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La Formación Profesional a distancia es una etapa al alza en España. Ha cuadruplicado su oferta en apenas siete años y está en el punto de mira del Ministerio de Educación, que prepara un nuevo decreto para finales de mes para regular los centros privados, después de que la ministra Milagros Tolón denunciara que hay títulos “que se imparten en garajes“. Esos abusos a los que espera poner coto el Gobierno han saltado también a la denuncia pública. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), que almacena centenares de quejas―solo en 2024, sus últimos datos disponibles, son 322― ha presentado una denuncia ante el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 contra nueve centros de formación (ocho de ellos ofertan FP en línea) por malas prácticas.
Es la canción que escucharon los futbolistas Cristiano Ronaldo, Thibaut Courtois y Kylian Mbappé nada más ser eliminados del Mundial 2026. Suena tras cada victoria de la Selección Española de Fútbol masculina; también lo hará en el estadio Metlife de Nueva York si se acaba proclamando Campeona del Mundo este domingo, y en las celebraciones posteriores. Pero no solo funciona en el terreno de juego: en cuanto se intuyen sus sintetizadores en cualquier discoteca, fiesta de cumpleaños o banquete de boda, comienza la locura —quien lo vivió, lo sabe—. Y aunque no fue lanzada como sencillo, acumula 25 millones de visualizaciones en YouTube y 215 millones de reproducciones en Spotify, de las pocas puramente pop entre el mar de ritmos latinos que es el top 50 de España. ¿Qué tiene tan especial Superestrella, el megaéxito de Aitana que, lejos de quemarse, sigue moviendo masas?
En fútbol, meter un gol, ganar un partido o hasta un Mundial es una combinación de preparación, rendimiento y suerte. Y para esta última parte, tanto jugadores como aficionados tienen sus propios rituales para no dejar margen de error. Cristiano Ronaldo, por ejemplo, siempre da el primer paso en el campo con el pie derecho. Una creencia ancestral de la antigua Roma que asocia ese lado del cuerpo con la buena suerte y la fortuna. Y Lionel Messi se santigua antes de entrar, un gesto religioso para proclamar la fe y recibir la bendición divina. Esto les ayuda a sentirse en control frente a la incertidumbre de un partido.
Con solo 27 años, James Charles ya acumula una trayectoria marcada por su éxito meteórico, pero también por una larga sombra de polémicas. Quien irrumpió como uno de los mayores fenómenos en YouTube en 2016 y enseñó a millones de personas a maquillarse, ha visto cómo su nombre quedaba ligado, casi desde el principio, a una cadena de polémicas, reproches públicos y episodios controvertidos que han ido desgastando su imagen y su credibilidad. En su caso no ha habido ninguna mano negra detrás de esta caída: solo él y sus desafortunados comentarios y acciones, contra todo y contra todos.
España llega a la final del Mundial con un once consolidado y con una idea clara de juego. Las redes de pases de cada partido muestran una España combinativa en el centro del campo, con una defensa alta y dos extremos abiertos. Repasamos la evolución de su dibujo desde el inicio a la final.

España llegó al Mundial con un problema que parecía devastador y Luis de la Fuente lo solventó acudiendo a algo que había hecho Javier Clemente con él casi medio siglo antes en el Athletic. Nico Williams y Lamine Yamal, los dos extremos que funcionaron como factor diferencial de la selección en la Eurocopa de 2024 llegaron a la concentración de Chattanooga lesionados y sin ritmo de competición. Pero De la Fuente tenía a dos laterales con capacidad para aportar en ataque como una especie de falsos extremos. O laterales con pasado de extremo. Como él.

Con solo cuatro palabras —“eso sí, sin franceses”—, Mariano Rajoy logró enrarecer la antesala del España-Francia. Sabiéndolo o no, con su artículo había devuelto el foco a un asunto que ya había sido protagonista de otro Mundial. Fue el de 1998, justo en Francia, cuando la victoria del equipo liderado por Zidane fue celebrada como un triunfo de la diversidad gala y pareció zanjar —solo lo pareció— el debate sobre la capacidad de una selección étnicamente múltiple de encarnar a una nación europea.

Si los fenicios bautizaron a España por sus mamíferos más comunes, Is-pan-ya, el país de los conejos, en el mundo del fútbol España es el país de los centrocampistas. Siempre hubo Pedris en estos contornos. Pero hasta este siglo no se utilizaron apenas. Permanecieron aislados, dispersos, empequeñecidos en la atonía de la posguerra, ignorantes del poder que luego desarrollarían por medio de la asociación. Juan Señor, uno de tantos, fue el Pedri de su época. Su salto a la fama en la Eurocopa de Francia de 1984 con el 12º gol del 12-1 a Malta fue mucho más que un acontecimiento pop. Fue uno de los primeros indicios de que aquella multitud olvidada se estaba moviendo en el paisaje árido del fútbol nacional. La riqueza que exhibe hoy España en Estados Unidos no surgió espontáneamente de la nada.
El exalcalde del Gran Mánchester, Andy Burnham, se convertirá en primer ministro del Reino Unido este lunes, cuando reciba el encargo de Carlos III para formar Gobierno. La vieja monarquía parlamentaria demostrará de nuevo su acreditada capacidad de renovación y al mismo tiempo dará otra prueba de su reciente inestabilidad. Será el séptimo titular del cargo desde que los británicos votaron a favor del Brexit hace una década. Los diputados y afiliados del Partido Laborista, frustrados ante la impopularidad, los errores y la falta de visión política de Keir Starmer, han depositado todas sus esperanzas de renovación en Burnham, el más popular de todos ellos según las encuestas. El éxito o fracaso del nuevo inquilino de Downing Street resonará más allá de las islas: este país es, junto a España, uno de los últimos en Europa liderados por una socialdemocracia en crisis y en busca de referentes.
¿Y si gana Argentina? En TikTok se cuenta un chiste gracioso estos días. “Que dice Mariano Rajoy que si gana Argentina en realidad gana España, porque la mayoría de los argentinos son hijos o nietos de españoles”. Como ha quedado claro, después de su columna racista, que el que fuera presidente de España no sabe lo que es un francés, sucede que pudiera haber sembrado también la duda sobre quién o qué es ser español. Y sobre qué o quién concede la identidad nacional, asunto que la derecha no tiene ni mucho menos resuelto. Entonces, si gana España, ¿quién gana?