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César sopló las velas de su torta de cumpleaños minutos después de que Antonio, el albañil del edificio, llenara diez bolsas de escombros raspando las paredes agrietadas de la sala. Heleonor asiste todos los días con su computadora a distintos centros de acopio a escanear las órdenes de salida de la ayuda humanitaria que entregan dos fundaciones, a pesar de que se quedó sin casa en el centro de Caracas y ahora vive con su hermano en el extremo opuesto de la ciudad. Héctor sigue trabajando como fotógrafo, pero duerme con su mamá y su hermana en Caricuao, para bajar la ansiedad que le produce ir cada día a La Guaira a cumplir con sus labores. Gabi y Marcello pasan los días reparando la habitación que ellos mismos habían dejado lista tres días antes del terremoto, mientras vuelven a abrir su tienda de diseño en un centro cultural. Humberto sigue presentando su programa de televisión con análisis de los partidos del Mundial de Fútbol, pero sin música y vestido de negro. Alejandra acaba de subir los ocho pisos de su edificio en esas escaleras de caracol con un mercado a medio hacer, sin advertir que no puede cocinar por la fuga de gas de su edificio. Y Emilio se acaba de ir de Venezuela después de años sin visitarla, sin haber podido ver el mar desde el apartamento de su familia en La Guaira, porque se desplomó.
Un vuelo con 111 haitianos deportados desde Estados Unidos aterrizó el jueves en Haití, donde las autoridades se preparan para un posible aumento de las deportaciones cuando unos 350.000 ciudadanos del país caribeño pierdan en los próximos días el Estatus de Protección Temporal (TPS). El vuelo es el séptimo enviado a Haití en lo que va de año, lo que equivale a un promedio de uno mensual. Pero las autoridades de EE UU han advertido al Gobierno haitiano que podrían empezar a recibir al menos dos vuelos semanales con unas 250 personas en total, o unos ocho vuelos al mes, tras el fin del TPS el próximo 24 de julio, según informó el diario Miami Herald citando a funcionarios estadounidenses.
La afiliación a la Seguridad Social ha ganado desde junio de 2019 casi tres millones de empleos, hasta alcanzar un total de 22,47 millones de puestos de trabajo, un récord nunca visto en las estadísticas laborales españolas. Los latinoamericanos han aportado 692.000 de esos nuevos puestos, el 23,4% del incremento total. Uno de ellos es el de Luis Loreto, un venezolano que vive en Madrid y que llegó a España justo antes de la crisis sanitaria. “Venimos con muchas ganas, tenemos alma y ahínco de trabajar en este país. Yo estoy pudiendo desarrollar mi oficio aquí, con mucho esfuerzo, y estoy contento de cómo me va. Vine para alcanzar más metas de las que podía en mi país y de momento lo estoy consiguiendo”, dice este trabajador autónomo de 46 años, especializado en equipos audiovisuales para eventos. Él es uno entre los 1,2 millones de afiliados que ya existen con origen latinoamericano, una cifra que por primera vez desde que hay registros consolidados (empiezan en 2012) supera a la suma de rumanos, italianos, franceses y al resto de extranjeros europeos.


Comprar una vivienda es una misión cada vez más complicada para muchas personas en España. La escasez de inmuebles, el aumento de los precios y la dificultad para ahorrar impiden a muchas familias acceder a una hipoteca. La norma general que aplican los bancos es que no financian más del 80% del precio de compra, por lo que el comprador debe aportar ese 20% restante, además de los impuestos y otros costes, que suelen rondar otro 10% adicional. En la práctica, para una vivienda de 300.000 euros, eso supone disponer de antemano de unos 90.000, una cifra inasumible para muchas personas que quieren adquirir una casa. En este contexto han proliferado anuncios de intermediarios y plataformas que prometen conseguir hipotecas al 100% de financiación. Pero, ¿realmente es posible?

España ha propuesto al Eurogrupo lanzar nuevas emisiones de eurobonos. Roza con dos recelos: el hiperrigorismo, alérgico a aumentar deuda o compartir riesgo; la incomodidad de los grandes emisores de bonos nacionales, ante una competencia comunitaria atractiva.
La guerra contra Ucrania se ha cobrado centenares de miles de vidas en Rusia, pero las bajas de la contienda desatada por Vladímir Putin no se reparten de modo uniforme por la geografía del país, sino que proporcionalmente son más numerosas en los territorios pobres y deprimidos y afectan en especial a las vulnerables minorías nacionales no rusas.
Bajo el cielo límpido del verano, las olas rompen en la pedregosa cala de Anzac con una solemnidad rítmica y silenciosa, casi con respeto, como si no quisieran importunar a los muertos. Desde el agua, los acantilados terrosos de Ariburnu, cubiertos de pinos y sabinas, aparecen inexpugnables; y uno se pregunta quién en su sano juicio decidiría lanzar, precisamente por aquí, una invasión.
Cuando empezó el Mundial de fútbol de EE UU, México y Canadá, y parece que ha pasado mucho tiempo, los focos estaban puestos en las estrellas más renombradas. En una primera fase ampliada a 48 equipos, necesariamente desigual aunque no tanto como se esperaba, los galácticos se hincharon a marcar goles: seis Messi, cuatro Mbappé, Dembélé, Haaland y Vinicius. Sumemos a esa élite a Olise, que no marcó pero deslumbró a base de asistencias, y a la estrella española Lamine Yamal, que llegaba al torneo renqueante de una lesión. Francia, con tres de esas siete figuras en sus filas, era clara favorita ante España, y también para ganar el torneo de acuerdo a las casas de apuestas (aunque Kiko Llaneras, con su propio modelo, acertó más). La Roja (de blanco ese día) venció con autoridad a Les Bleus, y se medirá en la final a una correosa Argentina, porque el fútbol es un deporte de equipo. Y España ha sido durante todo el torneo mucho más equipo que nadie. Ante Francia se apropió del balón, lo movió con inteligencia y con paciencia, se protegió lejos de su portería, e hizo a sus rivales desesperarse corriendo detrás de la pelota. Las estrellas desequilibran, claro que sí, y pueden decidir eliminatorias con una genialidad. Pero al final ha importado más la cohesión del grupo.

A Vicente del Bosque (Salamanca, 1950) nunca le ha dado un ataque de importancia, ni siquiera después de ser el seleccionador con el que España ganó el Mundial 2010 en Sudáfrica. Tampoco ahora, cuando la Roja disputará el domingo su segunda final de la Copa del Mundo contra Argentina, siente la necesidad de reivindicar su obra. Ha seguido el torneo con dedicación, sin llegar a ver todos los partidos, y ha tenido tiempo de cuidar de su campus de verano en Salamanca y en algunos pueblos cercanos. Su figura discreta, serena y amable encaja precisamente con la de los técnicos de las dos selecciones finalistas, Luis De la Fuente y Lionel Scaloni. Del Bosque atiende a EL PAÍS por vía telefónica.

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