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María Sánchez Rubio
Ignacio Povedano
Fernando Anido
Guiomar del Ser y Brenda Valverde Rubio
Conseguir abrirse paso en la agenda de Hannah Einbinder (Los Ángeles, 31 años) es de una complejidad directamente proporcional al increíble momento que vive esta actriz y cómica que debutó en pantalla hace tan solo cinco años en la serie Hacks y que estrena ahora su primera película, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (en España en cines a partir del 9 de octubre). En ella interpreta a una prometedora directora encargada de relanzar una franquicia de terror que una vez protagonizó una diva a la que daba vida Gillian Anderson. Cuando logramos charlar, hace tan solo un mes que Hacks ha llegado a su final, y Einbinder ha visitado el Festival de Cannes, donde inauguró la sección Una cierta mirada con esta película dirigida por otra promesa del nuevo cine indie, Jane Schoenbrun (El brillo de la televisión).
Fabio Immediato
Kara Bua (A-Frame)
Jerrod Roberts (The Wall Group)
Peter Gueracague
Cristina Serrano
Josh Carter y Andy Ellithorpe
Jacob Messex y Seu Trinh
Hannah El-Zein
Entre los guías turísticos de Córdoba, e incluso de Andalucía, hay una alegría contenida. Hasta cierta incredulidad. A partir del 1 de enero de 2027 podrán explicar la mezquita-catedral a sus grupos de visitantes desde el interior del monumento, tal y como marca la Ley de Turismo de Andalucía de 2011 y el Decreto 8/2015 que regula su actividad en la comunidad. Son guías acreditados por esta norma que se han encontrado a lo largo de décadas con una barrera infranqueable: las pruebas del Cabildo Catedral de Córdoba para acceder como guías e intérpretes a este monumento, Patrimonio de la Humanidad.

El año nuevo arranca con el estreno de Tiempos modernos, la última cinta de Chaplin que refleja la mentalidad, la vida cotidiana y la precariedad de la sociedad industrial norteamericana. La magia del cine permite olvidar, dejar atrás la crisis y proyectar una nueva verdad al mundo. Minutos antes de comenzar la película, que gira por todo el país, los espectadores asisten al noticiero, un resumen de la actualidad del mundo en imágenes. El pase del 15 de julio de 1936 está dedicado a los sanfermines de Pamplona, ciudad en la que se termina de fraguar el golpe cívico-militar, en palabras del general Mola, su director, que desemboca en una larga guerra civil. Apenas 10 días más tarde, el público de las salas de cine estadounidenses asiste al cierre de la frontera francesa y puede ver cómo su propio embajador anuncia el envío de buques para socorrer a sus compatriotas. La cámara vuelve a las calles de la capital navarra, la fiesta es ahora un desfile militar y de organizaciones femeninas, fundidas en perfecta armonía con la música de fondo. El ojo americano, como el resto del mundo, se posa sobre España, un país en armas, convertido en el reñidero de Europa.

“Yo tenía 10 años”, relata Nicolás Sánchez-Albornoz, “y estaba enfermo, en la cama. Vivíamos en la calle Ferraz, justo en la esquina de la plaza de España, y una parte daba al Cuartel de la Montaña. Cuando lo asaltaron, las barridas de las ametralladoras llegaron a las habitaciones de mis hermanas, que, afortunadamente, no estaban. Mi abuela Teresa me cubrió con su cuerpo...”. La guerra entró por la ventana y se quedó casi 40 años. Todos los que habían vivido en esa casa tuvieron que abandonarla y, a partir de ese momento, 18 de julio de 1936, aquella familia, como otras decenas de miles en España, empezó a dispersarse por distintos países para evitar que mataran a uno, que metieran a otro en la cárcel, que pudieran volver a juntarse. Muchas no lo consiguieron. En el 90 aniversario del inicio de la Guerra Civil, EL PAÍS visita en su refugio de Ávila a aquel niño de la calle Ferraz que ahora tiene 100 años y puede contar, en primera persona, todo lo que arrasó un golpe de Estado disfrazado de cruzada religiosa cuyas consecuencias perduran hasta hoy en forma de fosas comunes aún sin abrir y en discursos revisionistas y negacionistas que se pronuncian incluso en la sede de la soberanía nacional y, por tanto, de la democracia: el Parlamento.




A los 90 años del inicio de la Guerra Civil, el mundo de hoy permite que cada cual se construya, gracias a la inteligencia artificial, a la viralidad de las redes sociales y a los discursos ideológicos a medida de la audiencia, una composición a la carta de lo que ocurrió en el pasado. Más aún cuando la distancia entre los jóvenes y sus bisabuelos que se enfrentaron en trincheras distintas es cada vez mayor. Las resonancias de la guerra y de la dictadura que vino después siguen vivas, y el peligro es consumir un relato construido con los sesgos que están conformando la realidad de nuestros días: la vuelta de los nacionalpopulismos, las retóricas de descalificación del otro, el reclamo de una violencia falsamente heroica y viril, o el descrédito de la democracia.

La inmensa mayoría de los escritores, filósofos, artistas, que han vivido a lo largo de la historia creativa del Homo sapiens —en torno a los cuarenta mil años— sufren un defecto irreparable: no son contemporáneos nuestros. Sean cuales sean los talentos que los distinguieron, cometieron el error de no vivir en las primeras décadas del siglo XXI, lo cual los condena al pecado sin perdón del anacronismo, y acumula sobre ellos (y ellas) y sus obras una serie de lacras que proceden todas del mismo origen: no haber alcanzado esa superioridad sobre los valores, los sentimientos, la percepción estética, el lenguaje, que distingue a nuestra época sobre cualquier otra. En un libro abrumador que ha caído en mis manos sobre la luctuosa relación entre la música negra y el sistema penitenciario de EE UU —The Midnight Special— el autor, Colin Asher, que ama esa música con el mismo fervor con que denuncia la injusticia que la persiguió desde sus orígenes, tiene que esforzarse sin embargo en dar todo tipo de explicaciones y pedir disculpas anticipadas por la aparición en su libro de palabras ahora inaceptables, pero que por desgracia fueron comunes en la época y en los ambientes sobre los que escribe, y que por lo tanto no puede ignorar sin falsear la historia.

Se habrán enterado ustedes: en una de sus columnas futbolísticas, Mariano Rajoy metió la pata hasta el fondo. Unos días antes del encuentro contra Francia, el expresidente del Gobierno dijo que su selección jugaba muy bien, pero eso sí: sin franceses. Y se armó la marimorena. El asunto escaló tanto que Pedro Sánchez le pidió perdón al primer ministro francés el pasado martes. Su reacción, como la de Brigitte Macron, no fue de seria afectación sino una mucho más acertada: la risa. Por sus gestos, parece que le quitaron hierro al asunto.