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No sé muchas cosas sobre literatura africana actual, pero mi ignorancia no justifica el deslumbramiento que me produce esta novela del escritor sudanés en lengua árabe Abdelaziz Báraka Sakin. Hacía mucho que no leía un relato tan fascinante por cómo maneja lo que sabemos y lo que no sabemos mientras lo leemos. Lo que sabemos se vincula con el arte de la narración. Lo que no sabemos se ubica en un lugar del mundo con un imaginario singularísimo, mestizo y una historia sangrienta. A través de uno de esos narradores, aparentemente omniscientes, que se revelan como narrador particular, en primera persona, falible, pero documentado, un narrador imaginativo e intrépido, de léxico suntuoso y capaz de sintetizar lo legendario y lo histórico, Báraka Sakin, como si enhebrara en un hilo las cuentas de un collar, repasa la época del sultanato de Zanzíbar durante la segunda mitad del siglo XIX: ambición y depredación del colonialismo europeo, esclavismo, revueltas y revoluciones por la independencia de África. Ingleses, franceses y portugueses rapiñan. Los belgas rapiñan en el Congo, convirtiendo en pura tiniebla el corazón mientras esgrimen los valores civilizatorios del cristianismo como coartada filantrópica para el expolio. La evangelización de los “salvajes” funciona como excusa para llenar las arcas y satisfacer ese humano egoísmo que define, desde su formulación por parte de Adam Smith, las economías liberales. El continente americano ya había sido pasto de la ambición desde finales del siglo XV y, en el proceso de conquista, España también rapiñó y ejerció la violencia. A menudo, en el relato confundimos interesadamente el emprendimiento y la aventura con la brutalidad.

Si la vida de Gustavo Durán se adaptara al cine, correría el riesgo de no resultar creíble. Durante los años veinte del siglo pasado, el compositor visitó con frecuencia la madrileña Residencia de Estudiantes como discípulo de Tragó y Turina. Allí se hizo íntimo de Lorca, Alberti, Buñuel y Dalí. Estrenó con éxito el ballet El fandango de candil para La Argentina y, a su regreso de París, donde estudió con Paul Dukas y fue amante del pintor Néstor Martín-Fernández de la Torre, participó en mítines y firmó manifiestos en apoyo a la República.
Confirmado ya que la temporada próxima jugará en los Orlando City de la Major League Soccer (MLS) estadounidense, Antoine Griezmann (35 años) inicia este sábado (21.00, Dazn) en el Metropolitano y ante el líder Barcelona su cuenta atrás como jugador del Atlético de Madrid. Nueve partidos de Liga, la final de la Copa del Rey, el doble enfrentamiento con los azulgranas en los cuartos de final de la Liga de Campeones y unas hipotéticas semifinales y final de la gran competición europea de clubes conforman el escenario de encuentros que el club ha bautizado como el particular last dance rojiblanco del atacante francés.
En la portada de la revista Líbero hay una foto de la cara de Johan Cruyff en medio de un partido: joven, el pelo empapado en sudor, la mirada expectante y astuta. Esa cara es una postal de fútbol. La postal de alguien que se sabe dueño del juego. No hace falta verle los pies. En esa cabeza romana se está urdiendo una revolución. La revista, como tantos otros medios, rememora su figura a 10 años de su muerte.
El Mallorca ha pasado en un año de disputar la Supercopa a caer al descenso (18º). Este 2026 apenas suma 10 puntos y hace un mes Martín Demichelis sustituyó en el banquillo a Jagoba Arrasate. Una de las primeras decisiones del argentino ha sido la pérdida de protagonismo de Sergi Darder (Artà, Mallorca; 32 años), fijo hasta entonces. El centrocampista analiza por videollamada en vísperas de recibir este sábado al Real Madrid (16.15, Movistar) la situación del equipo y la suya personal.
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Todo empezó con una armadura para caballo en The Elder Scrolls IV: Oblivion. Costaba apenas 200 puntos (o dos euros) en la tienda en línea de la consola Xbox 360 en 2006. Eso era todo lo que hacía falta para recibir un objeto cosmético que no beneficiaba al jugador, pero modificaba su apariencia. “Aquella armadura de Oblivion no era algo normal y fue un escándalo. Ahora lo vemos muy inocente, pero los jugadores se quejaron. ‘¿Qué es esto de tener que pagar de nuevo cuando yo ya he comprado el juego?”, explica el historiador de los videojuegos e investigador en el Tecnocampus de la Pompeu Fabra Víctor Navarro Remesal. Veinte años después de aquel 3 de abril, ese lanzamiento que tantos chistes y burlas generó entre los jugadores se puede señalar hoy como la primera microtransacción del mundo de los videojuegos, una práctica que hoy supone casi el 60% de los alrededor de 200.000 millones que el sector genera cada año.


El Gobierno socialista de Salvador Illa en la Generalitat y sus socios de investidura de ERC han querido observar una buena noticia en la llegada de Arcadi España al frente del Ministerio de Hacienda en sustitución de María Jesús Montero para desencallar la cesión de la gestión del IRPF que permita cumplir el compromiso adquirido de una financiación singular para Cataluña. España, en principio partidario del sistema presentado por Montero, se ha fijado como un reto sacarlo adelante pese a la oposición de todas las autonomías del PP y de las socialistas que entrarían en ese nuevo método. Euskadi y Navarra tienen su propio concierto pero sus presidentes sí han alertado a Illa, en privado y bilateralmente, de que responsabilizarse de una hacienda propia y recaudar los impuestos no es ninguna bicoca.
En la secuencia final de El rey de Nueva York (Abel Ferrara, 1990), el personaje de Christopher Walken viaja solo en la línea 7 del metro neoyorquino. su vagón toma una curva frente al enorme letrero de Silvercup Studios, que ocupa varias manzanas del Queens industrial, y comienza su descenso hacia Manhattan. Los vagones traquetean sobre las vías elevadas antes de deslizarse bajo el East River. Tras los cristales mugrientos se perfila el horizonte: torres, puentes iluminados... la densidad centelleante del centro de la ciudad. Minutos después, morirá de un disparo en un taxi en Times Square, rodeado de neones y extraños. Ese viaje en metro es breve, fatal e inequívocamente de Queens.
Camino por la plaza de la Constitución, en pleno corazón de Mahón, a la hora que la ciudad se despereza al amparo de un buen desayuno. Desde el momento en que hinco el diente a un planchado menorquín de sobrasada tierna, queso semicurado y miel de romero en el Café Margarita, sé que este viaje va a ser exactamente lo que había imaginado. Este instante simple sabe aún mejor fuera de la temporada alta, cuando Menorca enseña su cara más amable, auténtica y serena, para ser degustada sorbo a sorbo. La isla balear, que fue declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, siempre lo tuvo claro: desarrollo turístico sí, pero no a cualquier precio. Al fin y al cabo, la isla que conservó su identidad frente a los invasores ingleses y franceses no iba a claudicar ahora ante un ejército armado con maletas de ruedas.