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En el verano de 2021, cuando se reabría el mundo al turismo tras el Gran Confinamiento, el escritor colombiano Juan Esteban Constaín llevó a sus hijas a visitar las catacumbas en Roma. Le impactó un detalle: la representación de Orfeo, uno de los héroes de la mitología griega, el hijo de Apolo que tocaba la lira para animales y humanos, y que intentó rescatar a su amada Eurídice en Hades, el reino de los muertos. “Lo que hacen los primeros cristianos es homologar a Orfeo con Cristo”, explica Constaín (Popayán, 46 años), historiador, novelista y ensayista. Orfeo también era un buen pastor y un salvador, alguien que desafiaba a la muerte. Entonces pensó en preparar un breve ensayo sobre la simbiosis entre el primer cristianismo y el paganismo que ocuparía, se dijo, unas 20 páginas. Al final han sido 554: el resultado se llama El hijo del hombre. Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo, y ha sido publicado por Debate.

Hay perfumes que, como los medicamentos, deberían estar sujetos a advertencia. Antes de usar Risvelium, por ejemplo, habría que avisar: puede provocar estados alterados de conciencia, estimulación mental y sobrecarga sensorial. Inspirada en la purificadora agua de Florida, esa versión americana del agua de colonia europea que escupen los chamanes de Bolivia y Perú en sus rituales de limpieza energética, la última fragancia de Orto Parisi está desde luego contraindicada en pieles sensibles a la incorrección política. Por si quedara alguna duda, consultemos al perfumero. “Sí, volvámonos locos, experimentemos. Tenemos que deshacernos de los miedos y abrirnos a nuevas experiencias”, responde a propósito de los efectos de su más reciente creación, con la que vuelve a demostrar que no hay fórmula mala o ingrediente inaceptable, solo codicia y adocenamiento. “He probado el perfume que acaba de lanzar Prada en el duty free del aeropuerto y no entiendo nada. Han gastado millones en lanzar un producto indistinguible de los miles que ya hay en el mercado. Tienen dinero para hacer cualquier cosa, pero, cazzo, van y se tiran a lo más aburrido y comercial”, lamenta. Porque según el instinto olfativo de Alessandro Gualtieri, todo es posible. Aunque huela raro.

La primera pareja de las tres que hoy tratan de enterrar el hacha de guerra ya ha llegado al edificio judicial en el centro de Barcelona. Son los padres de Laura (nombre ficticio) que, tras separarse, siguen sin acordar aspectos clave de la custodia de la menor. Su divorcio ha sido duro, áspero: contencioso, como el 20% de los 40.000 que se registran cada año en España y en los que están involucrados menores. Un juzgado de familia dictó sentencia sobre el caso, pero la han recurrido. Así que tres años después, y con la hija ya enfilando la adolescencia (13), siguen enfrascados en litigios. La pareja accede a una sala de vistas de la Audiencia de Barcelona, el órgano que tendrá la última palabra. Pero esta vez no han venido a pelear: van a someterse a un proceso de mediación.

Este Domingo de Resurrección, durante la bendición urbi et orbi, es muy posible que el Papa León XIV agradezca, en su primera Pascua como pontífice, las flores enviadas desde Países Bajos. Así lo hicieron sus predecesores con unos arreglos florales bendecidos ya por el obispo de Róterdam. En un par de semanas, a 7.000 kilómetros de distancia, en los jardines de la Casa Blanca (Washington), se abrirán los tulipanes regalados todos los años por los cultivadores neerlandeses. En cumbres políticas y visitas oficiales, las flores se eligen para marcar la importancia de la situación. Es el poder blando —soft power, en las relaciones internacionales— de unos frágiles y simbólicos brotes.
Cuando a un niño se le diagnostica cáncer en un país de ingresos altos tiene un 80% de posibilidades de vivir más de cinco años, plazo tras el cual se considera prácticamente curado, pero si el pequeño se encuentra en un país de ingresos medios o bajos, ese porcentaje se reduce al 20%. La suerte de haber nacido en un lugar o en otro es clave para tener un diagnóstico a tiempo, tratamientos adecuados y cuidados específicos, es decir, para determinar si el niño sobrevive, según un estudio publicado este martes en la revista científica The Lancet.
Etienne Krug tiene claro que “son tiempos difíciles para la salud global”. La desigualdad, la voracidad de las industrias agroalimentarias, del alcohol y del tabaco o el daño que ejercen las redes sociales en la salud mental de los menores son algunos de los asuntos que más preocupan al director del Departamento de Determinantes Sociales de la salud en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es decir, el que se ocupa del impacto de los factores económicos y sociales en la salud, que a menudo pesan más que la genética, y sobre todo cuya solución es más política que científica y en teoría, más alcanzable.
Cinco hojas de laurel que coronaron al pintor Marià Fortuny fallecido en Roma el 21 de noviembre de 1874, a los 36 años, han permanecido, en los últimos 92 años entre los documentos del archivo del Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC); en concreto, entre los vinculados con la colección de arte de Ròmul Bosch i Catarineu. Las hojas secas, pero en perfecto estado de conservación, están en una carpeta de dibujo con una etiqueta en la que se puede leer: “Depòsit R. Bosch Catarineu. Brot de llor de la corona que cenyia la templa de Fortuny en el seu lli de mort” (Depósito R. Bosch Catarineu. Brote de laurel de la corona que ceñía la sien de Fortuny, en su lecho de muerte).
No sé muchas cosas sobre literatura africana actual, pero mi ignorancia no justifica el deslumbramiento que me produce esta novela del escritor sudanés en lengua árabe Abdelaziz Báraka Sakin. Hacía mucho que no leía un relato tan fascinante por cómo maneja lo que sabemos y lo que no sabemos mientras lo leemos. Lo que sabemos se vincula con el arte de la narración. Lo que no sabemos se ubica en un lugar del mundo con un imaginario singularísimo, mestizo y una historia sangrienta. A través de uno de esos narradores, aparentemente omniscientes, que se revelan como narrador particular, en primera persona, falible, pero documentado, un narrador imaginativo e intrépido, de léxico suntuoso y capaz de sintetizar lo legendario y lo histórico, Báraka Sakin, como si enhebrara en un hilo las cuentas de un collar, repasa la época del sultanato de Zanzíbar durante la segunda mitad del siglo XIX: ambición y depredación del colonialismo europeo, esclavismo, revueltas y revoluciones por la independencia de África. Ingleses, franceses y portugueses rapiñan. Los belgas rapiñan en el Congo, convirtiendo en pura tiniebla el corazón mientras esgrimen los valores civilizatorios del cristianismo como coartada filantrópica para el expolio. La evangelización de los “salvajes” funciona como excusa para llenar las arcas y satisfacer ese humano egoísmo que define, desde su formulación por parte de Adam Smith, las economías liberales. El continente americano ya había sido pasto de la ambición desde finales del siglo XV y, en el proceso de conquista, España también rapiñó y ejerció la violencia. A menudo, en el relato confundimos interesadamente el emprendimiento y la aventura con la brutalidad.

Si la vida de Gustavo Durán se adaptara al cine, correría el riesgo de no resultar creíble. Durante los años veinte del siglo pasado, el compositor visitó con frecuencia la madrileña Residencia de Estudiantes como discípulo de Tragó y Turina. Allí se hizo íntimo de Lorca, Alberti, Buñuel y Dalí. Estrenó con éxito el ballet El fandango de candil para La Argentina y, a su regreso de París, donde estudió con Paul Dukas y fue amante del pintor Néstor Martín-Fernández de la Torre, participó en mítines y firmó manifiestos en apoyo a la República.