la zanahoria más allá del sofrito. Llevamos años trabajando en ello: os hemos dado cremas de zanahoria de lo más variadas (recordad esta con albaricoque o esta crema francesa). Las hemos hecho glaseadas, ralladas y morunas. Por hacer, hemos hecho hasta mermelada.
Un penalti que se inventó Olmo y transformó Lamine en la última jugada del partido, cuando ya se cumplía el minuto 96, puso a salvo el ejercicio de supervivencia del Barça en el St. James’ Park. El empate, tercero de la temporada, fue celebrado como una victoria después de la tormenta futbolística de Newcastle. El partido siempre estuvo inclinado hacia la portería de Joan García, reventados como quedaron los azulgranas por el despliegue inglés, sin más aliento que el regate final de Olmo que se tragó Thiaw y provocó el gol número 20 de Lamine. El marcador fue generoso con el Barça, despersonalizado y desvencijado, superado colectiva e individualmente, porque la mayoría de los jugadores están alejados de la mejor versión que exhibieron el año pasado con la llegada de Flick. La fe y el deseo que tienen en la Champions permitieron a los barcelonistas agarrarse como demonios al encuentro sin la pelota ante el rival más goleador del torneo: 27. Los magpies se batieron como jabatos en un partido que consideraban histórico por la visita del Barça.