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Diez años desde el primer Mad Cool (2016), tiempo en el que se han celebrado nueve ediciones, ya que la pandemia frustró la de 2020 y 2021. Cuarto año consecutivo en el recinto Iberdrola Music, en el barrio de Villaverde, sur de Madrid, un espacio ya consolidado después de cambiar varias veces de localización a lo largo de su trayectoria. Cuatro jornadas, del miércoles 8 al sábado 11 de julio, en las que actuaron 70 grupos y donde pasaron muchas cosas. Este es un balance de la edición 2026 del festival capitalino.

Durante siglos, los pasos que debía dar un ciudadano que necesitase dinero para comprar una casa o emprender un negocio han sido los mismos. Desde el siglo XV, cuando se considera que se inventó la banca moderna, y hasta el XXI, debía salir de su casa y acudir a la entidad más cercana a su domicilio. Los bancos hacían negocio con la diferencia entre lo que pagaban por que los clientes depositasen allí su dinero y lo que cobraban por prestarlo, lo que implicaba amplias redes de oficinas y grandes plantillas. Es decir, muchos gastos.
Sabrina es una mujer trans de 37 años que lleva desde 2024 intentando realizar el cambio registral. A pesar de haber presentado documentación sobre su transición —de su endocrino, de sus niveles hormonales, de su psiquiatra y de la unidad de género—, su petición ha sido denegada por el juez, que argumenta un posible fraude de ley. “Me siento atrapada en un lío burocrático”, lamenta. Hace una semana, en pleno Orgullo, el PP anunció que, si gobernase, recortaría la Ley trans, la 4/2023, que reconoce el derecho a la autodeterminación de género y que para realizar el cambio registral exigiría un “informe psicosocial”. Los conservadores insinuaban que ese cambio se realiza de manera inmediata, con la mera declaración de la persona interesada en una de las oficinas del registro. La realidad es otra: la autodeterminación de género es un proceso, que suele durar un año, que implica no solo la ratificación de ese cambio, sino que requiere también el dictamen de un juez que analiza el caso y que debe dar su visto bueno para que se ejecute.


Son las tres de la tarde y el asfalto de Madrid quema. El aire se siente tan pesado que las ondas de calor, esas que se ven al mirar un punto vacío, podrían cortarse con un cuchillo. Carlos Correa no mira el móvil ni los pedidos: busca sombra. Un parque, un centro comercial, cualquier resquicio de aire fresco se ha convertido en un refugio contra el infierno de la intemperie. “O me quedo esperando donde corre la brisa, donde hay un poco de sombra, o no llego al final del turno”.


El viaje en el que nació Meteoríticas recuerda a la película Thelma & Louise, aquella road movie protagonizada por dos mujeres que triunfó en los noventa. Brasil, 2017. Tres científicas conducen durante dos días, desde Río de Janeiro hasta Bahía, siguiendo el rastro de un meteorito. El trío, que se conoció en los pasillos de la universidad, sale del laboratorio, se cala el sombrero de ala ancha, y viaja en un coche alquilado por polvorientas carreteras que se adentran en tierras cada vez más áridas.



Gabriella Conti, economista del University College de Londres, lleva años investigando algo de lo que todavía existe escasísima evidencia científica: el coste económico de la menopausia. Este periodo biológico de las mujeres ocurre entre sus 45 y 55 años, cuando muchas de ellas están en lo más alto de su carrera profesional. Y, según explicó Conti en una conferencia reciente en la Fundación Areces de Madrid, la menopausia puede afectar a múltiples dimensiones de la vida. Los costes económicos incluyen la incapacidad temporal para trabajar con la misma productividad que antes, la sobremedicación por motivos psicológicos y el mayor uso de los servicios sanitarios. Y si la mujer abandona el mercado laboral, se convierte en una carga adicional para la Seguridad Social. Todas las mujeres pasarán antes o después, y de forma más o menos problemática, por la menopausia. Sin embargo, esta es una dimensión que no ha interesado a los economistas. Hasta ahora.

A orillas de un pequeño arroyo, varios grupos de adolescentes están manos a la obra. Uno observa una lona negra cubierta de trozos de plástico mojados. Otro, sobre un pequeño puente, pesca con una red. Otros clasifican trocitos de plástico, colillas y otras cosas que han recogido. Lo que parece una excursión forma parte de un experimento europeo. ¿Pueden los alumnos ayudar a subsanar una importante laguna de datos sobre la presencia de plástico en los ríos y colaborar con una iniciativa a escala europea para limpiar nuestras aguas?

Olor a crema solar, pantalones cortos, gafas de sol y abanicos. Los imprescindibles del evento no se negocian: para divertirse, hay que aguantar primero. Tocan en el Mad Cool de Madrid Nick Cave, Pulp o David Byrne, pero de lo que más se habla al abrirse las puertas de la última jornada es del calor. “¡Buah! Infernal, tío“, dice alguien con hastío, bamboleando su camiseta. Pasará la tarde y, finalmente, más allá de rozar los 40 grados en el termómetro, el festival terminará una edición sobreviviendo al clima. Lo que debería no ser noticia, pero que resulta destacable en la tendencia de un verano —largo, porque en la práctica comienza cada vez más temprano— donde el calor extremo, las tormentas violentas y otros fenómenos que el cambio climático hace cada vez más frecuentes han generado cancelaciones en muchos festivales europeos de música.
Ocurrió a principios de los años ochenta. A la chita callando, se estableció un puente aéreo entre Londres y Madrid, a veces también partiendo de Manchester o aterrizando en Barcelona, incluso en Valencia (recuerden los formidables carteles de La Conjura de las Danzas, obra de Jorge Albi). Prácticamente cada semana un grupo británico llegaba para dar conciertos, hacer playback en TVE y/o dedicarse a la promoción. No se necesitaba más salvaconducto que el hecho de estar en las listas británicas, incluyendo los Indie Charts, cuando la etiqueta de indie no reflejaba un estilo sino simplemente una distribución fuera de los canales de Sony, EMI, Universal o Warner.
Cuando rodé cierta película, quise meter en un plano un muñeco de infancia. En todo lo que he hecho ha tenido apariciones estelares en alguna mesilla o estantería. Incluso sale, aunque inapreciable, en la película Open Windows de Nacho Vigalondo. El muñeco concreto que quería meter es un payasito bebé calvo con rodapié, maquillado de payaso y con los ojos muy separados, diminutos y negros. Ante mi petición, el equipo de arte me dijo que lo tenía que mirar.