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La ilusión de miles de migrantes que han ido recibiendo la admisión a trámite de su solicitud de regularización pasa ahora por unos momentos de inquietud, porque no acaban de recibir el número de la Seguridad Social que posibilita la firma de un contrato formal de trabajo. Son miles los expedientes en suspenso que acumulan ya los abogados sin haber recibido más comunicaciones. Cada mañana, Katerine, Adonái o Joel tienen como primera tarea mirar el buzón. ”Y nada”, ríe al teléfono la cubana Katerine Aguilar, que espera el número que le permitirá colocarse en una pizzería de su pueblo en Barcelona, Vilanova i la Geltrú. Mientras, siguen desempeñándose en lo que pueden, la limpieza, la construcción: “Nos vamos defendiendo con lo que va apareciendo”, dice optimista.
Son dos los episodios que han levantado sospechas acerca de la seguridad en los cruceros en un momento en el que muchas familias planifican sus vacaciones de verano. Un brote de norovirus en el navío Ambition obligó a 1.700 personas a permanecer confinadas a bordo, cerca de la costa de Burdeos (Francia). Aunque en este barco hubo un muerto, un hombre de 92 años, este jueves se conoció que fue por un ataque cardiaco no relacionado con el virus. Pero el incidente parece la segunda entrega de una saga que comenzó hace menos de un mes con otro lance mucho más trágico, porque el coste en vidas humanas ha sido mayor y porque todavía no se conoce cuál será su verdadero impacto: el brote de hantavirus en el MV Hondius, que mató a tres pasajeros y ha obligado a más de 100 a guardar cuarentena. A pesar de que el barco lleva semanas siendo noticia por este terrible incidente, la naviera que lo gestiona, Oceanwide, confía en que sus clientes vuelvan a atreverse a subir a bordo. “Esperamos que la nave siga operando”, han señalado a EL PAÍS.
Tras pasar por la puerta del tiempo de la Real Academia de la Historia, en la calle León de Madrid, un ujier sale de la portería. Abre la puerta del ascensor, la cierra y avisa al ujier de la tercera planta, que se encarga de abrir la puerta. El pasillo está vigilado por retratos decimonónicos de antiguos académicos. El profesor Juan Francisco Fuentes (Barcelona, 1955) espera en una sala elegante, sobre la mesa un vaso con el escudo de la RAH. Hoy Fuentes es uno de los principales contemporaneistas y fue merecedor del último Premio Nacional de Historia por Bienvenido, Mister Chaplin.

El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla. ¿Te animas a resolverlo?
El País Semanal dedica este domingo un número especial a Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny. La gira que lleva el nombre de su último álbum, DeBÍ TiRAR MáS FOTos, recala por fin en España, donde están previstos 12 conciertos, dos en Barcelona (el 22 y 23 de mayo) y diez en Madrid (entre el 30 de mayo y el 15 de junio), con más de 600.000 entradas vendidas.
La Mesa del Congreso, el órgano de gobierno de la Cámara baja, suspendió cautelarmente el miércoles las acreditaciones de prensa de los conocidos agitadores ultras Bertrand Ndongo y Vito Quiles. La decisión está basada en la Ley de Procedimiento Común de las Administraciones Públicas, que permite imponer medidas cautelares al tiempo que se tramitan procedimientos administrativos. La suspensión deberá ser revisada por la Mesa a los 15 días y tanto Ndongo como Quiles han hecho entender que recurrirán ante el Tribunal Supremo, que es el competente para juzgar las decisiones reglamentarias de la Cámara.
Los tópicos son una maldición hasta que caemos en la cuenta de que quizá sea peor maldición el no tenerlos. Eslovaquia y Eslovenia han llegado a celebrar actos conjuntos para que la gente aprenda a distinguirlas. Sometida como pocos a la tiranía del cliché, este de la indistinción es un peligro que Andalucía nunca correría. Quizá con una excepción: “La confusión entre Andalucía y España” que, en palabras de Enric Ucelay-Da Cal, ha dominado nuestra imagen en el exterior. Francesc Macià la conoció bien: procesado en París en los años veinte, intenta internacionalizar la causa del separatismo catalán solo para ver cómo la prensa francesa dibuja a los indepes tocados con sombrero cordobés. La caracterización andaluza de lo hispánico tendrá, con todo, una peculiaridad: no hubiera sido tan exitosa fuera de no haber sido aceptada y retenida dentro. En el XIX, despuntaron otros casticismos posibles. Hubo, por ejemplo, una importante exaltación baturra (“Aragón la más famosa es de España y sus regiones”), y Unamuno dará un nuevo apresto a esa tradición de sobriedad castellana que había impresionado a Europa en otros siglos. El canon andaluz es, sin embargo, el que triunfa, y cuando Juan Pablo II visita Compostela, a alguien le pareció adecuado recibirlo con sevillanas.
El jueves 7, se reunieron en Madrid, en la librería Cervantes y Compañía, Ignatius Farray y Bernat Castany Prado para conversar sobre el libro de este último Una filosofía de la risa (Anagrama). El encuentro fue muy simpático, invitó a rumiar con una plácida distancia las cosas del presente (y del pasado) y, claro, hubo muchas carcajadas. Ignatius Farray, que acudía en calidad de payaso, confesó sentirse un poco fuera de lugar en temas filosóficos, pero enseguida entró al trapo. En el humor, explicó, no solo importa el talento sino también la desesperación. Ese tipo de desesperación que busca “decir la palabra fuera de la frase hecha”. O lo que es lo mismo, dinamitar los burdos acuerdos que pilotan sobre la realidad, para encontrársela de otra manera y, también, para actuar de otra manera. “Iban dos y se cayó el del medio”, dijo, y ya estábamos todos metidos en el cogollo de la comicidad. Bernat Castany Prado desempeño el papel de filósofo para comentar detalles de su libro en el que no le ha interesado, como explica en el prólogo, “el porqué de la risa, sino su para qué y su cómo”. Alude también ahí, y aludió en la charleta, a lo que dijo Ramón Gómez de la Serna del humorismo, que “no se trata de un género literario, sino de un género de vida, o mejor de una actitud frente a la vida”. Pues bien, de lo que se terminó hablando fue de un asunto peliagudo, y es el de que, en estos días, la izquierda se ha olvidado de esa enorme bendición, la de tirar de la risa como una actitud frente a la vida.
A finales de abril, Palantir, una de las empresas tecnológicas más poderosas, opacas y omnipresentes del panorama tecnofeudal de nuestros días, sorprendía al mundo con un manifiesto de 22 puntos publicado en X. Fue muy comprensible el pasmo que el texto —un destilado del libro La república tecnológica, que el consejero delegado de la compañía, Alex Karp, publicó en 2025— causó en las redes: divide las civilizaciones entre vitales y disfuncionales, ataca el “pluralismo vacío”, llama a Silicon Valley a liderar al país que lo vio nacer (EE UU) y habla de prepararse para competir con China en términos casi bélicos.