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Barcelona comparte un color global en primavera. Una mancha lavanda, con un punto frío y luminoso, salpica la ciudad coincidiendo con el tramo final de la estación. Detrás de ello está la flor de la jacaranda, un árbol de origen suramericano de la que hay 5.631 ejemplares contabilizados por Parcs y Jardins. Las postales que ofrecen cierta nubosidad que dan sus flores en racimo o las delicadas alfombras que forman al caer son típicas de ciudades como México, Buenos Aires o Pretoria. Y también es una imagen barcelonesa, al menos, desde hace más de siglo.
Sin apenas espacio en Barcelona y con el precio de la vivienda disparado también en el área metropolitana, los flujos demográficos en Cataluña se han dirigido en la última década hacia las ciudades medianas. Pero sin poder garantizar un aumento de los recursos al mismo ritmo que la llegada de los nuevos vecinos, algunos ayuntamientos emiten señales de alarma: vivienda escasa, aulas con demasiados alumnos o una alta demanda de los servicios sociales son algunos ejemplos repetidos. “Llegar a 50.000 habitantes no es un éxito”, lamentan desde el ayuntamiento de Figueres (Alt Empordà). Sin ser uno de los municipios que más han crecido, nota la tensión de los servicios públicos. “El crecimiento sostenido puede llegar a ser inasumible si no se dispone de los recursos suficientes para garantizar el bienestar y los servicios públicos de calidad”, recuerda el alcalde, Jordi Masquef (Junts), a través de una nota, días después de superar la barrera de los 50.000.
Mientras la avioneta surca como puede la violencia de la tormenta sobre las montañas de Lesoto, la especialista dental Senate Makhoali mira por la ventanilla y reza. Reza sin parar repitiendo, como un mantra, “Dios, por favor, déjanos seguir viviendo”. Senate forma parte, como tantos otros compañeros, del Royal Flying Doctor Service (servicio médico aéreo de Lesoto), un programa gubernamental de prestaciones médicas a las comunidades de habitantes que viven en las remotas aldeas montañosas del país.
Los libros en Armenia son “como un miembro de la familia”, cuenta Katerina Poladjan. Por eso, cuando sus padres fueron asesinados por los turcos, Anahid y Hrant solo se llevaron en su fuga una vieja Biblia. Con ella en brazos, los menores huyeron del Imperio Otomano en 1915. Después, los “tres” se separaron y no volvieron a verse. Pasó un siglo para que el libro —ya con olor a polvo de madera, hongos y tierra— llegara a manos de una restauradora extranjera. Allí, la mujer comenzó a preguntarse: ¿a quién perteneció?, ¿qué fue de ellos? El tipo de preguntas que la escritora alemana Poladjan (Moscú, 55 años) se planteó sobre su propio origen al escribir esta historia para su novela Hic sunt leones (Armaenia), publicada en 2019 como Hier sind Löwen y traducida recientemente al castellano.
Un chico está creando su nueva cuenta en una aplicación para encontrar pareja. Lleno de esperanza, elige las fotos que los usuarios de la plataforma verán de él. Duda entre una imagen mirando a cámara o una que parece más espontánea (aunque, realmente, tampoco lo sea). Descarta otra porque no se ve muy favorecido. Elige, finalmente, una que cree que gustará. Pero esta decisión, que parece muy personal, quizá no lo sea tanto.

Oscar Tito (Lima, 1993) es humorista, influencer y muy divertido: “En junio cumplo 33 años, la edad de Cristo. Así que, si muero, moriré como leyenda y crucificado”. Tito es un reconocido comediante queer peruano ―una excepción en un mundillo muy heteronormativo―, que se abre paso a través de bromas ácidas, rápidas, insolentes y chisposas. “Piensa que soy un gay en el closet hasta los 29 años y cristiano. Los cristianos somos muy criticones porque para nosotros todos van a ir al infierno. Entonces, te puedo decir: ‘Oye, oye, ese pelito creo que no está acorde con lo que dice la Iglesia; esa ropita creo que es poco corta, no se te ve el bulto’. Además, mi familia también es muy rajona, muy imprudente al hablar. Ahí construyo un alter ego que tiene la capacidad de decir lo que quiera y que la gente no se ofenda por ello, sino que se ría”.

Brandy Rayana Norwood, conocida artísticamente como Brandy (Mississippi, 47 años), es una mujer polifacética. Y no muy modesta. “Cantante, actriz, creadora, icono”, se describe ella misma en su perfil de Instagram, donde le siguen 6,1 millones de personas. Autoproclamarse “icono” puede sonar pretencioso, pero Brandy puede hacerlo porque a finales del pasado enero la artista recibió el Black Music Icon Award, uno de los mayores galardones que el Colectivo de Música Negra de la Recording Academy de EE UU —la organización responsable de los premios Grammy— entrega en su gala anual. “Gracias a la Recording Academy por verme, apoyarme y honrar el viaje”, escribió en una publicación de redes sociales cuando supo del reconocimiento.
Si esta noche echan una mirada al cielo, verán la Luna casi totalmente iluminada. Prácticamente, luna llena.
El teléfono suena. Es el hospital. No hay tiempo para revisar el pasado. La vejez irrumpe sin preguntar cómo fueron los vínculos. De pronto, la biografía deja de ser recuerdo y se convierte en responsabilidad.
Solemos terminar sus libros con el cuerpo alterado y un veneno amargo en la garganta. Salimos de cada obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) medio intoxicados, como si hubiéramos respirado durante horas un aire enrarecido. Desde los cuentos de Pájaros en la boca y Siete casas vacías hasta el relato familiar de Distancia de rescate y la parábola tecnológica de Kentukis, la autora ha levantado una de las obras más singulares de la literatura en español, volcada en explorar la extrañeza que reside en la supuesta normalidad, en nuestros vínculos y en nuestros cuerpos.




