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Viéndola recorrer el mundo para reunirse con líderes en Europa, con empresarios en California u ofrecer entrevistas en YouTube, muchos concluyen que María Corina Machado (Caracas, 58 años) es una bala perdida: una líder en suspenso, atrapada en un limbo que le impide regresar a Venezuela. Allá la espera la misión que se autoimpuso: llevar hasta el final la tarea de sacar del poder al régimen chavista. Según esa visión, cada día que pasa afuera es una ganancia para los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, presidenta y presidente de la Asamblea Nacional, respectivamente, y el hombre fuerte Diosdado Cabello, y una deuda creciente con los millones de venezolanos que la esperan. Pero esa no es la impresión que ella transmite en persona.
Fareed Zakaria (Mumbai, 62 años) es uno de los periodistas y analistas geopolíticos más influyentes de Estados Unidos. Escribe una columna semanal en The Washington Post y presenta los domingos GPS, un programa sobre política exterior que es un oasis en la parrilla de la CNN, cadena de televisión por cable tan ensimismada como el pensamiento de rebaño que domina el debate intelectual en la capital estadounidense al que tanto contribuyen sus tertulianos.

Los datos objetivos importan cada vez menos en el debate público. En abril, España ha alcanzado los 22,1 millones de afiliados, un nuevo récord. El paro ha caído de nuevo. La inmigración explica buena parte del crecimiento de la economía que lleva a esos datos. La regularización extraordinaria, que tiene el apoyo no solo del Gobierno y de toda la izquierda, sino también de los empresarios, que son los que más la reclaman porque necesitan mano de obra legal, y de la propia Iglesia, está resultando como se esperaba: se están apuntando decenas de miles de personas que ya viven y trabajan en España, por lo que solo generará beneficios para ellos y para el sistema, porque implicará más ingresos. El Ejecutivo confía en que la próxima visita del Papa a España sirva también para darle un impulso al discurso en positivo sobre la inmigración.
A Guillermo Rayo se le ocurrió un formato televisivo. Aprovechando su oído para sacar canciones al vuelo (“mis amigos me llamaban el jukebox”, cuenta), el programa transcurría como una entrevista musicada con un personaje conocido: en la conversación se entreveraban canciones significativas en la vida del invitado que cantaban a dúo, Rayo a la guitarra. Invirtió unos 8.000 euros en grabar dos episodios piloto con la presencia de un par de amigos, el actor Julián Villagrán y la actriz Alba Alonso. En 2007 registró el resultado en el Registro de la Propiedad Intelectual. El título: B.S.O. (siglas de Banda Sonora Original). “Me parecía una forma emotiva de entrar en el mundo del entrevistado”, dice el artista. La cosa prometía.

Siento terror ante las imágenes de drones que matan gente, cómo persiguen unos puntitos, en realidad seres humanos, y los eliminan sin piedad. También me inquietó un reportaje sobre robots en China, cada vez más sofisticados, con la foto de unos androides recolectando hojas de té. No apretando tornillos en una fábrica, no, trabajo campesino. Pero, ya entre nosotros y hablando de sustituciones, me desconcierta aún más ver una persona después de unos años y que parezca otra. Te dan un cambiazo humano. No me refiero al paso del tiempo, que de por sí impresiona bastante, e incluso tú mismo a veces no asumes que ese del espejo eres tú, sino a la gente que se opera a ultranza. No hablo de retoques para ser más guapo, sino de cambios tales que te impiden reconocer a alguien, te hacen dudar realmente de que se trate de la misma persona. Me ocurrió hace poco con alguien, y pensé: ¿bueno, y si de verdad fuera otra persona? Porque ya aceptamos creer que alguien, aunque no se parezca nada a una persona, sí es esa persona, solo porque nos lo aseguran. Ya no tienen sentido esas historias, como El príncipe y el mendigo, de Twain, o Historia de dos ciudades, de Dickens, en que era necesario un parecido asombroso, un sosia, para sustituir a alguien. Ya se puede poner a cualquiera, basta que se suponga que se ha operado. Ayuda que a menudo las personas parezcan intercambiables. Mañana aparece Espinete sentado en el Despacho Oval diciendo que es Donald Trump y es que te lo tienes que creer. Saldrían legiones de comentarios en redes sociales a favor y en contra, y sería otra cuestión de opiniones. Hemos llegado a los límites de la realidad, donde todo es posible. Desde luego es un lugar muy curioso, pero donde es difícil orientarse.
No sabe dónde nació. No sabe en qué fecha nació. No sabe cuánto tiempo su madre la tuvo con ella. No sabe qué nombre querían darle. No sabe dónde pasó su madre el último año y medio de vida. No sabe dónde pasó su padre el último año y medio de vida. No sabe si al final sufrieron, no sabe si les dolió, no sabe si fue rápido. Sí sabe en qué situación estaban ambos cuando ella misma empezó a desaparecer. Eso es todo. No hay final. Ni triste ni feliz: no hay final.
“Para mi apropiadora tener una hija era como tener una muñeca. Ponerte zapatitos que me rompían los pies”
A los 10 años, llevaba una existencia clandestina. Pasaba las horas en el departamento de dos de sus vecinas
“Maru tenía un nivel de inteligencia superior. Estaba muy sola, se cuidaba a sí misma”, cuenta una amiga
Todos sus amigos viven lejos. Con todos implementó, en algún momento, periodos de mutismo sin explicaciones
“Nos presentaron. Ella es tu abuela, tu hermano, tus tías, cerraron la puerta y nos dejaron ahí”
“De mis padres sé cosas, pero no muchísimas. Igual lo que importa es lo que uno piensa, más allá de lo que te digan”
“Mis apropiadores no eran personas especialmente diabólicas. Lo hicieron mal y no trataron de enmendarlo”
“Siempre digo que tuvimos la suerte de conocernos, pero por ahí no somos tan compatibles”, confiesa Gustavo, su hermano
“Cuando terminó el juicio quedé agotada. Llegué con el último esfuerzo. Quise cortar con Buenos Aires”
“No conoció el amor, todo fue piña y piña, y hacha y hacha. Tiene una coraza así de gruesa. Pero está viva”, dice un amigo
El 14 de junio se cumple un siglo de una fecha que marcó la vida de Salvador Dalí (Figueres, Girona; 1904-1989): su segunda expulsión, a perpetuidad, de la Escuela Especial de Dibujo, Escultura y Grabado de la prestigiosa Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En un ambiente tan reglamentado se sentía incómodo y, quizás por ello, esta formación académica ha quedado opacada en la literatura científica. Dominan sus correrías esos años en Madrid ―los más felices de su vida, según él mismo contó― junto a Federico García Lorca, Maruja Mallo o Luis Buñuel, sus compañeros en la Residencia de Estudiantes y fuente recíproca de inspiración artística.
Ruth Benito
Fernando Anido
Inés Arcones
Brenda Valverde Rubio
Salvador Dalí y sus compañeros de estudio de la Escuela especial de pintura, escultura y grabado (Academia de San Fernando). 1922-1923. FUNDACIÓN GALA-SALVADOR DALÍ
Hay escuelas que no aceptan la realidad tal como viene. La interrogan, la discuten y la empujan. Se preguntan qué enseñan, por qué lo hacen, al servicio de quién y frente a qué formas de daño, de silencio o de injusticia. De eso trata este relato, de una educación que convierte lo cotidiano en una experiencia democrática y viva, donde aprender también significa no dejar nunca de hacerse preguntas.

El mayor centro de investigación sobre cáncer de España atraviesa la peor crisis de su historia. El último capítulo es la polémica que protagoniza su fundador, exdirector e investigador estrella, Mariano Barbacid. Este bioquímico es una de las caras más reconocibles de la ciencia del país, quien no ha dudado en enfrentarse a los gobiernos de turno en su empeño por aumentar la financiación e intentar sacar adelante nuevos tratamientos contra tumores de muy mal pronóstico. El origen de esta última crisis dentro del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) está en su intento de acelerar esa carrera mediante agresivas campañas de comunicación, recogida de fondos privados y el olvido de normas de conducta básicas en la práctica científica.
Cuando en 2023 la revista Slate se preguntó si la estrella de Solo asesinatos en el edificio era un genio de la comedia o el actor más irritante del planeta, la respuesta no se hizo esperar. “Martin Short es un genio de la comedia. Fin de la historia”, publicó Ben Stiller en X. “Es difícil creer que la gente esté debatiendo si Martin Short es gracioso o no. Noticia de última hora: ¡Es HILARANTE!”, sentenció Mark Hamill. No fueron las únicas celebridades que se unieron a los seguidores del actor para responder a un artículo titulado “¿Por qué seguimos aguantando a Martin Short?”, en el que el crítico Dan Kois lo definía como “agotador y poco gracioso”.