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El desértico norte de Malí se ha convertido esta semana en el escenario de una de las batallas más violentas de los últimos años dentro del conflicto que se libra en el Sahel. Dos meses después de su primera acción conjunta, independentistas tuaregs y yihadistas pasaron de nuevo a la ofensiva y ocuparon la estratégica localidad de Anefis, de apenas 8.000 habitantes pero clave en su avance hacia el sur. Sin embargo, decenas de soldados malienses con la ayuda de mercenarios rusos, atrincherados en la base militar situada a las afueras del pueblo, lograron resistir durante seis días hasta la llegada de refuerzos procedentes de Gao el jueves. Los combates entre ambos bandos son intensos.
Rubén Olmo encara su última etapa como director del Ballet Nacional de España (dejará la compañía en 2027) igual que la inició: con un pie en la renovación y otro en lo clásico. Desde ambas orillas flota el programa doble que se estrenó la noche del sábado en el Teatro de la Zarzuela, formado por el estreno absoluto de Flamenco-Rock-Andaluz, que rinde homenaje a la banda Triana, y la reposición de Medea, el clásico de Granero de cuyo estreno se cumplen 42 años. Y desde uno y otro lado se alzan triunfadores los bailarines de la compañía estatal. Ya sea como un bloque colectivo y compacto en la primera obra (en la que los 28 intérpretes permanecen casi todo el rato en escena), o con representaciones individuales, como la Medea que desempeña la bailarina Inmaculada Salomón, absolutamente soberbia y a la altura de otras grandes que la encarnaron antes, como Manuela Vargas o Merche Esmeralda.
Flamenco-Rock-Andaluz
Ballet Nacional de España
Dirección: Rubén Olmo
Música: Jesús de la Rosa Luque, Ángeles Toledano, Harto Rodríguez
Adaptación musical y colaboración especial: Ángeles Toledano
Medea
Orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM)
Director musical: Manuel Coves
Coreografía: José Granero
Música: Manolo Sanlúcar
Inmaculada Salomón (días 11, 12, 14, 15, 16, 17, 18 y 19 de julio)
Esther Jurado (días 21 y 22 de julio)
Del 11 al 22 de julio en el Teatro de la Zarzuela, Madrid.
Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
En el Cruïlla te recibía un tresillo gigante para la autofoto de rigor. Justo antes, te regalaban un sombrero y, en el interior, donde el catalán no es un exotismo vernáculo, te podías encontrar con gigantes y cabezudos y una Venus con secador atildándose el cabello, quizás preparándose para la jornada. Gestos corrientes para indicar que se trata de un festival cotidiano, donde la asistencia no viste para sofisticar el entorno y que es el evento de quienes probablemente no asisten a muchos más. Ese ambiente de familiaridad es uno de sus grandes ases. El cartel su última jornada, ayer sábado, no ofrecía ganchos de primer orden: los locales Els Pets y Ludwig Band ya se han podido ver antes y los internacionales, Jovanotti y Jon Batiste, no tienen tirón remarcable. Fueron las ganas de jarana del respetable las que convirtieron la jornada en una fiesta. El deseo puede con muchas cosas.